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García Lorca en noviembre (o Mariana Pineda y las banderas de nuestros antepasados)

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Fue a raíz del último debate de investidura, último de toda razón y convencimiento, cuando un portavoz de un grupo parlamentario tuvo a bien, o a mal, introducir en su discurso una referencia a la bandera portaestandarte de la Cruz de Borgoña. Es cierto que la alusión era forzada y tendente a autoprestigiar al vocero, que no se ha dado cuenta todavía que en sus excesos va su desprestigio. Uno de las grandes patologías de la política actual es la pretensión insondable de hablar de todo y de todos a cada minuto, como si el conocimiento y el ingenio tuvieran que bullir a cada instante. Lejos quedan los tiempos de los grandes líderes políticos que protagonizaban cada cierto tiempo una alocución magistral, señera de su ideología y de su constructo político, y que era y sigue siendo recordada como el testamento del pensamiento político de quienes lo pronunciaron. La inmediatez y la inminencia, sumado a la monomanía mediática, han dado paso a un género descontrolado de, y en esto nuestro castellano es rico y abundante, baladrones, voceras, matamoros, rufianes, chisgarabís, tarambanas, bocachanclas, bocones, barateros, gárrulos y perdonavidas. Por otro lado, como la humildad es atributo de onerosa transacción, los mesías de la nueva política son boxeadores de pegada fácil pero que no saben encajar ningún golpe. Acabarán tarde o temprano en la lona porque el buen púgil es el que sabe dar y encajar golpes. En el trasfondo de esta cuestión, está que esta nueva especie es fruto de lo que critican, de la autocomplacencia y de la opulencia de la sociedad en la que han nacido, donde, por mucho que lo censuren, todo les ha sido dado y no alcanzan a entender que ellos mismo puedan ser objeto de desaprobación o de reproche. Mientras tanto, jactanciosos y matasietes nos querrán dar lecciones, incluso de historia, que ellos mismos han polinizado en alguna tertulia de garrafón. Y allí llegamos a la Cruz de Borgoña. 
  

Otra seña de identidad de esta nueva era de la postverdad política, es que aunque digas una majadería o te equivoques, mejor no enmendarla, so pena de demostrar que eres un adoquín o un zote. Intentar asimilar al Partido Nacionalista Vasco con la Monarquía española, a saber por qué extraña perturbación intelectual, a través de esta enseña, es sencillamente delirante. Y no rectificar después, sino intentar justificar la felonía a través de una fotografía en blanco y negro, un insulto a la inteligencia. Por poner un poco de orden cabal entre tanta explosión de locuacidad, la cruz de Borgoña es símbolo de la casa de los Ausburgo y llega a España en el siglo XV con Felipe el Hermoso, quien, a la sazón, era Duque de Borgoña. Tras el matrimonio con Juana la Loca, el símbolo de la cruz roja horizontal sobre fondo blanco devino en símbolo de la Corona, y con Carlos I, del Imperio. Y así hasta que en 1785, por Real Decreto de 28 de mayo de 1785, se oficializase la actual bandera, a saber: «Para evitar los inconvenientes, y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera nacional, de que usa mi Armada naval, y demás Embarcaciones Españolas, equivocándose a largas distancias, o con vientos calmosos con las de otras Naciones; he resuelto que usen mis Buques de Guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta, y la baxa  sean encarnadas, y del ancho cada una de la quarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en esta el Escudo de mis Reales Armas reducido a los dos quarteles de Castilla, y León con la Corona Real encima; y el Gallardete con las mismas tres listas, y el Escudo a lo largo, sobre quadrado amarillo en la parte superior /…/». El origen del cambio de bandera, como expresa con nitidez el texto del Real Decreto, vino dado por un grave incidente militar que tuvo lugar con Inglaterra a la altura de Gran Canaria. Según se dispone de información de la época, un buque inglés que regresaba de la India tomó, por error, como navíos de guerra franceses a una flota de barcos españoles que ondeaba la cruz de Borgoña, hundiendo a dos de los barcos divisados. Los ingleses acabaron reconociendo el error, lamentando la equivocación y abonando daños y perjuicios. Este percance, que no debió ser único, habida cuenta de la similitud de las banderas navales de España y Francia, motivó que Carlos III, entre doce banderas que le fueron expuestas, eligiera, con algunas modificaciones ulteriores, la bandera actual de España. A la vista está, que cuesta encontrar entronque entre el nacionalismo vasco y la cruz de Borgoña, si lo que se busca es una cepa común de conformación de ideas. Bien al contrario, por mucho que le pese a algún tarugo, la cruz de Borgoña fue empleada por requetés carlistas, por la Aviación franquista durante la Guerra Civil, e incluso más adelante, prohibiéndose por la OTAN puesto que el rojo intenso de las líneas de la cruz se compadece mal con el camuflaje. Es más, algunos ejércitos latinoamericanos emplearon la enseña invertida, aspa blanca con fondo rojo, para enfrentarse a la Corona española en la Guerra de Independencia. O en Alabama, donde la bandera ha perdurado hasta nuestros días. «Sweet home, Alabama», amigo portavoz. Son las banderas de nuestros antepasados, así que no faltemos al respeto de la verdad, el único respeto que exige la inteligencia. Y sobre respeto y banderas, «Mariana Pineda» de Federico García Lorca. 
  

