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Marqués de Sade en agosto (o de la utilidad de las normas)

Si la parábola de Moby Dick se ha convertido con el paso de los años en un sedicente cuento infantil, la obra de Sade ha distraído la mente humana hasta transformarla en un recipiente de sugerencias sexuales, más o menos reconocibles, incómodas según los usos y costumbres del momento, pero siempre presentes en el ideario colectivo. Sade es la encarnación del libertinaje, de lo prohibido, de lo sicalíptico como dirían los dramaturgos españoles de principios del siglo XIX, de la crueldad sexual, pero muy pocos recuerdan que en muchas obras del Marqués se encierra toda una cosmología política y social, donde el libertinaje sexual no era sino pretexto y condición para exponer toda una teoría desprejuiciada sobre la vida en común, la utilidad de las leyes, la proporcionalidad del castigo y de las penas, que, con frecuencia, dejan con diferencia atrás las concepciones filosóficas de autores como Fourier y Montesquieu. Con todo, hay que asumir que Sade seguirá siendo autor, para muchas generaciones, de décima fila, butaca central, en cualquier sala oscura de un cine, o autor de esos libros que, por el paso del tiempo o por la intemperancia de nuestros antepasados, acaban ocupando el anaquel más alto de toda la biblioteca, arrinconado entre otros autores de difícil comprensión y peor intelección. Sade se condena al polvo de la estantería, que, bien visto, no es mal polvo. 

Sade padeció en Terror en Francia, confinado en la prisión de Picpus a las afueras de París, al punto de que llegó a estar condenado a muerte, al parecer por un error administrativo, si bien no debe descartarse que su propio posicionamiento ante la situación de Francia y su relajación literaria podrían haber influido notoriamente en su encarcelamiento. Duró trece años la prisión del Marqués hasta que la Asamblea revolucionaria anula las lettre de cachet y pone en libertad a miles de reclusos: «La guillotina ante mis ojos me ha hecho cien veces más daño del que me habían hecho todas las bastillas imaginables». En ese tiempo, enclaustrado en vetusta piedra y en la antesala de la muerte que finalmente esquivó, escribe sus primeras utopías, desde «Aline y Valcour» donde describe siguiendo el modelo de la literatura de viajes, la utopía de varias colectividades, hasta «Las 120 jornadas de Sodoma», una sociedad atárquica, aislada en el castillo de Silling, integrada por cuarenta personas, acogidas a un reglamento que se ofrece al lector al inicio del libro. Pero quiero dedicar esta entrada a una gran obra del Marqués, concebida desde la más radical libertad y en la que asoma, a menudo, el más radical horror. Es «La filosofía del tocador», publicada en París en 1795, con el subtítulo «Diálogos destinados a la educación de las jóvenes damiselas». El protagonista, Dolmancé, presenta en el texto un libro adquirido esa misma mañana, literatura sobre literatura, intitulado «Franceses, un esfuerzo más, si queréis ser republicanos», un cuadro doctrinario sobre la utopía del propio autor, sobre los riesgos y debilidades de la vida en colectividad cuando se busca exclusivamente el orden, sobre el tópico correlato entre la pena y el castigo, un territorio en el que la utopía campa por la inmoralidad como si la libertad rehuyera los códigos de la moral y del orden. Así es Dolmancé, «el ateo más célebre, el hombre más inmoral … ¡Oh! Dolmancé es la corrupción más integra y completa, el individuo más malvado y perverso que pueda existir en el mundo», a quien la casquivana Madame Saint-Ange invita a instruir a una joven pubescente y virgen, Eugenia, a la que, con pericia la va iniciando en todas las formas de sexualidad posible, hasta llegar a convertirse en un ser perverso e inmoral, únicamente satisfecha por las torturas de su propia madre. Hasta aquí le podría valer a algún lector para satisfacer su pretendida curiosidad salaz, añadiendo para ellos, que Dolmancé, en su condición homosexual, no puede poseer a ninguna mujer salvo sodomizándola, por lo que tiene que recurrir al criado Agustín y a «El caballero» para instruirla materialmente en el más extremo hedonismo amatorio. Al fin y al cabo, Eugenia significa «la bien nacida» y Dolmancé es la transfiguración de la perversión, que nace para corromper las almas más cándidas. 

La sociedad que describe Sade en la obra es una sociedad paradójicamente en armonía dinámica, esto es, su utopía se basa en considerar que las pasiones humanas no admiten restricciones ni frenos convencionales y que su propio desarrollo, hasta sus últimas consecuencias morales o inmorales, pueden llevar a un equilibrio cimentado en el movimiento continuo. Eso mismo lo diferencia de otros utópicos como Fourier donde la dulzura o la placidez de las sociedades se constituye sobre la base de un orden tranquilo, a pesar de que tanto Sade como Fourier aceptan la libertad misma de los hombres, si bien en un caso, Sade, la colectividad responde a un equilibrio concebido sobre el concepto de libertinaje, mientras que en el caso de Fourier el resultado final es un orden moral perfectamente encajado y sin excitaciones continua: «El estado moral de un hombre es un estado de paz y de tranquilidad, mientras que su estado inmoral es un estado de perpetuo movimiento que lo aproxima a la necesaria insurrección en la que es preciso que el republicano mantenga siempre al gobierno de que es miembro». 

