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Delibes en septiembre (o del precio de la libertad)

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¿Se puede llegar a escribir a los setenta y ocho años de edad una novela titánica, perdurable y única, cuando nada había de demostrar ya su autor? ¿Puede llegarse a afirmar, como hace el autor, que una novela ambientada en el Valladolid del siglo XVI y cuyo protagonista, Cipriano Salcedo, reniega de la fe católica para abrazar el reformismo, y pasar a formar parte de un conventículo luterano para acabar muriendo en la hoguera, no es una novela histórica? ¿Puede afirmarse que su obra postrera es un canto a la libertad de conciencia, como «Madera de héroe» o «Cinco horas con Mario»? ¿Puede este personaje trágico, a la sazón un Prometeo encadenado, ser un paradigma moderno de la libertad, la rebeldía y hasta de la fraternidad? ¿Configura el autor un arquetipo humano y ético sobre la libertad, no solo religiosa, que trasciende la nimiedad de lo anecdótico para convertirse en una categoría general? A todas estas preguntas podría contestarse con una categórica afirmación: Miguel Delibes lo consiguió en 1998 con una obra sorprendente, magra en contexto y esencial en la raíz de la narración, una oda a la rebeldía, a la coherencia, no exenta de dogmatismo, y, por consiguiente, a la libertad. «El hereje» probablemente es una de las mejores obras escritas en castellano a finales del siglo XX y un testamento cenital de quien hizo del paisaje y de la naturaleza, una aspiración vital, y de quien, como nunca antes se había visto, hizo que sus personajes fueran contemplativos, tal es así que son ellos los que nos examinan en sus dramas, sometiéndonos a su indulgencia o a su impiedad. 

El humanismo del siglo XVI rompió con el monopolio de los dogmas medievales, basados en la verdad infalible del Papa y en el misterio perpetuo de la Fe, y, como tal, provoca el nacimiento de una conciencia individual frente a la creencia indivisa. La ortodoxia dio pasó progresivamente a la heterodoxia, el pensamiento único al reconocimiento de la multiplicidad, de la certeza preconcebida a la certeza concebida por el conocimiento, de la síntesis religiosa a la antítesis metafísica. El humanismo se presenta como razón de ser del hombre para crecer espiritualmente pero también materialmente. Así es Cipriano Salcedo, un hombre que convierte su libertad en ingenio, un filotécnico que siente y presiente el progreso. Y permitan que aquí recomiende el discurso de Delibes de ingreso en la Real Academia de la Lengua, bajo el título «El sentido del progreso desde mi obra» que leyó en 1975 y que fue contestado por Julian Marías, en el que se anticipa veinticinco años a su personaje en «El hereje»: «Han sido suficientes cinco lustros para demostrar lo contrario, esto es, que el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades del hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia». Fiel a esa regla, Cipriano Salcedo es un emprendedor en el sentido más estricto, que establece una ruta comercial hasta los Países Bajos, a partir de una idea elemental como es la renovación de una prenda de vestir, el zamarro, de modo que llegue a todas las clases sociales, y todo ello sin demérito de una cosmovisión ética personal, pues contrata preferentemente a viudas con pírricos recursos, abre vías de colaboración económica con las instituciones de caridad de Valladolid o incrementa exponencialmente el estipendio que paga a sus proveedores de pieles. Advierte el narrador que «Esa voluntad innovadora le condujo, paso a paso, a un mejor conocimiento de sí mismo, a intuir su iniciativa creadora y las razones de su personal insatisfacción». El progreso empresarial está anudado al progreso personal, es un viaje del oscurantismo y la autarquía a la modernidad y a la libertad creativa. Pero nadie dijo que fuera a ser fácil en pleno siglo XVI, en un país, como ahora, plagado de envidiosos y mendaces que ven en el beneficio, delito, y en el mérito, ilicitud. 

