Cuando estamos inmersos en la vorágine de nuestra rutina nuestros problemas son los más importantes, como señala el protagonista del corto.
No obstante, si nos parásemos a reflexionar desde la calma (aunque la objetividad nunca sea completa) seríamos capaces de poner en perspectiva los problemas graves, los que tienen solución y los “problemas del primer mundo” (que no deberíamos llamar problemas).
Lejos de pretender dar lecciones a nadie, lo anterior es ante todo un recordatorio para mí misma de qué es lo importante: las personas. Las prisas, el tiempo, el trabajo… por sí mismas no significan nada y pierden su razón de ser si la finalidad no es, de una u otra manera, las personas que tenemos a nuestro alrededor.
Viéndolo desde cerca, pero viviéndolo desde lejos, para mí La rampa retrata la entrega de unas familias que, de puertas para adentro, conviven con la angustia infinita y el amor incondicional, mientras de puertas para afuera son baluartes de entereza y serenidad.
A quienes esta realidad les resulte ajena, La rampa puede parecerles una exageración. Ojalá lo fuera.
En palabras de una amiga mía y madre del pequeño y valiente Juli:
«Este corto significa dar visibilidad a la discapacidad infantil, lo que supone para nuestras familias en cuanto a entrega y amor infinito hacia los niños y a lucha constante en una sociedad que cada vez es más egoísta y se mira más el ombligo. Pequeños gestos de ayuda de cada persona pueden ayudar a aliviar esa carga y dar un poco de luz».
Marina Torres Díaz





