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Borges en junio (o el poder de la memoria)

Conocemos personas con memorias prodigiosas, y, sin embargo, carentes del más mínimo sentido práctico y lo que es más, de la más mínima inteligencia lógica. Por su parte, conocemos también personas con memorias efímeras, tan caducas como la flor de un día, y, en cambio, pueden demostrar una capacidad de raciocinio fuera de lo normal. A su vez, nosotros mismos somos testimonio de lo mucho o poco que esconde nuestra memoria, o, a la inversa, de lo terco y persistente que es el olvido. Por ello, cuando olvidamos, decrépita la memoria, ponemos fin a parte de nuestra existencia vivida y creemos que algo se va descomponiendo. Es una suerte de muerte paulatina, una sombra de extensión progresiva que va gangrenando cada habitáculo del cerebro donde se esconde nuestro pasado. Siempre he pensado que cuando hablamos de memoria, realmente queremos hablar de olvido. Olvidamos nombres de personas, olvidamos rostros, olvidamos efemérides. Pero hubo un hombre, quizá uno solo, «Funes el memorioso» al que la ficción de Borges le otorgó un aparente privilegio, el de recordar con precisión de geómetra todo cuanto ha sido. 

«Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. /…/ Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Así habla Ireneo Funes, postrado en su húmeda habitación en Fray Bentos (Uruguay), sin opción de salir del aposento como consecuencia de un accidente a caballo, pero portando en su memoria todo cuanto ha sido acontecido y aprehendido en sus años de vida. En 1886, Funes había creado un sistema holístico de numeración, en el que cada palabra tenía un signo específico. Incluso desafió las reglas de la abstracción y de la categorización, para buscar, como ya había intentado Locke en el siglo XII, un idioma para que cada objeto en su propia individualidad, cada piedra, cada nube o cada hebra de hierba, tuvieran un nombre propio: «No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico /perro/ abarcara individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)». Es difícil no sonreír inicialmente cuando se lee este relato, pero, en sucesivas relecturas, emerge una sensación natural de impotencia que voy a tratar de describir. Borges, a través de su singular personaje, nos revela una sospecha más que evidente y, no por ello, menos verbalizada: la realidad se compone de millones de fragmentos de materialidad y conocimiento, esparcidos sin estructura mi método, por el espacio y por el tiempo, en un desorden preternatural donde el hombre ha de buscar un lugar común para todos ellos que confiera sentido y hasta virtud a cuanto es contemplado y vivido. Por lo tanto, primero fue el caos y después el orden o, cuando menos, el orden es la aspiración lógica de quien procura ordenar y agrupar el conocimiento en categorías racionales. Por eso, Borges recela de la capacidad de pensar de Ireneo, a pesar de ser el portador omnisciente de todo lo experimentado: «Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos». Y allí está la gran paradoja, nuevamente Borges: Funes es, probablemente, el hombre más estulto del mundo. 

«¡Cómo se entretejen todas las cosas para formar el todo, obrando y viviendo lo uno en lo otro!». Esta vez es el Fausto de Goethe el que habla, y me sirve de punto de partida para intentar comprender cómo se construyen los sistemas jurídicos por medio de su Teoría General, mediante la sedimentación de un corpus de nociones y principios, a partir de los cuales adquieren sentido las múltiples respuestas que exige cada supuesto y cada caso. En el mundo del Derecho, y fundamentalmente en las Universidades, los alumnos se sienten cómodos en el estudio de las partes especiales, abundando en las ventajas que otorga la memorización del precepto, una lectura acrítica y desprejuiciada de la norma con el único anhelo de aprobar al rato una asignatura. Se ha dicho, y no falta cierta razón, que el estudio del Derecho se basa en la memoria, no en la aplicación inductiva y deductiva del ordenamiento jurídico a la realidad buscando el sentido mismo de la justicia. Hay alumnos y después profesionales del Derecho que, como Funes, asombran por su recuerdo preciso de cada artículo y de cada ley. En cambio, deambulan muchas veces inhabilitados para comprender una teoría jurídica o para desarrollar un  discurso científico, porque la abstracción les es ajena. Hay fiscalistas que pueden recitar sin interrupción una ley fiscal entera, con todas sus onerosas modificaciones, y, sin embargo, no alcanzan a entender qué objetivos de política fiscal se buscan con esas normas. Y también hay penalistas, mercantilistas, civilistas y hasta administrativistas que padecen la misma patología. Los hay y ya está. Es constatable que cada vez resulta más extraño en los nuevos prácticos del Derecho encontrar unas nociones abstractas de identidad y causalidad. 