Cipriano Salcedo paga un coste alto por apostar decididamente por la libertad. Y en ello no hay nada diferente a lo que ha pasado siempre y pasa en la actualidad. El ejercicio de la libertad frente al dogma social, la conciencia ejercida individualmente frente a la resistencia brutal del sentido social de colonia, lleva al personaje, y a otros en igual situación de rebeldía, a la frustración o al ostracismo social. Cuando se elige lo contrario frente a lo común, la singularidad frente a la convención, se está asumiendo sencillamente la frustración y la soledad. Por plena coherencia, Cipriano no desvelará nunca los nombres que forman el cenáculo luterano de Valladolid, ni siquiera cuando sufre el más horrendo de los tormentos, a pesar de que las carnes abiertas y flageladas de sus compañeros van provocando la delación, incluso entre los más contumaces. Calla y confía en su Fe, a sabiendas de que morirá entre las brasas del cadalso, pero lo hace por un imperativo ético no basado en la lealtad con los demás ni en la posesión de ninguna verdad dogmática, sino en la certidumbre de que no se puede actuar de otro modo. Cipriano Salcedo asume el dolor y la deshumanización hasta la muerte, de la misma manera que Prometeo prefirió el encadenamiento físico a la esclavitud moral que encarnaba Hermes. La muerte se erige, pues, por paradójico que pueda ser, en la mayor expresión de vida en libertad, en un indicador de la condición de hombre frente al ser inanimado arrastrado por el dogma social o religioso. Actualmente, la renuncia a las convenciones, el distanciamiento de las doctrinas oficiales o la mera expresión de una voluntad individual frente a la determinación de un líder político o religioso pueden convertirse para algunos en una muerte civil, tan extrema a veces como la muerte física. Como Menchu cuando pronuncia uno de los mejores soliloquios jamás escrito a su difunto Mario, un enfrentamiento voraz entre la España clasista, la que estremece por su inmovilismo, la que encarna Menchu, y la otra España, la que apuesta por la filantropía, la que escoge a riesgo de equivocarse, la que encarna Mario. Cuando Lola Herrera recitaba su discurso, benditos los que pudimos verlo aunque solo fuera una vez, disparaba al corazón de la otra España, muerta pero en cuerpo presente. 

El desenlace trágico de la novela está precedido de dos rasgos que sacuden la conciencia del lector en el trance elegido por el protagonista de morir por no renunciar a su imperativo moral: la delación y el escarnio o escarmiento público. Y creo no equivocarme si afirmo con rotundidad que ambos rasgos patológicos están muy presentes en nuestro tiempo, y, lamentablemente, en muchos procedimientos judiciales donde el espectáculo vence a la prudencia, y donde el procesamiento y enjuiciamiento paralelo de masas enardecidas por medios de comunicación envilecen cualquier proceso judicial, por muchas garantías formales que éste tenga. Comenzando por la delación, Cipriano Salcedo ve desmoronarse todo su idealismo humanista y su concepto de la fraternidad cuando la práctica totalidad de sus compañeros de conventículo acaban delatándose unos a otros. Especial turbación le produce al protagonista la delación de Beatriz Cazalla, que llega a delatar a sus propios hermanos. Ese estado de bondad preternatural que define al protagonista, de hermandad y solidaridad, abruptamente, se ve zaherido por esta declaración, lo que le lleva a decir: «¿Valía tanto la vida para ella como para incurrir en perjurio y enviar a su familia y amigos a la hoguera con tal de salvar su piel?». 

