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ESG: La encrucijada ‘E’ en la Banca

"La contribución propia de la banca a la huella de carbono radica en la energía de su tecnología y, por la cada vez más mermada red de sucursales, en todo caso, es mínima en comparación con otros sectores"

La banca siempre está en el punto de mira de la sociedad, por su relevancia, por su impacto, cuando afloran sus riesgos o los de sus clientes, cuando afloran sus errores y, desde luego, en España también debería serlo por sus aciertos.  Por muy mala reputación que tenga la banca tras las crisis, lo cierto es que en España tenemos un sector financiero mucho mayor que lo que nos correspondería como país, eficiente como pocos y que reporta valor al país y a sus ciudadanos. Su rol en la distribución de los recursos, de unos agentes que disponen de excedentes hacia aquellos que precisan fondos para financiar su casa, o desarrollar su iniciativa empresarial, etc., es fundamental para que prospere la sociedad.

Hagamos una reflexión sobre la nueva situación de riesgo/oportunidad para la banca. Puede ser una encrucijada trampa y estará en el punto de mira de la sociedad. Ya veremos si para mejorar o empeorar su reputación.

Me refiero al ya conocido ESG y, en particular a la E (environmental) de riesgo climático. No hace falta dedicarle mucho tiempo a explicar la fuerza que representa esta preocupación en la sociedad, la política y la opinión pública de los países occidentales.  El empuje de estos últimos años es brutal, aunque ya veremos si se desacelera ante la situación energética surgida por la guerra.

No existen las hipotecas diésel, ni los depósitos de los clientes se envuelven en plástico.  La contribución propia de la banca a la huella de carbono radica en la energía de su tecnología y por la cada vez más mermada red de sucursales, en todo caso, es mínima en comparación con otros sectores.

Para la banca el reto de su contribución a minimizar el riesgo climático del ESG es un factor de oportunidad de negocio, riesgo, responsabilidad y compliance regulatorio.  En definitiva, un coctel de difícil mezcla. Su eficiencia depende de la sociedad, la regulación y no es independiente de la propia actitud estratégica que, como toda empresa, adopten los bancos ante este nuevo entorno (entusiasta, escéptico, activo o reactivo).

  • Oportunidad. Es evidente que la decisión Keynesiana de la UE de movilizar fondos públicos y privados para la transición energética es una oportunidad para la banca, los que la capturen mejor tendrán más actividad en esta transición. Pero ¿qué pasa con los sectores proscritos? ¿Se va a abandonar su financiación? ¿Se puede demostrar que se financia a esos sectores para minimizar su impacto? No parece lógico ni deseable un abandono precipitado y la banca ya se encuentra en este punto de gestión bajo el escrutinio de los mercados, de la opinión pública y de los reguladores.  La transparencia que se exige en el reporting, junto con el nivel todavía incipiente de la metodología, y en particular la taxonomía, no permiten todavía leer bien el partido en esta dimensión transitoria.
  • Riesgos. Lógicamente muy relacionado con lo anterior, la banca va a tener también que gestionar el cambio en su riesgo de crédito por la evolución medioambiental de su cartera. Esta es una dimensión más de largo plazo porque los modelos utilizados por los bancos todavía no dan señales de incremento de pérdida esperada por el hecho de tener mayor impacto medioambiental. Intuitivamente parece claro que ocurrirá, pero no está ocurriendo todavía.   El punto de encrucijada aquí es tomar decisiones de riesgos antes de tiempo.
  • De responsabilidad ante la sociedad. Esta situación no es nueva. El problema medioambiental no surge de la banca, pero la banca va a ser fundamental para encauzarlo y controlarlo.  Sin una banca comprometida en este objetivo no se conseguirá esa transición y los mercados, los reguladores y la sociedad ya están demandando este punto de responsabilidad.  Está pasando lo mismo que sucedió con la prevención de blanqueo de capitales, es un problema de la sociedad, en principio ajeno a la banca pero que, sin su colaboración, es imposible gestionar y controlar.  Por ello, ya se visualiza esta presión que seguro irá a más.
  • De Compliance.  Finalmente, y derivado de todo lo anterior, tenemos el compliance regulatorio.  En primer lugar, el compliance de reporting orientado a mostrar la evolución de la propia huella de carbono y evitar el greenwashing, pero eso no resulta diferente ni problemático respecto de otras empresas cotizadas. En cambio, nuestro supervisor prudencial por excelencia, el BCE, ha tomado la bandera de exigir con rapidez y contundencia una adaptación a esa transición. En efecto, no solo se exigen reportings mucho más específicos a los bancos, sino también exige el BCE clarificación de su estrategia de negocio y transición y, sobre todo, de integración del ESG en la gobernanza de la gestión de riesgos.  El nivel de integración en esta fase preliminar es otra de las encrucijadas a resolver.  El riesgo de precipitación, sin incentivos en la normativa de capital sobre la financiación verde, y con el riesgo de que en algún momento se penalice en capital, bien la tenencia de cartera de créditos de tinte marrón, marca otra incertidumbre de gestión y, por ende, otra dimensión a incorporar en el coctel de esta encrucijada.

En definitiva, y en un sector regulado, en cada banco el compliance regulatorio como dicen los ingleses debe ser un “must”. Veremos cómo evoluciona ese equilibrio estratégico a efectuar en las otras tres dimensiones. Como dirían los anglosajones, monitorizaremos el ROR de ESG (Responsabilidad, Oportunidad y Riesgos) donde el timing correcto de su avance será clave para acertar y ser eficientes.

Alberto Calles Prieto

 socio responsable de servicios de regulación financiera de PwC. Consejero Académico de Fide

Artículo publicado originalmente en el Blog El Confidencial de Fide

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