Ciencia en conversación: Naturaleza (genes) o crianza (educación)

¿Somos responsables de lo que hacemos o lo es la herencia genética recibida de nuestros padres?

Los ejemplos abundan: Muchos hijos de padres ganadores del Nobel también lo ganaron. Marie y Pierre Curie ganaron el premio Nobel de Física y su hija Irène Joliot-Curie ganó el Nobel de Química en 1935. Niels Borh ganó el premio Nobel de Física y lo mismo hizo su hijo Aage Borh 13 años después de la muerte de su padre. William Henry Bragg y su hijo William Lawrence Bragg ganaron el Premio Nobel de Química…. Hubo muchos más, sin duda bastantes más de los esperados por simple probabilidad estadística. Así mismo también se dan, con frecuencia, casos de estirpes familiares de asesinos, criminales, capos de la droga, contrabandistas, etc., recogidas a menudo en crónicas periodísticas, cine o series de televisión.

Resulta pertinente preguntarnos cuánto de lo que somos es realmente nuestra responsabilidad y cuánto es una responsabilidad heredada de nuestros propios padres. ¿Qué es lo que hace que los seres humanos seamos tan diferentes unos de otros? ¿Si recibo los genes adecuados seré premio Nobel, pero si recibo genes erróneos seré un delincuente? ¿O solo se trata de la educación que me da mi familia?

Una estrategia empleada a menudo en ciencia consiste en ponerse en los dos casos más extremos: Si nuestra naturaleza estuviese determinada principalmente por los genes, no habría que esforzarse demasiado en la educación. A quien tiene buenos genes le irá bien con independencia del ambiente en el que se críe. Pero a quien tiene malos genes le irá mal por mucho que la sociedad se esfuerce en evitarlo. Por el contrario, si nuestra naturaleza estuviese condicionada principalmente por el ambiente, debemos dedicar absolutamente todo nuestro esfuerzo a educación de los niños. Todo lo que hagamos por ellos será poco, porque mientras más les dediquemos mejor les irá.

Desde antiguo este tema tuvo defensores extremos tanto del determinismo genético (lo que somos se debe esencialmente a los genes que heredamos de nuestros padres), como de la importancia del ambiente (lo que somos depende de la crianza; los genes dan forma a nuestros cerebros, pero no a nuestras ideas). Gran parte de ellos cayeron en el fanatismo. Dedicaron sus vidas a defender prejuicios.

Nuestra naturaleza biológica hace que tengamos una idea, nos convenzamos de ella y tratemos de defenderla a ultranza buscando solo los argumentos que la defiendan (el llamado sesgo de confirmación).

Poco hay más contrario a la ciencia que tener una idea e intentar defenderla. Los científicos experimentales razonan de una manera muy diferente: tras analizar una gran cantidad de datos plantean una hipótesis que puede explicarlos. Entonces diseñan experimentos que permitan demostrar que esa hipótesis es falsa. Si no lo es se publica en una revista revisada por pares. Entonces otros científicos de diversos grupos en distintos países hacen experimentos similares y solo cuando una hipótesis ha resistido todos los intentos para demostrar que es falsa comienza a ser considerada como provisionalmente verdadera. En esencia el método científico no se basa en defender las ideas que se nos ocurren sino en demostrar que son falsas.

Así la ciencia puede responder a una serie de preguntas ajustándose a la realidad objetiva. Para ello las preguntas tienen que estar correctamente formuladas. Y en este caso del determinismo genético la pregunta correcta es: ¿Cuánto de lo que somos se debe a la acción de los genes que heredamos (sin tener responsabilidad alguna en ello) y cuánto se debe a todo lo que no es genético, como el ambiente, la educación, las circunstancias, el azar,…(que en cierta parte depende de nosotros pero en otra parte no)?

Durante los últimos 100 años, la genética desarrolló herramientas muy precisas para estudiar cómo se heredan los distintos rasgos que nos hacen ser como somos.