La muerte física del héroe trágico de esta novela no es solamente una muerte material sino también una suerte de inmolación buscada, con el propósito ético de no renunciar a su imperativo radical de no fallar a sí mismo ni fallar a los demás. Y ese es su principal legado, que transgrede las conciencias aquietadas del siglo XVI, el legado del mantenimiento del principio moral sobre todas las cosas, aun cuando ni su tío Ignacio, ni el fraile Domingo de Rojas, ni siquiera Ana Enríquez consigan convencerle de que desista de su empresa de morir por su coherencia con la libertad que había escogido. A esta última se lo expresa en una carta: «De momento le encarezco que no sufra por mí. Cumplir lo que estimamos nuestro deber ya encierra en sí mismo una recompensa». Cipriano Salcedo, a pesar de la actitud oprobiosa de los demás, busca lo que él denomina el «perfeccionamiento moral», y la única zozobra que le corroe mientras avanza hacia el cadalso, no es la de la muerte en sí misma, sino la de no comprender a través de la razón el comportamiento de sus compañeros: «Pensó en el ejército de sombras que había cruzado por su vida y que fue desvaneciéndose conforme él creyó haber encontrado la fraternidad de la secta. Pero, ¿qué había quedado de aquella soñada hermandad? ¿Existía realmente la fraternidad en algún lugar del mundo? ¿Quién de entre tantos había seguido siendo su hermano en el momento de la tribulación?». Pues bien, hoy no hay autos de fe con hogueras, pero sigue habiendo hombres que hacen de su conciencia y de su libertad de pensamiento un imperativo moral. Esos hombres, fundamentalmente, en la política, sucumben con estrépito a la peor de las sanciones que existen ahora que es la exclusión. Por eso, apenas existen herejes modernos, que son rebeldes con causa, porque si te mueves de la foto, estás perdido. No hay amenaza de muerte ni tortura corporal, pero existe expulsión del grupo político porque no es tolerable la crítica. Las llamas del infierno o de la hoguera se convierten en nuestro tiempo en el repudio, en cualquiera de las formas que hoy en día puede tener. Por eso, la delación se combina con el gregarismo y abomina de la conciencia libre, el peor pecado en un mundo de ideas constantes impuestas desde el poder constituido. En la lucha entre el poder y el saber, la humanidad ha avanzado cuando se ha impuesto esta última. La humanización se liga al conocimiento y la deshumanización al poder omnímodo o acrítico. 

Por otro lado, el escarnio como escarmiento público e injuria colectiva: «Al discurrir por los pueblos, las mujeres y los mozos les insultaban y, a veces, les tiraban cubos de agua desde las ventanas. Un día, ya en tierras de La Rioja, los campesinos que andaban excavando las viñas interrumpieron la faena para quemar dos muñecos de sarmientos a la orilla del camino, mientras les llamaban herejes y apestados». La presencia de esa masa enardecida que ha interiorizado el discurso colonialista de que la Inquisición vela por la ortodoxia del Rey, y los herejes devienen en traidores a la patria, no es sino la representación del triunfo del instinto de supervivencia basado en la sumisión al poder frente a la superación de esa dominación mediante el ejercicio libre del ingenio y de la conciencia. Cipriano Salcedo, camino de una muerte segura, representa paradójicamente la libertad, y el corifeo de voces que mortifican el paso del protagonista, es la encarnación del estatismo y de la supervivencia. Mientras unos jalean la muerte segura de los detenidos, nuestro héroe restituye al hombre en su condición más humana como es la dignidad y la autonomía. Hoy en día también salen a nuestra puerta numerosas manifestaciones de verdades absolutas desde diferentes ámbitos del poder que propenden a perpetuarse. Quien se rebela contra esa forma de poder, quien se manifiesta en contra del espíritu de la colmena es un apóstata y está condenado a la exclusión. Y no deja tampoco de advertirse que cuanto más estático es el poder, más necesidad tiene el hombre que se guía por su libertad de remover su conciencia, buscando su propia identidad. Eso es, y no otra cosa, el camino de perfeccionamiento. Y es un deporte de riesgo, habida cuenta de que acaba ganando en la mayor parte de las veces el servilismo y el desprecio moral por quien desafía la moral dada. Mientras, el hombre que busca su identidad se ve arrastrado violentamente por la turba de un pueblo que busca de la muerte su propio espectáculo. También en el momento que se escribe esta entrada, la política y hasta la muerte civil se convierten en un espectáculo mediático. España es un país donde los políticos hacen periodismo y los periodistas, política. Y no hay día que no se quiera quemar en una hoguera, de pura vanidad, a quien ha pretendido abandonar el grupo por decisión propia, para huir del determinismo político que caracteriza a nuestros partidos políticos. A lo largo de mi carrera he conocido muchos casos de delación, de hechos inventados o no, por los propios compañeros de un partido y, posteriormente, si no era suficiente con la vejación de la delación, el escarnio público del delatado a través de campañas en medios de comunicación. Muerte civil y social. La intolerancia del poder frente a la autonomía del pensamiento. ¿Hasta cuándo? 

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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