SOBRE LA REGULACION DE LAS STABLECOINS Y LOS «NO BANCOS»

"la estabilidad financiera no exige suprimir la inestabilidad, sino distinguir entre inestabilidades. Hay una inestabilidad que el propio mercado puede resolver y otra que destruye el sistema de pagos, paraliza mercados esenciales o impide el funcionamiento básico de la economía, "

La demanda de los bancos de aplicar regulación prudencial a los «no bancos «no tiene sentido. Los reguladores que la aceptan se equivocan.

La experiencia acumulada en las últimas décadas muestra que la estabilidad financiera no se logra extendiendo la regulación prudencial bancaria al conjunto del sector no bancario (tradicional y crypto), sino impidiendo que los bancos importen y amplifiquen el riesgo generado fuera de su perímetro. Los no bancos, por definición, asumen riesgos: gestionan carteras, intermedian crédito, utilizan derivados, se apalancan  o transforman liquidez. Nada de esto es problemático en sí mismo. El problema aparece cuando esos riesgos terminan reapareciendo en los balances bancarios o en los mercados e infraestructuras de los que depende la banca.

Conviene, además, precisar qué tipo de inestabilidad es la que debe preocupar al Estado. No toda inestabilidad financiera es negativa. Existe una inestabilidad que el propio mercado puede resolver, porque sus efectos quedan circunscritos a quienes asumieron mal los riesgos. En estos casos, la quiebra o las pérdidas cumplen una función esencial: permiten que desaparezcan las malas prácticas, los modelos inviables y las malas decisiones. Esta es la inestabilidad schumpeteriana, la de la destrucción creativa, y constituye una de las grandes virtudes del mercado. Un sistema en el que nadie puede desaparecer, por mal que lo haga, no es estable en sentido económico, sino rígido y decadente.

El problema surge cuando la inestabilidad deja de ser autocontenida y amenaza con destruir el sistema de pagos, paralizar mercados esenciales o impedir el funcionamiento básico de la economía. En esos casos, el mercado no puede resolver por sí solo la crisis, porque el colapso afecta a infraestructuras de las que dependen todos los agentes, incluidos los que no asumieron riesgos. Solo en ese punto está justificada la intervención del Estado.

La historia reciente es consistente y reveladora. En prácticamente todos los episodios de intervención pública relacionados con “no bancos” —fondos monetarios en 2020, tensiones por margin calls, disfunciones en los mercados repo, la crisis de los fondos LDI en el Reino Unido— las autoridades no intervinieron para evitar la quiebra de los “no bancos” responsables de la inestabilidad, sino para impedir que esa inestabilidad se propagara hacia los bancos, el mercado de deuda pública, el colateral o el sistema de pagos. Cuando ese canal de transmisión no existía o parecía absorbible, las quiebras o las pérdidas fueron permitidas sin rescate.

La quiebra de AIG no se evitó por el tamaño o la relevancia de la aseguradora en sí misma, sino porque su colapso habría generado pérdidas inmediatas y desordenadas en grandes bancos a través de derivados y exigencias de colateral. En cambio, la quiebra de fondos altamente apalancados, como Amaranth, no dio lugar a intervención alguna porque las pérdidas quedaron circunscritas a inversores y contrapartes privadas. El caso de Archegos es igualmente ilustrativo: el fondo desapareció, los bancos absorbieron pérdidas significativas, pero el sistema bancario en su conjunto no quedó comprometido y no hubo rescate.

El ejemplo de Lehman Brothers demuestra que la etiqueta jurídica es irrelevante. Lehman no era un banco de depósitos, pero estaba profundamente integrado en los balances bancarios y en los mercados de financiación a corto plazo. Su quiebra desordenada no generó una crisis por ser un “no banco”, sino porque los riesgos que había creado estaban ampliamente distribuidos dentro del sistema bancario. El error no fue permitir la quiebra de una entidad no bancaria, sino haber permitido previamente que la banca importara masivamente ese riesgo.

De esta experiencia se desprende una lección fundamental: los «no bancos» pueden quebrar sin poner en peligro la estabilidad financiera pero solamente si sus riesgos no sean absorbidos, financiados o garantizados por los bancos. El riesgo no es el problema; el problema es su socialización a través del núcleo protegido del sistema. Los bancos son estructuralmente más peligrosos desde el punto de vista sistémico, no porque asuman más riesgo que los no bancos, sino porque operan en el corazón del sistema de pagos y por ello necesitan privilegios del Estado.

Desde esta perspectiva, el enfoque regulatorio que solicitan los bancos resulta conceptualmente equivocado. No elimina el riesgo, lo desplaza y, además, debilita la disciplina de mercado al crear expectativas implícitas de rescate. Regular a los no bancos como bancos es, en el fondo, una forma de aceptar que la inestabilidad dejará de resolverse de manera schumpeteriana.

Una alternativa más coherente consiste en preservar la disciplina de mercado en el sector no bancario y concentrar la acción pública en cortar los canales de transmisión hacia la banca. Esto implica limitar de forma estricta la financiación bancaria a entidades no bancarias altamente apalancadas y separar con claridad las infraestructuras críticas del riesgo privado. No se trata de impedir que los no bancos asuman riesgos, sino de impedir que esos riesgos terminen protegidos por el Estado.

Es razonable” nivelar totalmente el campo de juego” a todos, a los bancos y a los no bancos. Pero para ello habrá que hacerlo suprimiendo todos los  privilegios a los bancos y no levantando obstáculos a los no bancos. Y esto será posible cuando se aplique una solución estructural que permite compatibilizar estabilidad y disciplina de mercado: ofrecer un activo público sin riesgo accesible a todos los ciudadanos, el dinero digital emitido por los bancos centrales (CBDC), Cuando los ciudadanos y empresas puedan mantener la liquidez que quieran en dinero público digital, el Estado ya no se verá obligado a proteger promesas privadas de pagos ni sostener bancos para evitar corridas de depósitos. La inestabilidad schumpeteriana puede entonces desplegarse plenamente en el sistema financiero privado, sin amenazar el sistema de pagos.

En definitiva, la estabilidad financiera no exige suprimir la inestabilidad, sino distinguir entre inestabilidades. Hay una inestabilidad que el propio mercado puede resolver y otra que destruye el sistema de pagos, paraliza mercados esenciales o impide el funcionamiento básico de la economía, Y si no las distinguimos, seguiremos confundiendo estabilidad con protección generalizada y sustituyendo la disciplina de mercado por rescates recurrentes.

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Sobre el autor

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Miguel A. Fernández Ordóñez

Economista del Estado. Ex Gobernador del Banco de España y miembro del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (ECB). Actualmente imparte Seminarios sobre Política Monetaria y Regulación Financiera en la IEUniversity.

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