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ESPACIO DE CRISIS EUROPEO
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Negociar lo imposible

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Para negociar lo aparentemente imposible, una paz que nunca será permanente, hay que comprender cuáles son las motivaciones y los puntos de negociación aceptables por las distintas partes.

Llegar a acuerdos es parte esencial de la vida. La negociación es inherente a las relaciones humanas porque siempre hay puntos de vista e intereses que no son coincidentes. La negociación está presente entre las personas, en las empresas y los países, en definitiva, en todos los ámbitos de la vida social. Hay momentos en que las posturas son tan irreconciliables, que el acuerdo parece imposible, y no pasa nada si no se llega a un acuerdo. Pero cuando se trata de cuestiones de seguridad o de estabilidad social, hay que intentar negociar lo que parece imposible.

Negociar un acuerdo cuando sin recurrir a la fuerza o el dinero es la tesis que detalla el libro del mismo título, “Negociar lo imposible” de Deepak Maholtra, premiado como mejor libro de 2016 en Know Square. El libro destaca por su contribución aportando marcos de resolución de extraídos de casos históricos, cuando era necesario llegar a acuerdos donde una demanda económica no estaba encima de la mesa, y donde se trataba de evitar el uso de la fuerza con riesgo de enfrentamiento bélico. Carl Von Clausewitz definió la guerra como “la continuación de la política por otros medios.

Para negociar lo imposible, el libro propone 3 métodos: formular los términos de la negociación, establecer el procedimiento de la negociación y finalmente usar la empatía para comprender las razones y motivaciones de las partes. Depende del tipo de crisis, es probable que el énfasis sea mayor en uno u otro aspecto o que interactúen los tres métodos, pero aquí quería detenerme en comprender las razones de las partes sentadas en la mesa.

La empatía del presidente John Fitzgerald Kennedy – dice Deepak Maholtra -, fue lo que desactivó la “crisis de los misiles de Cuba” (así la hemos definido los occidentales, pero vista por los rusos como la “crisis del Caribe”, porque en su óptica, y era cierto, ya había misiles en la frontera soviética con Turquía apuntando a Rusia). Vemos que todas las crisis son producto de narrativas distintas, de cómo vemos los acontecimientos.

Antes de llegar al punto álgido, Estados Unidos comprendió que Rusia necesitaba desescalar la instalación de ojivas nucleares occidentales amenazantes y negoció un acuerdo secreto para su retirada, tras el cual los misiles de Cuba fueron desinstalados. Tanto Nikita Krushev como JFK pudieron vender en sus audiencias nacionales una victoria en la negociación evitando un conflicto armado de consecuencias impredecibles.

En similar situación se encuentra ahora el conflicto en Ucrania. Para que el conflicto no recurra a las armas y para que el acuerdo suponga una patada hacia adelante demorado poco tiempo el retorno al conflicto hay que comprender las motivaciones de cada parte.

Curiosamente, Rusia recurre a argumentos similares a los de la crisis de los misiles en Cuba: el que sus fronteras están en peligro como en 1962, ahora como consecuencia de la expansión de la OTAN hacia el este desde la caída de la Unión Soviética. Pero Rusia puede ser más asertiva militarmente ahora que en 1962, porque tiene las manos más libres tras la expiración del tratado sobre armas nucleares de alcance intermedio en 2020, y por la determinación de su liderazgo ante lo que se percibe como un deterioro en los “colchones geográficos” de seguridad alrededor del territorio ruso.

En la crisis de los misiles de Cuba había dos potencias negociando, con un país huésped del conflicto sobre el terreno, Cuba. En este caso siguen siendo Estados Unidos y Rusia, y ahora el país huésped es Ucrania y los países de la frontera soviética antes de 1997, en los que Rusia reclama su desmilitarización OTAN. Rusia ignora la legalidad internacional vigente y el derecho de existencia y soberanía de los países, o cuando menos exigiría el estatus de países no alineados o neutrales. Pero según las leyes actuales, el no alineamiento no puede ser una exigencia de un tercer país sino una prerrogativa de la soberanía nacional de cada país. Además, Rusia ha demostrado su falta de escrúpulos para sabotear a otros países cuando ha convenido a sus intereses.

Por tanto, comprender las razones de las partes replicando concesiones del pasado puede no ser la solución al conflicto actual y habrá que entender motivaciones más profundas de las distintas partes.

Pueden ser condiciones económicas para restablecer la maltrecha economía rusa, puede que se trate de una posición de fuerza que no sólo quiere exhibirse, pero que esconde otros objetivos menos visibles.

Rusia debe saber que no es aceptable que para evitar su invasión de Ucrania todos los países con los que comparte frontera pierdan el paraguas de una defensa colectiva frente a una potencia armamentística como Rusia.

Es posible que Rusia no desee modelos democráticos de éxito económico en sus fronteras (no es que lo sean aún los actuales) que minen su propia debilidad interna. Muy distinto es el caso de China, una potencia militar y económica, con un modelo político muy distinto de sus vecinos de Corea del Sur o Japón sin que exista un conflicto de proximidad. Rusia no tiene un modelo económico y social competitivo o “exportable” a otros países. Su influencia proviene de su liderazgo autocrático, su agresividad militar y del suministro de energía.

Los conflictos fronterizos pueden degenerar en enfrentamientos de crecimiento o decrecimiento territorial, en la ocupación de un espacio existente que termina en juego de suma cero. Uno gana, otro pierde. El conflicto de Ucrania es un rifirafe fronterizo entre los aledaños de la Unión Europea y Rusia, pero hay mucho más que un espacio de tierra en juego. Las maniobras rusas pretenden cuando menos redefinir la política de alianzas armamentísticas de su cinturón exterior. Por ello el efecto en la Unión Europea es neutro-negativo, en la medida en que las aspiraciones rusas se limiten a Ucrania. Pero es probable que si Rusia percibe impunidad, tibieza o división en la respuesta de occidente frente a su agresividad, Ucrania puede ser sólo un paso más en la asertividad rusa y su reivindicación de influencia en territorios antiguos de la Unión Soviética. Este escenario sería bastante negativo para Europa.

Estados Unidos está muy lejos, por mucho que se haya erigido en el defensor de Europa y de la legalidad internacional. No es un conflicto a sus puertas y a priori, su intervención nunca sería masiva en soldados al estilo de pasadas guerras, pero la Unión Europea es una fuente de legitimidad importante para la política de Estados Unidos en el mundo. Estados Unidos perdería influencia global en el mundo con una Europa debilitada por la amenaza rusa.

El conflicto de Ucrania es la disputa en las esquinas dobladas del mapa que compartimos la Unión Europea y Rusia. Son territorios de frontera que los acontecimientos históricos no han resuelto a gusto de todas las partes. El planeta está lleno de ellas aunque hay unos puntos más calientes que otros. Ello ha devengado en sentimientos que han creado amorfos mapas con enclaves en disputa, como Kaliningrado desconectado geográficamente de Rusia.

Por ello, para negociar lo aparentemente imposible, una paz que nunca será permanente, hay que comprender cuáles son las motivaciones y los puntos de negociación aceptables por las distintas partes, antes de llegar a la guerra.

Enrique Titos

Consejero Independiente. Director del Grupo de Trabajo de Fide Dinero Digital y Sistemas de Pago – DDSP. Consejero Académico de Fide

Artículo publicado originalmente en El Alcazar de las Ideas

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