Pero comienzo a pensar que cada vez son más los que tienen problemas para hallar la raíz común que da categoría a los hechos concretos, fruto de la sectorización motorizada del Derecho en los tiempos modernos. En algún seminario al que he sido invitado a participar sobre economía colaborativa -tramposo nombre en un momento en que las formas han derrotado al fondo, con los riesgos para la libertad de pensamiento que tiene esta torpe involución-, y asombrado por el adanismo que algunos quieren conferir a los negocios que se formalizan a través de las nuevas tecnologías, lo primero que hago siempre es recordar que la permuta, la compraventa, el arrendamiento o el habitacionista son instituciones jurídicas muy antiguas, y que la rueda está inventada 3.500 años antes del nacimiento de Cristo. Eso sí, lo que cambian son las plataformas y los espacios en los que se conciertan las voluntades y se cierran los negocios, y es allí donde hay que ser ágil y descubrir todas las posibilidades para permitir que el mercado, el libre mercado, opere sin prejuicios y sin intromisiones. Pero no debe faltar quien, al socaire de cada negocio en internet, busque una abstracción a la devastadora casuística, que encuentre un sentido último a todo ese polvorín de realidades incoherentes. Podrá haber Funes jurídicos que sepan de memoria sentencias del Tribunal Supremo y hasta anteproyectos de ley nonatos, pues son cazadores fotográficos de la realidad, pero para nada servirá si no hay creadores de abstracciones o de ideas de conjunto. Borges en «La otra Muerte» al referirse al exceso de especialización, a lo que en filosofía se denomina pantonomía, expresa que «en la Suma Teológica se niega que Dios pueda hacer que lo pasado no haya sido», de donde Ireneo podrá captar en su inmenso pozo de memoria todas las cosas y las causas. El Derecho, como Ciencia, ha de dotar de categorías y nociones a esas causas y efectos, a esas realidades, hasta convertirlas en una Teoría General. Porque, al fin y al cabo, entre tanto modificación normativa, lo que siempre quedará será esa Teoría que, por sí misma, es escasamente, mutable. Si no, hasta el propio Funes lo reconoce en un momento de lucidez, fiel antinomia del estilo de Borges: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». 

El conocimiento fragmentado y la imposibilidad de su aprehensión reflexiva por un solo individuo es la pandemia del mundo moderno, no solo del mundo del Derecho. El ciudadano moderno se ha convertido en un espectador aseteado a cada instante por noticias, informes y análisis, sin posibilidad de desarrollar un pensamiento mínimamente reflexivo. Por eso, el nuevo hombre es una mezcla del cimarrón de Nietzsche y del bigardo perezoso de Benjamin. Y por eso mismo, como cada vez es más reacio el nuevo hombre a reflexionar sobre teorías y abstracciones intelectuales, busca acomodo en el gregarismo más vulgar, seleccionando aquellas noticias e informaciones que mejor sirvan al espíritu de la colmena que ha elegido. Imagínense, hablando de memoria, que Funes quisiera tomar partido por una facción ideológica, de aquellas que beben de los ajustes de cuentas históricos que tanto gustan en nuestro país. Sería categóricamente imposible que pudiera hacerlo, porque quien tiene toda la información, todas las inferencias materiales de cuanto ha ocurrido, debería ser incapaz ya no solo de las abstracciones intelectuales más rudimentarias sino de aplicar criterios morales sobre el bien y el mal. Quizá debería haber un día en que en este país entregáramos a Funes todos los ciudadanos nuestro conocimiento, y hasta nuestras fobias y conjeturas de facción, para que las atesorara como solo él lo hacía. El hombre moderno «arrastra consigo una enorme masa de guijarros de indigesto saber que en ocasiones hacen en sus tripas un ruido sordo» (Nietzsche). Y cada vez suenan más esas piedras. 

Y, no quería dejar escapar la ocasión, para hablar de «la maldición de Funes», porque, y ustedes lo saben, Funes existe y no se llama Ireneo sino Internet. Internet no olvida. Pero hay una gran diferencia con Ireneo y es que mientras éste solo percibía y almacenaba hechos acaecidos y empíricamente demostrables, Internet alberga además falacias y mentiras por doquier. Pero tampoco todo está en la red, para aquellos que llevan perdidos en ella desde hace algunos años. Funes llegó a planificar dos grandes proyectos: un vocabulario infinito para la serie natural de los números y un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo. «Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aun de clasificar todos los recuerdos de la  niñez». Hemos de descartar por imposible que en la red se imponga el orden alguna vez, pues la inmediatez ha venido para quedarse, con todas sus ventajas pero también con todos sus inconvenientes, quizá el más importante la falta de veracidad de muchas informaciones y el perjuicio que ello puede causar. Y aquí es donde Funes (Internet) y el Derecho (protección jurídica de datos) se encuentran nuevamente. Y así surge el Derecho al Olvido, porque, quien lo habría dicho, también tenemos derecho a que se olviden de nosotros. Palabra de liberal.

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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