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Marqués de Sade en agosto (o las sombras de la alegalidad)

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Recientemente comía con los hermanos Nacho y Fernando G. Velilla, director y productor respectivamente de algunas de las comedias más taquilleras del cine español, como «Que se mueran los feos» o «Perdiendo el Norte». Nacho comenzó muy joven dirigiendo las series «Aida» y «Siete vidas», y tiene previsto estrenar a final de año su nueva película «Villaviciosa de al lado». El guión, de la más pura tradición berlanguiana, parte de un hecho real acaecido en España hace dos años cuando tocó la lotería en un pueblo del interior de nuestro país. A pesar de que lo lógico es que la felicidad embargara a todos los lugareños, hay una gran sombra que se cierne sobre los premiados: el premio gordo agraciado por el sorteo ha sido vendido en el club de alterne del pueblo. Fácilmente pueden inferir el dilema que se plantea en esa España profunda: declararte millonario a fuerza de putero, o mantener inmaculada tu moral sin tacha, a fuerza de seguir en la pobreza. Y conforme reíamos intercambiando nuestras experiencias en aquella grata comida, comencé a pensar en la prostitución y en el alegalidad, y de allí salté al Marqués de Sade que, por entonces, ya venía zahiriendo mis entendederas a cuenta de este blog. 

Ilegalismos y alegalismos son áreas de actividad que, prohibidas o no, presentan un rango de tolerancia por parte del poder público, ya sea porque siendo actividades de riesgo e incluso reprochables moralmente, no se encuentran proscritas, ya sea porque estando prohibidas, el coste de la persecución y de la punición es elevado, de modo que quien administra la prevención y la represión del fenómeno aboga por la permisibilidad, a fin de lograr un equilibrio social. El trato con la disidencia no puede fundamentarse en la represión sistemática, así se mantenga cierta convivencia natural que administra con la mesura y la prudencia necesarias los agentes públicos. La venta ilegal en la calle, determinadas conductas de consumo en lugares públicos, la inmigración descontrolada o la prostitución, son ejemplos, cada uno con sus propias particularidades, en los que la leyes no existen o están «dormidas», en aras de un interés metajurídico. Con todo ello, no se defiende en esta entrada, por impropio, el desuso paulatino de las leyes ni la aplicación a demanda de las mismas, sino que sencillamente se constata cómo la represión automática y pertinaz puede convertirse en una herramienta contraproducente. Incluso, las sombras de tolerancia han podido servir, y hay múltiples ejemplos en la historia de todos los países, para que ciertos poderes del Estado hollen las flaquezas de las personas, para que sumerjan a determinados individuos en las cloacas de la debilidad humana, de modo que puedan obtener ventajas posteriores. Así ha sido el caso de la prostitución, uno de esos ámbitos donde se advierten con mayor intensidad las posibles patologías existentes entre el poder y el derecho, y donde el poder, cuya fuerza de expansión es notoria, puede centrifugar al derecho en la búsqueda de un bien o interés superior, a veces difícilmente identificable. Aquí es donde conviene traer a colación al Marqués de Sade, quien frecuentó la libertad sexual como placer y gozoso teorizó sobre ella, y quien se manifestaba con jactancia de libertino como un cartógrafo del erotismo pero también como uno de los máximos iconos de la Ilustración. 

Comenzábamos con la próxima obra de Nacho G. Velilla, y puestos en la comedia, deseo recordar un chiste al uso en los últimos años sobre la necesidad de poner orden en una orgía. Sin entrar en más detalles, sí quiero advertir que no hay nada de novedad en esta humorada, pues el propio Sade ya lo señalaba en «Filosofía del tocador»: «Pongamos, por favor, un poco de orden en esta orgía; orden tiene que haber incluso en el seno del delirio y de la infamia». Pues bien, además de orden, Sade era un profundo conocedor de la relación pérfida que anuda el poder y el sexo, puesto que él mismo fue víctima del entramado que el poder podía tender en las bifurcaciones que se extienden por los largos y oscuros corredores del hampa de la lujuria. De hecho, en un área entonces comprendida en el ámbito del ilegalismo, y ahora en el del alegalismo, la prostitución ha venido a desarrollar una forma de especialización de cierta delincuencia. En el siglo XVIII la depravación había llegado hasta las más horrísonas cotas del abuso, incluidos niños, como puso de manifiesto el ciudadano Picquenard, comisario de policía de París al Presidente del Directorio: «París goza de la más absoluta tranquilidad, pero es imposible disimular el hecho de que cuesta cara a la República, ya que sólo existe a expensas de la moral. Es imposible hacerse una idea de la disolución y depravación públicas… Es preciso decíroslo todo ciudadano Presidente: acaban de traer a la oficina central varios niños del sexo masculino, el mayor de los cuales apenas tenía seis años, infectados sin excepción del virus venéreo. Estos pequeños desgraciados cuyas palabra no pueden oírse sin un estremecimiento, son llevados al Palais Royal por sus madres para que sirvan de instrumento de las orgías más horribles e infames. Las lecciones de la execrable «Justine» (quizá la más célebre obra de Sade) son puestas en práctica con una audacia sin precedentes, y los esfuerzos de la guardia son casi impotentes contra esa turba pestilente de criminales de todas clases. La prostitución femenina está en su apogeo. El más antiguo inspector de policía no ha visto jamás tal cantidad de mujeres públicas». 

