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Umberto Eco en junio (o el misterio de las tesis improbables)

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Ilustraciones de Javier Montesol

Recientemente tuve la ocasión de clausurar la entrega de los Premios Tiflos de periodismo que concede la ONCE a trabajos que destacan y dan visibilidad a determinadas causas sociales, fundamentalmente vinculadas al espacio de la discapacidad. Hasta allí, nada excepcional, a salvo, claro está, del notable compromiso y esfuerzo de todos los periodistas premiados. Confieso que llegué ligeramente tarde, muy a mi pesar, o quizá, muy a mi pensar. Porque fue entrar en el hall de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, donde se celebraba el acto, y comenzar a vagar por los pasillos, aulas y hasta por la cafetería de ese portentoso escenario encomendado a una de las mejores ficciones cinematográficas de los últimos veinticinco años como es «Tesis» de Amenábar. Pienso libremente que Amenábar ha sido y es rehén de su primera obra, imponente, como en otro momento también lo fue Bajo Ulloa. En esa Facultad, Ángela, o a la inversa, Ana Torrent, años después de abandonar el espíritu de la colmena, prepara una tesis sobre «snuff movies», con la ayuda del profesor Castro, su director de proyecto, que es asesinado mientras busca material para el trabajo de la doctoranda. Y entre humos y perros de paja vagaba mi imaginación, cuando caí en la cuenta de que la mayoría de estudiantes de la Facultad no eran conscientes de la importancia que tuvo y tiene esa película en el nuevo cine español, si bien no había corrillo ni asamblea en las aulas que no hablasen de otra cosa que no fuese del misterioso caso de las tesis imposibles, una especie que se había propagado entre algunos políticos españoles sazonadores de autobíografías y autopresentaciones. A salto de mata, recordé al momento una obra escrita por Umberto Eco en 1977 bajo el título original «Come si fa una tesi di laurea».

Comiéncese por advertir que la voz «tesis», aunque llega terminalmente del latín, es oriunda del griego, como delata la presencia del dígrafo «th». En la transliteración de este término, hágase recordar que la palabra originaria raíz del término es «tithemi», étimo que significa «yo pongo». Por consiguiente, únicamente puede poner quien está en condiciones de disponer y exponer intelectualmente cualquier razonamiento que tenga por objeto fijar una posición sobre una idea, ya sea objetiva o subjetiva. La mismidad del ponente de la tesis, su condición intransferible como sujeto pensante, nos sitúa en un ejercicio de producción intelectual intrínsecamente subjetivo y único. No faltan tesis inspiradas en la metátesis (transposición), en la epéntesis (superposición) o en el paréntesis (yuxtaposición), si bien lo único que no debe faltar es la diátesis (predisposición). Y la medida de cada tesis depende del mérito y capacidad del estudiante, que, al buen entender de Umberto Eco, es variable: «Luego vienen «Los Otros». Estudiantes que a lo mejor trabajan y se pasan el día en la oficina de censo de una población de diez mil habitantes donde solo hay papelerías. Estudiantes que, desilusionados de la universidad, han elegido la actividad política y persiguen otro tipo de formación, pero que antes o después tendrán que cumplir el compromiso de la tesis». En la lectura de este párrafo, se observa que Umberto Eco sobrevuela con espontaneidad, ingenio y hasta con delicada ironía, el aparente átono mundo de las técnicas para la redacción de las tesis, quizá porque hace cuatro décadas, en un entorno vívidamente humanista, no cabía sino anteponer la risa al desaliento, la gracia a la desgracia, la tesis a la antítesis. Tal como entonces, compensa ahora también el sarcasmo y el humor, so capa de resistir la sinfonía de enredadores y trapisondistas. Lo grotesco acostumbra a ser la medida de lo sublime. Y, por coincidencias de destino, «Los otros», aquellos que se comportan como caballeros de fortuna de una tesis, bien podrían ser personajes de la obra de Amenábar que lleva el mismo título. Avatares de muertos. 

