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Melville en julio (o el juez y sus dilemas)

Durante el año 1797, en el marco de la guerra entre Inglaterra y Francia, se sucedieron varios amotinamientos en buques de la flota inglesa, a causa de las condiciones deplorables e infrahumanas en las que vivían los marineros. Famosos fueron los motines del Nore y del Spithead que removieron las conciencias de la aquietada sociedad británica, siempre Brexit a pesar de las circunstancias, y que activaron la administración de justicia de la isla, a caballo entre la jurisdicción ordinaria y la jurisdicción militar. En aquel tiempo, la flota británica era el símbolo, la razón y seña de su atributo universal como la potencia naval de un imperio inabarcable, tan insondable como el poder absoluto, tan hegemónico como el poder de las armas. De ese contexto de enfrentamiento bélico nace de la mente de Melville una tragedia introspectiva, pues ocurre dentro de un barco, la tragedia dentro de la tragedia, el drama interior de los personajes que navegan a su pesar dentro de un drama mucho más amplio que enfrenta a dos grandes potencias. Todo ello en un buque, ficción o no, llamado Bellipotent donde transcurre la tragedia triangular de tres hombres: el hombre bueno, el hombre malo y el hombre justo/injusto que dirime justicia con la fuerza del determinismo jurídico y contra la determinación de la voluntad humana. Hablamos de «Billy Budd, marinero». 

Billy Budd encarna la belleza, la pureza, la ingenuidad, el mito del buen salvaje, la bondad en su más prístina expresión. «Por su constitución original, ayudada por la cooperación de la influencia de la suerte, Billy, en muchos aspectos, era poco menos que una especie de bárbaro leal, quizá como pudo haber sido supuestamente Adán antes de que la bien educada serpiente llegara a retorcerse en su compañía». No en vano, la tradición filosófica de la época de evocar el bien preternatural a través del buen salvaje, un hombre desprendido de los intereses espurios y mezquinos de la vida corrompida en sociedad, hace pensar que Billy, en la narración de Melville, es el paradigma de la bondad, de la lealtad y del esfuerzo. Pero no ha habido ni habrá hombre bueno que cien años dure, y no porque desista de su condición quien ostenta el atributo de la bondad, sino porque donde hay bondad, pronto acude rauda la maldad para arrumbar la felicidad del paraíso perdido. Y es que además el hombre bueno siempre tiene una flaqueza, un talón que le hace vulnerable y que resulta ser el punto irremisible de ataque de los malvados; en el caso de Billy en situaciones de tensión llegaba a la afasia, incapaz de pronunciar palabra alguna, hecho éste que se revelará a la postre letal para reconocer el destino de nuestro protagonista. 

Claggart es el antagonista, el malo por tradición y asechanza, el miserable intelectual y el felón profesional. Maestro de armas en el Bellipotent y jefe de policía a bordo del barco, representa la vileza, la delación y la sordidez. «Alguien así era Claggart, en quien se encontraba la manía de una naturaleza perversa, no engendrada por una educacion viciada, ni por libros que corrompen, ni por la vida licenciosa, sino innata y nacida con él, en suma, una depravación conforme a natura». En el más puro sentido platónico, Claggart encarna el mal, y no hay mayor materialización de la maldad que eliminar el bien, cualquiera que sea el método y la procedencia de las prácticas utilizadas para ello. En el enlace entre el bien y el mal se produce un cruce de percepciones paradójicas: el hombre bueno, Billy no acierta a descifrar la maldad de su opositor natural y todos los signos, mensajes y expresiones de Claggart son interpretados desde la más honda bonhomía del personaje. En cambio, para Claggart la naturaleza aparente de Billy no es sino impostura que encierra en realidad a un ser despreciable y condenable, un personaje lastimoso que ha urdido una trama falsa y peligrosa para usurpar una personalidad que no tiene y ganarse arteramente la voluntad y el afecto del resto de la marinería. Comienza el acoso de Claggart sobre Billy, el mal acorrala al bien, hasta que, con la misma despreocupación y relajación que Adán comió del árbol prohibido, Billy accede a acompañar a parte de la tropa una noche a las cadenas del sotavento hasta que se percata que se está preparando un motín. No acepta formar parte de la tropa que se va a amotinar pero ya es tarde pues ha sido visto por el ojo siempre atento del mal. Claggart solicita hablar con el capitán Vere, la cruz de este triángulo trágico y le indica que «durante la persecución y los preparativos para el posible encuentro había visto suficiente como para convencerle de que al menos un marinero a bordo era un tipo peligroso en un barco que reunía a algunos que solo habrían tomado parte culpable en los últimos conflictos serios, sino a otros también que, como el hombre en cuestión, habían entrado al servicio de su Majestad de otra forma diferente al alistamiento». No tarda el delator en proferir ante la orden del capitán el nombre del presunto cabecilla de la trama: «William Budd, un gaviero, señor». 

