Hasta que su primera película la eligió a ella, se debatió entre dos ideas: el flamenco y los desaparecidos en la guerra de Guatemala. A priori pueden parecer dos temas completamente desconectados, pero ambos comparten la pasión con la que Ana vive su vida: en un caso, por el arte y, en el otro, por la verdad y la justicia.
Ana estudió periodismo en Guatemala y ejerció durante unos años, pero «el tiempo es fundamental para llegar a reflexiones profundas, si no pasas como de cuclillas por las cosas, y no me interesa contar así las historias». Así que viajó a España para estudiar cine, primero en Barcelona y luego en Madrid, donde reside desde hace años.
El punto de partida de La asfixia es la desaparición de su padre en Guatemala en 1982, cuando su madre estaba embarazada de ella. La guerra civil de Guatemala (llamado conflicto armado tras los acuerdos de paz de 1996) fue un conflicto bélico en el marco de la Guerra Fría que duró casi cuarenta años. Según los cálculos de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico nombrada por las Naciones Unidas, hubo 200.000 muertos, 45.000 desaparecidos y cerca de 100.000 desplazados.
Ana enfocó inicialmente La asfixia como una búsqueda de porqués a través de entrevistas a familiares y otras personas que conocieron a su padre. Pero la situación política en Guatemala en el momento del rodaje, poco después de la condena por genocidio a Efraín Ríos Montt y la posterior anulación de la sentencia, transformó la película. En La asfixia, la cámara acabó siendo el espejo del drama de la desaparición: en el pasado, el silencio de los desparecidos y, en el presente, la ausencia de respuestas.
«Guatemala para mí es un país conflictivo.» Quizá más que frente a ningún otro asunto, en esto se muestra dividida entre lo que la razón le dice que debería sentir y lo que siente, aunque no lo entienda. Dada su trayectoria vital, no resulta sorprendente que sienta cierta rabia hacia Guatemala. «Extraño el verde, extraño las hojas gigantes, extraño las nubes y sus cielos y extraño sus volcanes… así que, sí, tengo nostalgia» reconoce finalmente entre risas.
Ha vivido en México (donde nació, tras exiliarse su madre con su hermana mayor después de la desaparición de su padre), Guatemala y España.
Opina que la actitud de España hacia el extranjero se basa en su situación socioeconómica, oscilando entre una enorme solidaridad con los inmigrantes privilegiados y el rechazo al resto (la gran mayoría), que no lo son. «Creo que en España hay mucho racismo, hay un racismo institucionalizado del que hay que hablar y hay que pronunciarlo para que exista un cambio, y creo que existen buenas intenciones, pero hay una tarea muy pendiente por parte de España. También soy consciente de que es algo muy complejo, pero creo que todavía es un país que está en un momento de una transición necesaria en la que tiene que aceptar una pluriculturalidad mayor, que ya la tiene de por sí España. Tiene que abrazar a todo el extranjero que viene de las colonias que dejó, ya que tiene una deuda pendiente con todas esas colonias. Creo que todos los ciudadanos somos ciudadanos del mundo y que el migrar es un derecho humano. Por lo tanto, creo que todas las personas deberían ser aceptadas.»
Entre sus placeres están la lectura, los viajes, el mezcal o la música electrónica. Por ello, no sorprende su atracción por Berlín. Tras una época oscura fruto de uno de los acontecimientos más estremecedores de la historia reciente, esta ciudad ha recobrado en las últimas décadas el cosmopolitismo que la caracteriza, convirtiéndose en epicentro de la vanguardia de la escena electrónica europea.
El segundo proyecto de Ana como directora, en el que lleva trabajando desde 2022, también tiene un componente personal: «Hago cine porque es la forma que he encontrado para expresar lo que pienso, para mostrar cómo veo el mundo».
La recuperación y reinterpretación de la figura de Michèle Firk es la excusa para contraponer su vida a la de Ana. Nacida en París en 1937 en el seno de una familia judía expulsada de Centroeuropa por los pogromos de 1890, Michèle estudió en el Instituto de Altos Estudios de Cinematografía de París. Revolucionaria comunista, denunció la «guerra sucia» llevada a cabo por el Ejército francés en la guerra de Argelia, estuvo en Cuba y colaboró con la guerrilla de Guatemala. Cuando estaba a punto de ser arrestada por la policía guatemalteca, Michèle se suicidó en 1968, unos pocos meses después de Mayo del 68.
«Creo que el ser mujer y feminista es lo que realmente marcará mi obra», decía en una entrevista allá por 2019. Y ciertamente, pocas cosas identifican a Ana tanto como su profunda conciencia feminista.
«Cómo puede ser que tú te pienses superior a otro ser humano solo porque su órgano genital es distinto. No me cabe en la cabeza.» El feminismo es para Ana una forma de moverse en el mundo y una ideología «que observa, que acompaña y que cuida, que intenta abrazar, entender y no atacar». Y es con esa filosofía con la que ha elegido vivir su vida.
«Siempre me ha gustado decir que soy del feminismo de la buena onda porque creo que necesitamos aliadas, aliados, aliades, y para eso la violencia no es la mejor forma.» No obstante, considera que hay momentos en los que debe dejarse paso a un feminismo más combativo: «Hay momentos en los que hay que ejercer un poco de violencia, pero son momentos muy particulares.»
Y, como no podría ser de otra manera, en la vida de Ana aparece con fuerza el amor. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua lo define, en su segunda acepción, como el «sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear».
Como dice una canción de Gaby Moreno: «cuando uno está enamorado / a veces pierdes la cabeza / por lo que estar enamorado / es más mi naturaleza».
Cálida y cariñosa, íntegra, tenaz e insobornable, Ana es un punto de color en mi vida. Cómo no iba a serlo una persona que con esa cadencia suave al hablar te dice «les estaba pensando» o «mis quereres».
A continuación, puedes ver la entrevista que realizó Marina Torres a Ana Bustamante sobre sus intereses en el mundo del cine, el contenido que le gusta consumir y producir, la película “Asfixia”.
Conversación Ana Bustamante y Marina Torres
Marina Torres Díaz (07.11.2024)