Existen caracteres, como los grupos sanguíneos A, B, O, o el factor Rh, que dependen exclusivamente del efecto de un solo gen. Muchos de estos caracteres mendelianos son responsables de rasgos físicos (como tener pegado el lóbulo de las orejas, el pelo en “pico de viuda”, o los dientes separados). Los genes mendelianos también determinan enfermedades hereditarias que van a condicionar la psique de quien las padece (como la enfermedad de Huntington, que produce una grave degeneración psiquiátrica y motora, o la fenilcetonuria que por un defecto metabólico en el enzima fenilalanina hidroxilasa da lugar a un grave retardo mental y motor). Estos genes mendelianos incluso condicionan rasgos como la forma en que cruzamos los brazos (el derecho sobre el izquierdo o al revés).

Todos estos caracteres que dependen del efecto de un solo gen son cualitativos: se tiene la característica que determinan, como el Rh+ o el pico de viuda, o no se tiene y en ellos el ambiente no influye y quien tiene el gen correspondiente manifiesta el carácter y quien no lo tiene no lo manifiesta, con independencia de las condiciones ambientales en donde se crie un individuo.

Pero la gran mayoría de las características que conforman la naturaleza humana y nos hacen ser como somos, como las capacidades que constituyen la inteligencia (por ejemplo, la competencia para las matemáticas, la capacidad espacial o la habilidad lingüística), o los rasgos conductuales que configuran nuestra personalidad (por ejemplo, la agresividad, la timidez, o la curiosidad), son caracteres cuantitativos para los que existe mucha variabilidad entre las distintas personas.

En la población humana (dejando a un lado las patologías) la inteligencia se distribuye de forma continua y presenta mucha variabilidad (hay personas muy inteligentes y personas que lo son menos, pero la mayoría son de una inteligencia normal). La inteligencia ajusta a una “campana de Gauss”, esto es una distribución normal, (la mayoría de las personas son de una inteligencia normal, hay menos personas muy inteligentes o muy poco inteligentes y solo hay escasísimos genios) y lo mismo pasa con el otro lado de la curva donde se agrupan las personas menos inteligentes.

Estos caracteres cuantitativos son el resultado del efecto conjunto de muchos genes (cada uno de los cuales contribuye añadiendo un pequeño valor), pero también del ambiente en donde nos criamos y vivimos (una parte muy importante del cual es la educación). Podemos tener genes para ser muy inteligentes, pero si sufrimos una infancia de desnutrición extrema, con enfermedades y carencia absoluta de educación, no alcanzaremos todo nuestro potencial de inteligencia.

Para estimar la influencia relativa que tienen los genes y el ambiente en caracteres como la inteligencia y los rasgos conductuales, en primer lugar, debemos medir con razonable precisión estos caracteres tan complejos. Pero, en las últimas décadas, miles de científicos han trabajado duro para intentar estimar rigurosamente los componentes de la inteligencia o de la personalidad, utilizando tanto test estandarizados como mediante la observación. Por ejemplo, en los test de inteligencia se miden componentes como la memoria, la concepción espacial o la habilidad lingüística. Los test de personalidad analizan las respuestas a una larga batería de preguntas, permitiendo estimar numéricamente diversos aspectos de nuestros rasgos conductuales. Los estudios observacionales (por ejemplo, cuantificar las conductas agresivas de los niños en los patios de recreo mediante observadores cualificados) también permiten evaluar rasgos de la personalidad. Se consigue así una estima de los rasgos conductuales como la curiosidad y la actitud abierta a nuevas experiencias, el ser extrovertido o introvertido, ser agradable o agresivo, ser más o menos escrupuloso, ser muy neurótico o serlo poco.