El capitán Vere, el tercero de la tragedia y el depositario de la justicia a bordo, era un humanista además de hombre de guerra, acrisolado con los atributos del buen marino, del buen guerrero, del hombre justo y del hombre leal a la Corona. Un hombre de virtudes reconocidas, prudente y firme según se antojasen las circunstancias y con un poso de intelectualidad que contrastaba con la pulsión bárbara del común de la tropa. Como hombre de holgada sindéresis y equitativo trato a los desiguales, sentía repulsión por Claggart y cierta afección por Billy, hasta el punto de que había pensado en ascenderlo. Advertido del carácter taimado y rastrero de Claggart, intenta dirimir el pleito públicamente sometiendo a los dos hombres a un careo, consciente como es de que el bien se impondrá sobre el mal cuando se manifieste la verdad en la boca del buen marino. Claggart repitió los cargos de nuevo impúdicamente contra Billy. La irritación de Billy ante tamaña felonía le lleva a la parálisis de su voz, y arde en él un deseo de acabar cuanto antes con esa tropelía fruto del mal. Pero hete aquí que el buen salvaje, desprovisto del uso de la voz, estadio de desarrollo del hombre que le es esquivo en su naturaleza de bondad original, ante el furor que emana de su propia frustración, propina un colosal golpe con su puño en la frente del maestro de armas, que le produce la muerte instantánea. Y allí donde el bien y el mal eran encarnados individualizadamente en las figuras de Billy y Claggart, la narración se quiebra para dar paso a un enfrentamiento moral y jurídico que discurre en la mente hasta entonces equilibrada del capitán Vere, a quien lo provocado y visto, ha precipitado en un severo estado de confusión y abatimiento. Frente a la opinión del médico de a bordo que aconseja que Billy sea juzgado ordinariamente por el Almirantazgo mediante un proceso con todas las garantías procesales, el capitán Vere, visiblemente alterado en su razón y mesura, constituye de inmediato un Consejo de Guerra que somete a juicio sumarísimo a Billy: «Yo tenía que decir algo y solo lo pude decir con un golpe». El capitán Vere actúa como testigo, dejando que el Consejo lo formen el primer teniente, el capitán de infantería de marina y el oficial de ruta. Finalmente, el Consejo encuentra culpable a Billy y es condenado a muerte, siendo ahorcado al alba y pronunciando sus últimas palabras: «¡Dios bendiga al capitán Vere!». 