Prescindiendo de la sordidez del informe y del escándalo moral que representa, conviene ajustar el análisis de este texto. Por un lado, destaca el informe que París posee una paz social, una tranquilidad que no pone en cuestión el orden institucional o jurídico. La contrapartida de esa tranquilidad, el precio abonado por la paz aparente es la existencia de un ámbito de ilegalismo tolerado donde bulle la marginalidad y la criminalidad. El binomio tolerancia/intolerancia, aceptación/represión, legalidad/ilegalidad son limites porosos que admiten aplicación de conveniencia e intermitencia en el uso de las normas. El ilegalismo que originó la prostitución en la edad moderna pasa a ser una zona de administracion discrecional y diferencial donde el poder público y, de modo singular, las fuerzas del orden, aprovechan la información que obtienen para el reclutamiento de delatores y toda la barahúnda de truhanes al uso que acomodan testimonios con una pasmosa facilidad según teman por su propia integridad o por la revelación de determinadas actividades reprochables. En suma, la tolerancia entendida como la permisividad y el uso a demanda de la ley en esas zonas grises en sociedad, acaba siendo una fuente indiscutible de arbitrariedad al servicio siempre del poder. 

El uso arbitrario del poder, al abrigo de los ilegalismos o de los alegalismos, nos acerca al Medievo, porque son manifestaciones del poder impertinentes y arbitrarias, concebidas para la discriminación incontrolada y para el ejercicio del poder abusivo, del poder ofensivo. Y bien que lo sabían en el siglo XVIII; en 1774 un informe del teniente general de la policía, Mr. Lenoir, señalaba: «Era esencial, aún políticamente, que el magistrado encargado de la policía de París supiera lo que sucedía con las personas notoriamente galantes y en las casas de libertinaje». El sexo puede convertirse así en una trampa, tan tupida y en cambio tan practicable, como la debilidad humana. En «Aline y Valcourt», el Magistrado Presidente Blamont, protagonista maligno y perverso, se jacta del uso que el sexo administrado por su maldad puede provocar, en un entramado en el que se funden y confunden los celos, la ambición y la propia crueldad: «Sé que cena en ocasiones con muchachas, nuestro querido conde… Si cuando se tiene ganas de perder a un hombre hubiese que esperar a que atentase contra el Estado, no se terminaría nunca. Mientras que hay muy pocos mortales que no cenen con prostitutas. Por tanto, está muy bien que las trampas se hayan colocado en donde están… Todo lo que se hace para fomentar las relaciones de las sacerdotisas de Venus es poco. Es extremadamente útil al gobierno y a la sociedad, saber cómo un hombre se conduce en tales casos… Se trata de una forma de encadenar al ciudadano, un recurso para sojuzgarlo, para perderlo cuando se desea y esto es lo esencial». 

Como he empezado citando a Berlanga, no puedo finalizar sin relatar una anécdota que un buen amigo de esta Fundación un primaveral día me narró en una sobremesa memorable. Confidente de Luis García Berlanga y hasta pariente lejano, el valenciano le contó un día que en la época de la censura oficial del franquismo, habían enviado Rafael Azcona y el propio director de cine un guión al Director General competente en las mamandurrias del reparo. A los días, el manuscrito fue devuelto, debidamente censurado, en una escena que, más menos, comenzaba del siguiente modo: «Madrid. Gran Vía. Seis de la mañana. Amanece en Madrid y un grupo de personas desciende por la acera de la izquierda…». Perplejos, pero escarmentados, por la censura del texto, deciden visitar al inquisidor del régimen para comprender la causa del reproche. El Director General no titubeó: «Querido Berlanga, no me haga pasar por idiota, usted sabe que donde Usted escribe eso, en la película se va a ver a un cura saliendo de un club de alterne de la Gran Vía…». La transcripción de lo que ocurrió en aquel despacho es aproximada y ha pasado a ya por el filtro de este narrador, pero sí les invito a que, cuando se estrene, vayan a ver la película de Nacho G. Velilla y quizá entiendan mejor esta anécdota. Cincuenta años después y sigue amaneciendo en la Gran Vía.

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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