«Todos los héroes el siglo XIX español que tienen estatua, han tenido también un dramaturgo. La única que no lo tenía era Mariana Pineda, quizá porque esta necesitaba un poeta». Federico se arrogó el privilegio de convertir en tragedia literaria la vida de Mariana Pineda, granadina y liberal, ajusticiada con veintisiete años por abrazar la causa de la libertad y de la justicia, y bien es verdad que su celo poético le lleva en ocasiones en la obra a faltar también a la verdad histórica. En Mariana Pineda, hay pasión por la libertad, pero también hay pasión amorosa, de modo que en la aleación de ambos vectores líricos, García Lorca encuentra razón de su espuma literaria. En contraste con el rol tradicional que se atribuye al hombre, Mariana Pineda rompe moldes y se convierte en testigo y valedora de la causa liberal, por mucho que no encuentre comprensión ni siquiera en su madre adoptiva, Doña Angustias: «Se le ha puesto la sonrisa casi blanca,/como vieja flor en un encaje./Ella debe dejar estas intrigas./¿Qué le importan las cosas de la calle?/Y si borda, que borde unos vestidos/para su niña, cuando sea grande/Que si el rey no es un buen rey, que no lo sea;/las mujeres no deben preocuparse». Es causa de vida de mujer en la época alcanzar buen desposorio y criar religiosamente abundante prole, que el hombre es dado a otros menesteres. Mariana Pineda quiebra la lógica de las convenciones de la época, perita en libertades y amoríos. Su última cuita y la que, a la postre, causará su detención y su muerte, es la relación que mantiene con Don Fernando Álvarez de Sotomayor, a la sazón, primo de nuestra heroína, encarcelado por «infidencia, conspiración y asesinatos, más las persecuciones implacables, durante el trienio constitucional, a jefes y adeptos del absolutismo». Don Fernando huye de la Chancilleria disfrazado de capuchino, con barba postiza, rosario de madera y gorro negro, buen disfraz recaudado por Mariana Pineda de una amiga granadina que ejercía el oficio de cómica. Y fue el propio Don Fernando el que quiso hacer relato de su fuga y de las consecuencias que arrastró: «Mi ángel tutelar, que me esperó a la salida de la cárcel, se ocupaba en proporcionarme nuevo hospedaje y, al anochecer, me buscaba o bien salía yo a buscarle en un paraje determinado. /…/ Se desplegó tal energía para buscarme, que todos estaban amedrentados y nadie se atrevía a darme asilo por más de 24 horas». 
  

En la antítesis de la narración, se sitúa el abyecto Ramón Pedrosa, alcalde del crimen en Granada, que, a saber por despecho amoroso, persigue a Mariana desconsoladamente, pues allí donde no encontró cobijo corporal, busca venganza policial. Los mecanismos de espionaje con los que venía cerrando el círculo de acusaciones contra Mariana Pineda eran dos: el confesionario y las amantes de los sospechosos. Y hete aquí que un padre de un cura liberal, realista a pesar del descarrío de su hijo con alzacuello por el amor de una bordadora, denuncia a su propio vástago, como uno de los artífices del inminente levantamiento contra los «negros». El cura, enviscado con la bordadora, y de fácil convencimiento cuando el garrote vil puede ser castigo eterno, abjura de sus ideas una vez que es aprehendido y denuncia a Mariana Pineda como instigadora del movimiento. Pedrosa ordena registro inmediato de la casa de Mariana Pineda, uno más, y, semiescondida, aparece la bandera, un papel de marquilla con el lema «Igualdad, Libertad y Ley», dos palos de tafetán morado con el triángulo verde e hiladas, con tono carmesí, las letras B, E, A, L y una D a medio hacer. El resto es conocido: «El día 26 de mayo último sufrió en Granada la pena de muerte Doña Mariana Pineda, vecina de aquella ciudad. Sorprendida su casa por la policía el 13 de marzo próximo anterior, se encontraron en ella una bandera revolucionaria a medio bordar y varios objetos análogos; y empezadas las diligencias por la policía y seguida la causa por el Tribunal con toda actividad, el delito de doña Mariana Pineda ha sido probado plenísimamente. Si aún son más dolorosos estos castigos en las mujeres que en los hombres, no por ello dejan de ser tan precisos para el escarmiento, especialmente después que los revolucionarios han adoptado la táctica villana de tomar por instrumentos y por escudos de sus locos intentos al sexo menos cauto y más capaz de intentar ajena compasión. /…/ Toda la península goza de perfecta salud». 
  