Ni Antígona, ni Creón ni Agamenón. El capitán Vere se erige en un juez de una causa imprevista e indeseada, pero al fin y al cabo juez, una agente cualificado que, como el texto indica, ha jurado «fidelidad» a un soberano y no a la «naturaleza», un hombre que «no es natural y libre» y que «debe actuar de manera oficial» regido por una «conciencia imperial» más que por una «conciencia personal». El Derecho se presenta así como una isla inabordable respecto de la moral crítica, un territorio inexpugnable blindado ante los conceptos evanescentes, por peligrosos, de la duda razonable o de la incertidumbre moral. Puro positivismo y nula conciencia de error, pues donde se holla el territorio del Derecho no cabe la equivocación. Así de fácil se clausura la duda, que quien legisla no yerra, y si yerra, se convalida el error porque es decisión institucional. Como se advierte, el capitán Vere no es un objetor ni un desobediente; al contrario tiene más de Sócrates que de Espartaco, y asume la Ley como un autómata, allí muera su conciencia bajo la duda de una intemperante injusticia. Porque el capitán Vere, presa de la turbación que le produce el hecho de una muerte fatal e inimaginable, opta por la solución más radical a la par que la más sencilla, bloqueando el debate moral interno y dejando que el sistema jurídico responda por él. Como un docto canónico, el capitán atribuye preeminencia a la norma jurídica, a la dimensión institucional del Derecho, atribuyendo la pretensión de autoridad que las normas confieren frente a la doblez de la moral campante, hurtando así un dilema que socavaría la misma resistencia moral del juzgador. De algún modo, de la tragedia externa de los dos personajes, pasamos a la tragedia del juez, del aplicador del Derecho, que tiene un hondo sentido personal pues en ocasiones se abre una brecha de cariz esquizoide entre la patente jurídica y el escrúpulo moral. Ser independiente y ser justo simultáneamente puede no compadecerse con el juez que atribuye su independencia a la autoridad de la norma que aplica y que, en cambio, se le antoja injusta. ¿La insularidad del Derecho sobre la moral es una coartada, una explicación única del sentido del positivismo jurídico, o una venda para ocultar la ceguera de la amoralidad o de la moral invertida? 

El propio capitán Vere desiste de sostener una respuesta casuística al caso de Billy Budd ni aspira a dar respuesta al gusto de los moralistas, ya que los primeros atildan el valor del caso singular mientras que los segundos tienden a la generalización de la solución para ciertos casos. ¿Pero por qué el capitán opta con automatismo de ingeniero por la norma aplicable, aplacando así el rugido interior de la conciencia? En este punto, permítanme que dude de la bondad innata del capitán y, desde luego, de su vocación empedernida de jurista apegado a la norma. Creo sinceramente que el capitán Vere, amén de cobarde es un verdadero traidor. Trataré de explicarlo porque no juzgaré el posible dilema moral que se podría plantear que, en honor de la verdad, dudo que se plantee. En primer lugar, el capitán Vere aplica la ley de Amotinamiento de 1689 aprobada por el Parlamento británico como medida temporal y que además no regía para la Armada. Por el contrario, la norma que debía haber aplicado es una Ley de 1749 en el que la falta de intención o la preterintencionalidad no acarreaba pena de muerte. No había dilema jurídico alguno pues el dilema parte de un conflicto relacional entre normas de un mismos sistema jurídico pues en este supuesto habría bastado con aplicar la norma correcta. El comportamiento del capitán Vere es a todas luces impropio, utilizando el viejo sofisma de la aplicación ciega de la ley, a sabiendas de que la propia ley que se aplicaba era inadecuada. Si los lectores han llegado hasta este punto, merecen una explicación. A punto de fenecer el capitán Vere, herido de muerte en la batalla poco después de la ejecución de Billy, el narrador declara: «El espíritu que, a pesar de su austeridad filosófica, se había entregado quizá a la más secreta de las pasiones, la ambición, jamás alcanzó la plenitud de la fama». Pues bien, lo que guía al capitán Vere es el miedo aunado con la posibilidad de frustrar su deliberada ambición. Por un lado, no podía arriesgarse a que hubiera desórdenes en el barco, por cuya razón debía extirpar el riesgo de raíz, y nada mejor que ajusticiar al marinero Billy como escarnio y ejemplo. Por otro lado, la peor de las debilidades es la que viene del enervamiento del corazón, de la aflicción de las almas, en un entorno de lealtad a la Corona y al Imperio. Por esta causa, hay que erradicar la conmoción, debilidad no compatible con el ardor de la tropa y dar muerte a toda fuente de conspiración o de flaqueza emocional. El capitán Vere aspiraba a ser Nelson, pero no tuvo su Waterloo, a pesar de que puso las condiciones para tenerlo. Actualmente, no dudo que hay jueces que viven diariamente tragedias parecidas, algunas provocadas por problemas morales vinculados a la antinomia entre la norma y el principio moral. Pero quiero pensar que no hay jueces como el capitán Vere que buscan fama de su error ni que proclaman la aplicación de la Ley, a sabiendas de su injusticia, para adquirir reputación, máxime en un mundo donde el altar del becerro de oro es un plató de televisión. No lo quiero pensar ni lo quiero creer.

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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