Las actuales estimaciones de la inteligencia y los rasgos de la personalidad funcionan razonablemente bien: son repetitibles (una misma persona obtiene los mismos resultados en distintas repeticiones de los test), reproducibles (distintos investigadores obtienen resultados similares) y tienen capacidad predictiva (aciertan bastante bien cuál va a ser el rendimiento escolar, el éxito académico, el grado de conflictividad de la persona, etc.). Esto es relevante porque más que hacer estimaciones reales de cuanto de la inteligencia o de la personalidad se debe al efecto de los genes o la educación, en realidad solo estamos estimando cuanto de los que los test miden como inteligencia o como personalidad, se debe al efecto de los genes o la educación.

Tras estudiar a millones de personas durante varias décadas en decenas de países, tenemos una idea razonable la importancia relativa de factores genéticos y no genéticos (ambientales) en la inteligencia y los rasgos conductuales. El resultado no contenta ni a partidarios del determinismo genético ni a ambientalistas. Ninguno de los dos bandos tiene razón (algo que ocurre a menudo con las respuestas que nos da la ciencia a polémicas sociales). Podríamos decir que la verdad objetiva es mucho más “salomónica” de lo que parecía.

Pero antes de seguir es necesario definir una serie de conceptos: A nivel genético, dos personas cualesquiera cogidas al azar comparten muchos de sus genes: son los genes universales que tenemos en común todos los seres humanos. Pero se diferencian en otros: son los genes diferenciales. A nivel ambiental, dos personas criadas en una misma familia comparten un mismo ambiente (ambiente compartido), pero se diferencian en el ambiente que no comparten (pueden tener distintos amigos, diferentes lecturas, ver distintas películas…) y que llamaremos ambiente exclusivo.

Se ha analizado cuidadosamente el efecto de los genes diferenciales, del ambiente compartido y del ambiente exclusivo sobre los componentes de la inteligencia y de los rasgos conductuales.

Para ello la adopción de niños es un extraordinario experimento que permite obtener resultados muy sólidos en este sentido (por supuesto tratando con verdaderos casos de adopción y no con adopciones inventadas como las de Cyril Burt). En los registros de adopción encontramos 2 tipos de casos que resultan esenciales para comprender la importancia relativa de la genética, el ambiente y la educación:

  1. Gemelos que son separados al nacer y criados por diferentes familias. En este caso comparten todos sus genes, pero se diferencian en el ambiente (tanto en el compartido como en el exclusivo). El parecido que exista entre ellos en su inteligencia y sus rasgos conductuales se debe al efecto de los genes (concretamente de los genes diferenciales).
  2. Parejas de recién nacidos, que no tienen ningún parentesco entre sí, pero que son adoptados por una misma familia. En este caso el parecido entre ellos en inteligencia y rasgos conductuales será el resultado del ambiente compartido (tienen distintos genes diferenciales y distinto ambiente exclusivo). Se trata de un caso muy interesante porque, en buena parte, el ambiente compartido de estos hermanos de adopción es la educación.
  3. Hay un tercer grupo de estudio que también resulta del máximo interés: gemelos criados en la misma familia. En este caso son genéticamente idénticos y tienen el mismo ambiente compartido. Solo se diferencian en el ambiente exclusivo.

Este tipo de estudios de adopción solo se realizan en países avanzados, donde existe un severo control: los niños solo se entregan en adopción a familias acomodadas. De hecho, el nivel de vida medio de las familias que adoptan niños es significativamente mayor que el nivel de vida de la población general. Indudablemente esto reduce las diferencias ambientales. Pero son muy interesantes porque representa que es lo que ocurre en familias de clase media acomodadas: ninguno de los niños adoptados va a pasar hambre, pero, por ejemplo, unos pueden criarse en familias muy religiosas y conservadoras y otros en familias ateas y de izquierdas; unos pueden educarse en familias donde los padres son muy estrictos y otros en familias muy permisivas. Así estos estudios estiman bien el efecto de la educación.

Para conocer la importancia relativa de los genes diferenciales, del ambiente compartido y del ambiente exclusivo sobre los componentes de la inteligencia y de los rasgos conductuales es necesario emplear una serie de herramientas estadísticas y genéticas (como la correlación, la varianza y la heredabilidad).