La alquimia de la tesis. A este concepto hace referencia Umberto Eco cuando viene a sugerir que la lectura de su ensayo puede ser útil y práctica al menos por dos razones: «Se puede hacer una tesis digna aún hallándose en una situación difícil, causada por discriminaciones recientes o remotas; y se puede aprovechar la ocasión de la tesis (aunque el resto del periodo universitario haya sido desilusionante o frustrante) para recuperar el sentido positivo y progresivo del estudio no entendido como una cosecha de nociones, sino como elaboración crítica de una experiencia, como adquisición de una capacidad (buena para la vida futura) para localizar los problemas, para afrontarlos con método, para exponerlos siguiendo ciertas técnicas de comunicación». El hombre puede estar asediado por sus propias limitaciones temporales o cognitivas, y en ocasiones suele ser presa de conflictos pasados o presentes que coartan su capacidad de expresión. Desplegar todo el talento creativo, capturar el tiempo y el ingenio para la construcción de un texto, depende si duda del contexto. Por ello mismo, si un estudiante o investigador carece del tiempo necesario y prudente para acometer esta tarea, por frustrante que sea, no caben atajos ni entropías, sino la firme decisión de no llevarla a cabo. Más frustrante es el embuste o la mixtificación, que a riesgo queda que sea baldón que arrastre sempiternamente el penitente. Porque decía Umberto Eco que la tesis es como el cerdo, en ella todo tiene provecho. Convéngase, entonces, que mejor es hacerse vegetariano si no hay posibilidades de acceder a la carne, más por obligación que por convicción. 

No en vano he conocido hacedores de autobíografías que ponen todo su ingenio en la elaboración del cuento de sus vidas, porque han construido una vida de cuento. Hay quienes sitúan en su currículum títulos inexistentes, pero los hay también que niegan en su currículum títulos existentes, so pena que se descubra que el hijo de trabajadores abonaba pingües tasas en escuelas de élite, algunas con blasón escurialense. Y están los hijos de buena familia que, humillaron sangre y alcurnia, por abandonar la Universidad, y que cuando se entregaron a la política tuvieron que regar de inventiva su semblanza. La vida de un político comienza a veces con su biografía, pero pocas veces saben que esa misma biografía puede terminar con él. Es el final de la impunidad de la impostura. Recuerdo cómo hace diez años, al calor de unas nuevas elecciones generales en España, había sido citado para tomar café con un diputado en las Cortes, en el mismísimo instante en el que estaba rehaciendo su currículum. El diputado había nacido en la provincia limítrofe a la que le había correspondido electoralmente en ese momento, por imperativo de su partido que trataba de buscar hueco al ínclito político. Y asistí con perplejidad de párvulo a un proceso de montaje y desmontaje de biografía que puso a prueba mi integridad emocional. Llegué a pensar que cuando entré en ese despacho había una persona y que, cuando salí, allí había otra. Ni Kafka ni Frisch. Circunspecto en su circunscripción. Todo ocurría de un modo más castizo en la Carrera de San Jerónimo. 

Nada es grande ni nada es pequeño, menos todavía en un mundo como el actual donde apenas existe perspectiva, medida y en el que la lente de la realidad nos devuelve cristales rotos de comprensión. Quizá por eso, en política, pero también en el ámbito del derecho, no se puede banalizar y dar sentido relativo a lo que se nos antoja exiguo o intrascendente, porque el alcance de la importancia o de la levedad, depende de un juicio colectivo escasamente sensato. Fue Ramón y Cajal, en otro ensayo a modo de discurso de recepción leído en 1897 en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, el que lo señalaba con precisión aragonesa: «Nuestra apreciación de lo importante y lo accesorio, de lo grande y de lo pequeño, asiéntase en un falso juicio, en un verdadero error antropomórfico. En la Naturaleza no hay superior ni inferior ni cosas accesorias y principales. Estas jerarquías, que nuestro espíritu se complace en asignar a los fenómenos naturales, proceden de que, en lugar de considerar las cosas en sí y en su interno encadenamiento, las miramos solamente en relación a la utilidad o el placer que puedan proporcionarnos. En la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente valiosos, porque todos resultan igualmente necesarios. Juzgamos pequeño lo que vemos de lejos o no sabemos ver». 