En este contexto, y aquí radica en mi opinión la clave de bóveda de esta obra, Sade descarta que los hombres y sus costumbres se fijan por leyes con pretensiones universalizantes: «Las leyes no han sido hechas para lo particular, sino para lo general; esto las coloca en una contradicción perpetua con el interés, dado que el interés personal lo está siempre con el interés general. Pero las leyes, buenas para la sociedad, son muy malas para el individuo que la compone; porque por una vez que lo protegen o lo resguardan, lo molestan y lo esclavizan durante las tres cuartas partes de su vida». No cabe duda de que, desde nuestra cosmovisión moral actual, el planteamiento de Sade es, cuando menos, intranquilizador y nos deja al borde de lo concebible moralmente. Para Sade, que rebusca en el primer orden natural de las cosas, es injusto e irrealizable intelectualmente la imposición de un orden de costumbres que se exija intimidatoriamente a todos los hombres por igual, de modo que la única ley posible sería aquella que cubriese y respetase todas las inclinaciones individuales de cada ciudadano, así nos ha hecho la naturaleza: «Hay determinadas virtudes cuya práctica es imposible a ciertos hombres, así como hay determinadas medicinas que no convendrían a ciertos organismos». Los caprichos, la voluptuosidades de cada hombre no son absorbibles en una norma de contenido homogéneo. Una norma para múltiples perspectivas no es posible para Sade, de modo que acaba condenado el orden jurídico a la nada o, a lo sumo, a garantizar que los hombres pueden solazarse, no solo sexualmente, sino también en franca y libre opinión, preservando sus inclinaciones, designios y tendencias, por encima de una moral de conversión jurídica que atrofia la propia libertad natural. Por ello, Sade habla de que haya pocas leyes -mal lo pasaría el Marqués estos años- y sirva como ejemplo que la única norma de la que se habla en el texto es una ley que organice casas de hombres y mujeres para dar rienda suelta al libertinaje, concluyendo que cada individuo podría obligar a los demás a someterse a sus caprichos, so pnsa de castigo en caso de incumplimiento: «Si, por consiguiente, resulta innegable que hemos recibido de la naturaleza el derecho de expresar nuestros deseos indiferentemente a todas las mujeres, también resulta innegable que tenemos el derecho a obligarlas a que se sometan a nuestros deseos, no de modo exclusivo, porque de ese modo caería en contradicción, sino de manera momentánea». 

El sadismo se convierte así en una doctrina que fomenta la inexistencia de las leyes, de la inexistencia castigo institucional, de la inexistencia de la pena del Código penal, y hasta abomina de la propiedad, porque no es libertad lo que promueve el Marqués, sino el libertinaje inmoral que está en el origen del hombre, de su pulsión como ser humano: «Eliminad vuestras leyes, vuestros castigos, vuestras costumbres y la crueldad ya no tendrá efectos peligrosos, puesto que nunca actuará sin poder ser repelida de inmediato por la misma vía; en el estado de civilización es donde resulta peligrosa, porque el ser lesionado carece casi siempre de la fuerza o de los medios para repeler la injuria; en el estado de incivilización, en cambio si se actúa sobre el fuerte será repelida por éste, y si se actúa sobre el débil, puesto que sólo ha de lesionar a un ser que cede ante el fuerte por las leyes de la naturaleza, no hay ningún inconveniente en que se ejerza». Por lo demás, tiene sentido que no exista un orden represivo institucionalizado en la teoría sádica puesto que, a decir verdad, en esa sociedad no existe delito. La fuerza es congénita al hombre, según Sade, y aceptando todas las inclinaciones humanas, de por sí intransferibles e inasequibles, llevan a que la sociedad se mantenga en un equilibrio basado en la violencia y no en la paz. Así propaga Sade el libertinaje y la inmoralidad, como un acicate constante para mantener a los ciudadanos en un estado permanente de excitación natural y de insurrección ante cualquier intento de dominación del poder público basado en la confirmación de un orden exógeno de principios y reglas morales. Es el apaciguamiento del individuo a lo que se resiste Sade, quien asume la individualidad y la diferencia de cada hombre como la base para negar cualquier proceso de sistematización jurídica. Es la némesis frente al Derecho. 
  
A lo largo del último año no han sido pocos los que han auspiciado una rebelión controlada del orden jurídico establecido, basado en un orden natural donde cada cual tiene derecho a lo que quiera, «je ne sais quoi», que diría algún personaje de Sade. Incluye la propiedad, donde se colocan el línea con el pensamiento del Marqués: «Es cosa cierta que mantiene el coraje, la fuerza, la habilidad, virtudes, en una palabra, útiles para un gobierno republicano y por tanto para el nuestro (…) Hubo un pueblo que no castigaba al ladrón sino al que sea había dejado robar». No en vano, entre los espartanos, el latrocinio era tolerado y fomentado. En parecidos términos se pronuncia Sade respecto a la violencia y al mismo crimen: «La destrucción es una de las primeras leyes de la naturaleza, nada que destruye podría ser considerado como criminal (…) Puesto que nos preciamos de ser las primeras criaturas del universo, hemos imaginado estúpidamente que toda lesión que pudiera sufrir esta sublime criatura debería ser necesariamente un crimen enorme». Sade asusta por su inmanente inmoralidad, por su subversión y por su apuesta por la erradicación de las leyes como vehículos para la ordenación de las voluntades. Otros hay ahora que también asustan cuando se golpean el pecho orgullosos de haber incumplido leyes y haber sido condenados, puesto que las leyes no iban con ellos. Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que hubo hombres en este país que creyeron que no debía haber delito en la muerte violenta, que la propiedad era un bien jurídico subversivo, en que el robo y la extorsión eran parte del orden natural de las cosas. No ha pasado mucho tiempo. Ahora hay quienes, con hastío sádico, nos recuerdan viejos tiempos. Sade asusta, salvo en la penumbra de un cine de barrio de sesión continua. 

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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