Durante los últimos 50 años se han aplicado estas herramientas a gemelos que son separados al nacer y criados por diferentes familias (y que, por tanto, comparten todos sus genes, pero se diferencian tanto en el ambiente compartido como en el ambiente exclusivo). Así, el parecido que exista entre ellos se debe al efecto de los genes. Los resultados muestran que los gemelos se parecen mucho entre sí en su inteligencia y conducta, aunque se hayan criado en familias diferentes. Además, estos estudios nos permiten medir la heredabilidad de estos caracteres: la heredabilidad del coeficiente de inteligencia nos indica que parte de lo que varían las distintas personas en las puntuaciones que obtienen en sus test de inteligencia se debe a causas genéticas (concretamente al efecto de sus genes diferenciales) y que parte se debe a las otras causas no genéticas (ambiente, educación…). Los resultados de miles de casos indican que al menos un 40% de las diferencias entre las distintas personas en sus coeficientes de inteligencia se deben a causas genéticas. Con los caracteres conductuales (curiosidad y la actitud abierta a nuevas experiencias, el ser extrovertido o introvertido, etc.) se obtienen resultados parecidos (entre el 40 el 50% de la variación de los rasgos conductuales entre las personas también se debe al efecto de los genes diferenciales).

Un caso parecido es el de los hermanos adoptados por distintas familias. En este caso comparten la mitad de los genes y se diferencian en el ambiente. Si con ellos calculamos la heredabilidad de los rasgos intelectuales y conductuales se obtienen valores del mismo orden que en el caso de los gemelos.

Otro caso de la máxima relevancia son las parejas de recién nacidos sin parentesco alguno entre ellos, que son adoptados por una misma familia. Estos hermanos de adopción se crían en el mismo ambiente compartido, pero se diferencian en sus genes diferenciales, así como en el ambiente exclusivo. El estudio riguroso de miles de estos casos, procesados con las más poderosas herramientas de la genética y las matemáticas, ha permitido estimar el efecto de del ambiente compartido, que es, en buena parte, la educación. El resultado es concluyente (aunque demoledor para muchas de nuestras creencias): el ambiente compartido (que en buena parte es la educación que se recibe en las familias) explica menos del 10% de las diferencias en coeficiente de inteligencia y rasgos conductuales de la población. Aunque docenas de supuestos expertos en educación nos incitan a que estimulemos a nuestros hijos desde que son bebés y los llevemos a montón de actividades, los datos indican claramente que, por más que hagamos, la influencia de la educación dentro de la familia es mínima para el desarrollo de la inteligencia y de los rasgos conductuales. Si se cumplen unos mínimos que aseguran el correcto desarrollo de los hijos, da igual que se les estimule mucho durante los 3 primeros años o no, que tengan hermanos o sean hijos únicos, que las madres trabajen fuera o que se queden en casa cuidándolos, que sus padres sean una pareja convencional o que sea una pareja de lesbianas o de gays, que vayan a la guardería desde muy pronto o que empiecen en el colegio más mayores, que sean educados rígidamente o lleven una vida más relajada…

Aunque resulte contrario a nuestras buenas intenciones y creencias, dos gemelos criados en distintas familias van a ser mucho más parecidos entre si (en sus coeficientes de inteligencia y en sus rasgos conductuales como la curiosidad, el ser extrovertido, ser agresivo, ser escrupuloso o ser neurótico) que dos hermanos de adopción, sin relación genética alguna, que fuesen adoptados al nacer por una misma familia. Dicho de otra forma: las personas que comparten genes son mucho más parecidas que las personas que comparten educación. 