García Lorca hace decir a la protagonista de su obra: «Yo bordé la bandera con mis manos;/con estas manos, ¡mírelas, Pedrosa», pero cierto es y comprobado está que Mariana Pineda no sabía dar puntada con hilo, tal como se dedujo del propio proceso, donde el testimonio del mismo hijo de once años, José María, así lo ratifica. Diestra en amores, fugas, delirios y libertades, era incapaz de coser un botón o zurcir un calcetín. El mimetismo entre la bandera y la protagonista recorren toda la obra: «En el mayor sigilo conspiramos. ¡No temas!/ La bandera que bordas temblará por las calles/entre el calor entero del pueblo de Granada./Por ti la Libertad suspirada por todos/pisará tierra dura con anchos pies de plata. /…/¡Mariana, la bandera que bordaste/será acatada por el rey Fernando,/mal que le pese a Calomarde!». Los conceptos de libertad y justicia están ligados en el trasunto de la obra, al punto que existe una honda confrontación entre el concepto positivo de justicia consagrado en la ley humana y el concepto de justicia natural que inspira a la protagonista y a otros personajes de la obra: (Mariana Pineda a Pedrosa cuando la visita en el convento donde espera la muerte) «¡No puede ser, cobardes! ¿Y quién manda/dentro de España tales villanías?/ ¿Qué crimen cometí? ¿Por qué me matan?/¿Dónde está la razón de la Justicia?/ En la bandera de la Libertad/bordé el amor más grande de mi vida./¿Y he de permanecer aquí encerrada?/¡Quién tuviera unas alas cristalinas/para salir volando en busca tuya!». Es la propia Madre Carmen, monja del convento, la que no encuentra explicación a esta condena: «Señor, no es justo…» O las propias novicias conversan entre sí y no hallan explicación a este desafuero: Novicia 1: «En la iglesia la vi después llorando/y me pareció que ella/tenía el corazón en la garganta./¿Qué es lo que ha hecho?»; Novicia 2: «Bordó una bandera»; Novicia 1: «¿Bordar es malo?; Novicia 2: «Dicen que es masona»; Novicia 1: «¿Qué es eso?»; Novicia 2: «Pues … ¡no sé!»; Novicia 1: «¿Por qué está presa?»; Novicia 2: «Porque no quiere al rey»; Novicia 1: «¿Qué más da? ¿Se habrá visto?»; Novicia 2: «Ni a la reina»; Novicia 1: «Yo tampoco los quiero/¡Ay Mariana Pineda!/Ya están abriendo las flores/que irán contigo muerta». Pero Mariana decide entregarse y sacrificarse en el altar de la Libertad, que ella anuda al concepto de Justicia: «¡Morir! ¡Qué largo sueño sin ensueños ni sombras!/Pedro, quiero morir por lo que tú no mueres,/por el puro ideal que iluminó tus ojos:/¡Libertad! Porque nunca se apague tu alta lumbre/me ofrezco toda entera. ¡Arriba, corazón!/ ¡Pedro, mira tu amor a lo que me ha llevado!/Me querrás muerta tanto, que no podrás vivir!». Tales son también las últimas palabras de Mariana: «¡Yo soy la Libertad, porque el amor lo quiso!/¡Pedro! La Libertad, por la cual me dejaste./¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres! ¡Amor, amor, amor, y eternas soledades!». 
  

Con todo, García Lorca, presa de su excitación de poeta, se revuelve y envuelve mejor en los mentideros y en las vísceras emocionales, y deforma cierta realidad hasta transgredirla en materia literaria. Producto de esa explosión poética, la carta que el andaluz envía a Melchor Fernández Almagro: «¡Si vieras que emoción tan honda me tiembla en los ojos ante la Marianita de la leyenda!/…/Yo quisiera hacer una especie de cartelón de ciego. Un crimen done el rojo de la sangre se confunda con el rojo de las cortinas./…/Mariana es una mujer pasional hasta sus propios poros, una posesa, un caso de amor magnífico de Andalucía en un ambiente extremadamente político. Ella se entrega al amor, mientras los demás están obsesionados por la libertad, siendo en realidad víctima de su propio corazón enamorado y enloquecido. /…/Mariana es una burguesa. Al final se convierte en la personificación de la Libertad por haber comprendido que su amante la traicionaba con la libertad». García Lorca peca de este modo también del extravío de la razón, pues no hay documento mi testimonio que pueda certificar esta versión de la granadina. De hecho, ha habido míseros escribientes que han convertido a la heroina en poco menos que en una suripanta. También falla aquí la fidelidad a la razón, que, al menos por mor de la excelencia literaria, puede tener alguna justificación, por pequeña que sea, en la obra de Federico. Yo excuso y exculpo a García Lorca, a pesar de que soy consciente de su falseamiento de la historia, pero me cuesta excusar y exculpar a quien no me conmueve y a quien la impostura se le filtra entre los dientes. Será que hay banderas y banderas. Y que las primeras, por mucho que fueran bordadas por costureras del Albaicín y no por mano mariana, son poso e imagen de verdadera Libertad. Las otras, las del verbo hueco y la palabra de telediario, son banderas para el olvido. Quizá todavía tienen tiempo para aprender. 

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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