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El efecto Haltmann

"En todos los ámbitos de la actividad, la sociedad española está muy por encima, cualquiera que sea el parámetro que utilicemos para medirlo, de la clase política que la representa y la gobierna."
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Isabel II aquella reina frívola, caprichosa y promiscua, a la que le cupo el dudoso honor de arruinar definitivamente la devastada dinastía borbónica concluyó su vida como la había comenzado, rodeada de una camarilla de fanáticos y corruptos lacayos que jaleaban sin pudor sus histriónicas estridencias. El último de ellos, que hacía las veces de secretario privado era un austríaco, Joseph Haltmann, al que el duque de Parcent, Jefe de la Casa de la reina al final de su vida, calificaba como «un megalómano al revés«, aludiendo al inusitado placer que le procuraba hacer gala de esa lealtad genuflexa que constituía su más preciada cualidad.

Lamentablemente aquel infeliz no era una excepción. Formaba parte de esa desdichada tradición de sumisión y servilismo que ha caracterizado nuestra vida política desde antaño. Hoy han cambiado el decorado y los personajes, pero el guion sigue escribiéndose al dictado de aquellas virtudes que hacen del silencio y la obediencia un escalafón hacia la prosperidad y el éxito.

Padecemos una élite política que desmerece la sociedad que dice representar, porque sencillamente no es verdad ese mantra, propalado a modo de estribillo exculpatorio por los adalides de la «sociología de supermercado» que afirma una especie de identidad genética entre la sociedad y sus representantes, como si nos hubiéramos hecho acreedores a ese infortunio del destino. Me atrevería a afirmar sin género de dudas que, prácticamente en todos los ámbitos de la actividad económica, social o cultural, la sociedad española está muy por encima, cualquiera que sea el parámetro que utilicemos para medirlo, de la clase política que la representa y la gobierna.

Y hay una razón para ello. Se llama selección adversa, un término acuñado en economía para definir los desequilibrios que se producen en un mercado caracterizado por asimetrías de información e incentivos perversos. El ejemplo clásico son los vehículos de segunda mano o los seguros de salud, mercados en los que la diferente calidad de la información de compradores y vendedores hace que los intercambios resulten problemáticos, de manera tal que las compañías terminan seleccionando a los clientes más onerosos y menos rentables.

Pues bien, en nuestro país, en el singular escenario del reclutamiento político asistimos a un fenómeno similar. Los partidos políticos que disfrutan del monopolio de la representación gracias a un sistema electoral que privilegia el control oligárquico de la organización, están rígidamente vertebrados en torno a una jerarquía que sanciona y discrimina cualquier disensión. Ese «escalafón oligárquico» que comienza con el líder pero que naturaliza y permea como una lluvia fina a todos los estratos de la organización, se alimenta de un único combustible: la militancia fiel y obediente, la lealtad incondicional a la jerarquía y el aplauso entusiasta a las directrices emanadas de la cúspide.

La suprema virtud del militante es la paciente espera. Como acertadamente señala Josep María Colomer, profesor de la Universidad de Georgetown, la militancia «es sólo una forma de esperar que se les seleccione para un cargo público». La perversa meritocracia obedece a la estrategia adaptativa del superviviente: obediencia y sumisión a la jerarquía. Cualquier atisbo de creatividad, inteligencia o independencia de criterio o resulta superfluo o se proscribe porque incomoda. La actual composición de las Cortes Generales, como las de cualquier otra legislatura, resulta un magnífico manual de las exitosas prácticas de la selección adversa: de un total de 350 diputados apenas sobrepasa la veintena el número de aquellos que han desempeñado un trabajo, aunque sea por un cortísimo periodo de tiempo, en el sector privado. El motivo de ello, bien sencillo: el coste de oportunidad de no tener un trabajo alternativo es, sencillamente, cero. Como apunta con acierto Colomer todavía resuena el eco del demoledor diagnóstico de Joaquín Costa: «el reclutamiento de la clase política se basa en la exclusión consciente, reflexiva y sistemática de los aptos por los incapaces«.

Naturalmente, este calamitoso estado de postración que ahuyenta el talento y aglutina la mediocridad sólo puede sobrevivir en el marco de una singularidad extrema. Si cualquier empresa dirigiera su política de personal con estos criterios, el resultado sería una quiebra inevitable porque la competencia no tardaría en desbancarla del mercado. Pero en el confortable entorno oligopólico de un mercado protegido, no hay nada que temer porque todos los competidores juegan con las mismas reglas. Los perversos incentivos del reclutamiento político han profesionalizado la vida de los partidos, seleccionando a sus líderes, hombres y mujeres mediante los criterios que demandan organizaciones que potencian la sumisión, el servilismo y la obediencia. Una legión genuflexa de «megalómanos al revés«.

Evidencias no faltan. El sainete tragicómico de lo que acontece en la Comunidad de Madrid es tan sólo un ejemplo, por paradigmático que resulte. Desafortunadamente, no es infrecuente encontrar en nuestra vida pública en cargos de altísima responsabilidad a hombres y mujeres cuyo único bagaje son los inveterados trienios de paciente y placentero servilismo. Resulta asombrosa la palmaria distonía que existe entre la sociedad española y su representación parlamentaria: una variopinta panoplia de maestros, profesores, abogados y funcionarios de toda laya, pero ¿dónde están los emprendedores, los ingenieros, los técnicos, los trabajadores del mundo de la empresa? Desde luego no están en el parlamento, porque tampoco están en los partidos políticos. Allí sólo habita el epítome de la mediocridad.

La pregunta entonces es: ¿cuánto tiempo podrá prolongarse esta situación? ¿Hay algún límite objetivo, más allá del cual se alcanza un punto de no retorno en la zigzagueante danza de la representación entre una sociedad y sus élites? Pospongo la respuesta para mejor ocasión, pero no deja de rebullirme   en la cabeza la amenazadora sombra de esa pesimista teoría de la «dependencia del camino» que nos advierte que el rumbo equivocado adoptado en determinados momentos históricos condiciona con el peso de la historia muerta la ulterior trayectoria de futuro. En la lejanía todavía se vislumbra el oscuro espectro de la reina Isabel y de su fiel escudero, Joseph Haltmann.

Álvaro Lobato Lavín

Patrono fundador de FIDE. Magistrado en excedencia y abogado.

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