Pero los resultados del tercer grupo de estudio, los gemelos criados en la misma familia, son aún más sorprendentes. Estos gemelos son genéticamente idénticos y se crían con el mismo ambiente compartido. Tan solo se diferencian en el ambiente exclusivo. Pese a que comparten genes y educación estos gemelos distan mucho de ser idénticos: de hecho, sus diferencias en intelecto y rasgos conductuales son del orden de 50%. Hay causas que no son genéticas, ni tienen que ver con el ambiente compartido o la educación, que hacen diferentes a estos gemelos univitelinos criados en la misma familia. Se trata del ambiente exclusivo.

A diferencia del ambiente compartido, que incide por igual en los gemelos, el ambiente exclusivo es el que afecta a uno de los gemelos y no al otro (por ejemplo, uno resbala fortuitamente y se hace daño y el otro no, tienen distintos amigos, diferentes novias, etc.). Además del ambiente exclusivo, diversos tipos de interacciones (incluso entre gemelos es frecuente escuchar frases del tipo “nuestra madre siempre te quiso más a ti”) así como el azar, podría estar desempeñando un papel relevante para explicar las diferencias entre las personas. 

Para los padres y educadores el ambiente exclusivo, las interacciones y el azar, resultan incontrolables. No nos gusta porque en gran medida tiene un componente estocástico. Y tendemos a no darle importancia porque nada podemos hacer para controlarlo. Pero es el factor más importante a la hora de generar diferencias entre las personas. Incluso si nos clonásemos, nuestros clones diferirían mucho en inteligencia y personalidad debido al ambiente exclusivo, interacciones y azar.

Conclusión

Por resumir: la genética (en concreto los genes exclusivos) es responsable de al menos el 40% de nuestras diferencias de inteligencia y personalidad; el ambiente compartido (en buena parte la educación) solo explica hasta un 10% de estas diferencias; el ambiente exclusivo, las interacciones y el azar, son responsables de al menos el 50% de la disparidad intelectual y conductual entre personas. El ambiente exclusivo, y las diferencias genéticas son las que explican en gran medida porqué somos lo que somos.

Sin duda se trata de resultados de la máxima relevancia. Pero no olvidemos sus límites: Que la heredabilidad del coeficiente de inteligencia sea del 40% no quiere decir que el 40% de la inteligencia de una persona se deba a los genes y el resto al ambiente compartido y no compartido; solo significa que el 40% de la variación de la inteligencia en la población de personas estudiada es hereditaria. Por otra parte, los estudios de heredabilidad solo son válidos para la población estudiada en el ambiente en que vive esa población. En buena parte estos estudios se basan en adopciones y las adopciones en los países avanzados (de donde provienen los datos de estos estudios) están muy controladas. Como resultado la mayoría de los niños adoptados van a familias de clase media-alta con mayor nivel de renta y cultura que la población general. Esto reduce el efecto del ambiente compartido (porque la gran mayoría de los adoptados van a estar en un ambiente muy bueno). Pero las conclusiones seguramente sean aplicables a la gran mayoría de los lectores de este estudio.

Estos resultados no quieren decir que la educación no sirva casi para nada: indudablemente hay infinidad de rasgos culturales concretos que dependen de la educación y del ambiente, por ejemplo, la lengua materna que uno habla, la religión que profesa, e incluso las ideas políticas o la afición a la música. Sin embargo, la habilidad para el lenguaje depende en buena parte de lo que no es educación (genes y ambiente exclusivo). Incluso la religiosidad, el talante más o menos liberal y la habilidad para la música apenas están condicionadas por la educación: uno puede tener una extraordinaria capacidad para la música, pero si no se educa tocará mucho peor un instrumento que quien tiene poco talento musical, pero se ha esforzado mucho.

Para terminar, aunque la genética es sin duda muy relevante en la inteligencia y personalidad de nuestros hijos, la respuesta del premio Nobel George Wald cuando William Shockley le pidió que donase esperma para su banco de semen de premios Nobel, resulta clarificadora: “Si desean esperma que produzca premios Nobel, deberían ponerse en contacto con personas como mi padre, un pobre sastre inmigrante. Mi esperma solo le ha dado al mundo dos guitarristas mediocres”.

Biografía

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