Dice Umberto Eco, «escribid todo lo que se os pase por la cabeza pero sólo durante la primera redacción». Si bien la recomendación se expresa en el contexto de la elaboración de una tesis, podría ser utilizable para un político incontinente redactando su currículum, pues bien haría en corregir desaciertos y errores en ulteriores redactados. Al producto del primer esfuerzo, en la literatura y en el periodismo, se le acostumbra a denominar «monstruo», y es el resultado de expresar sin pulimento ni barniz lo que se piensa abruptamente. Es una forma de romper el «horror vacui» de la hoja en blanco y parece que arrastran esta denominación las composiciones de los letristas argentinos de tango, que como muchos de ellos no sabían leer una partitura, escribían de repente y sin compás una letra que contuviese la cantidad exacta de sílabas que correspondieran a una melodía determinada. Junto a los «monstruos», excrecencias en bruto y sin pulir, que dan rienda al pensamiento inesperado, están los «enanos». Para Umberto Eco, los enanos deben auparse a hombros de gigantes, y si un enano es inteligente, lo mejor es saltar sobre esos hombros o incluso de otro enano». 

A propósito de enanos, que a buen entendido de este texto se utiliza en pura simbología, en una de las escenas de «Tesis» de Amenábar, Fele Martínez y Ana Torrent, envueltos en el pánico, transitan por corredores apagados con solo unas cerillas para alumbrarse, venciendo al terror o convenciendo a sus propios miedos.  El protagonista ahuyenta el pavor, entre lumbre y lumbre, narrando el cuento «La princesa y el enano» de Oscar Wilde. Originalmente, el cuento se llamó «El cumpleaños de la infanta» y habla de Margarita Teresa de Austria, la más Menina de todas las Meninas del cuadro de Velázquez. Como no se dispone del tiempo real de la escena, cabe una síntesis, por tesis, para poner en contexto la obra. En el duodécimo cumpleaños de la infanta, actúa un enano deforme y feo, produciendo en la princesa una risa hilarante propiciada por la monstruosidad del danzante y la ridiculez del momento. En cambio, el enano interpreta la risa como una señal de enamoramiento, máxime cuando la infanta solicita más tarde que el enano vuelva a bailar para ella, pero sin la presencia de ningún testigo. Cuando el enano radiante de amor acude presto a su cita con la infanta en el palacio, descubre en el reflejo de un espejo su propia deformidad y cae repentinamente en la cuenta que el interés de la princesa nada tiene que ver con el amor sino con la diversión frívola. El enano cae muerto, ante el descubrimiento de su propia deformidad. Cuando la princesa descubre el cuerpo sin vida del enano, muerto de amor no correspondido y de vergüenza, da instrucción para que nadie vuelva a entrar con corazón a palacio. 

El relato es un ejemplo de ficción nihilista. La Infanta reside en el hedonismo, en la artificiosidad, en el más obsceno narcisismo. Es un narcisismo claustrofóbico que induce a la morbidez, que presiente la muerte. Esa relación especular, basada en una pasión patológica de la infanta por su entorno, es un ensimismamiento desprotegido, un aislamiento que avanza y después confirma la muerte espiritual. Como Narciso, la princesa queda atrapada en su propia imagen. Cuando la reina ríe es porque no comprende al otro, es la negación de la alteridad externa. No ha descendido nunca hacia los confines del autodescubrimiento y tampoco se ha abierto nunca a conocer la misma realidad exterior. La Infanta expresa el común de los comportamientos de muchos políticos. Reniegan del conocimiento exterior, porque deambulan en su propia endogamia. Por eso, carecen de remordimiento o de escrúpulo en su viaje interior, porque lo externo no les preocupa. Y cuando se resuelven a salir, comprenden que hay otra realidad, el otro, difícilmente entendible, al que someten a un escrutinio salvaje, como si formase parte de otra especie. Por eso, no deben extrañar algunas reacciones, en las que se pueda negar la realidad misma, porque la realidad solo es la que presenta la infanta o el político en su palacio. No hay otra realidad cognoscible. Todo esto daría para una tesis. Una tesis, al fin y al cabo.

Ilustraciones de Javier Montesol

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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