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Marqués de Sade en agosto (o la muerte en Europa)

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París, 7 de enero de 2015, redacción del semanario satírico Charlie Hebdo, 12 muertos y 11 heridos. París, 13 de noviembre de 2015, teatro Bataclán e inmediaciones del Estadio de Francia, 150 muertos y 350 heridos. Bruselas, 22 de marzo de 2016, aeropuerto y metro de la capital, 34 muertos y 200 heridos. Estambul, 29 de junio de 2016, aeropuerto internacional de Atatürk, 41 muertos y 231 heridos. Niza, 15 de julio de 2016, celebración del día de la Bastilla, 84 muertos y 330 heridos. Múnich, 23 de julio de 2016, centro comercial Olympia, 9 muertos y 27 heridos. Un terror hondo, implacable, avanza por una Europa convulsa, que despierta de un sueño de opulencia que ha durado más de media centuria. Una onda expansiva de muerte asola un continente que se observa a sí mismo contrito y asombrado, y que no parece dar respuesta a lo que está ocurriendo. Perdidos en armonizaciones fiscales, en proyectos de interconexión, en sendas de estabilidad, fueron marginando los burócratas de segunda generación de la Unión Europea la batalla de las ideas y de los principios. Importaba más tener cuota en Bruselas y Estrasburgo, por cumplimentar estadísticas patrias, que reforzar el espíritu de identidad, de aquella valores, que, a pesar de nuestras diferencias, nos hacían y nos hacen únicos. Y ahora, la muerte. Y con la muerte, Sade. 

Para Sade, el asesinato no es un perjuicio para la sociedad, sino un prejuicio de la sociedad cuando pretende criminalizarlo. En un estado primigenio, para el Marqués los hombres no tienen deberes naturales con los demás individuos de su especie; a lo sumo, una suerte de derecho de uso y servicio, que puede llevar a la explotación y, en último extremo, al tormento de los demás. En las leyes de la naturaleza no existe vínculo de afectividad que genere relaciones de cortesía ni derechos colectivos, por lo que igual que un hombre goza de la facultad de matar animales, disfruta también de la potestad de asesinar. Los ciclos humanos son ciclos decadentes y destructivos, a decir de Sade, y, por consiguiente, el asesinato no es más que una consecuencia lógica de la ley natural, donde halla delicioso acomodo el odio, la venganza o la guerra, en definitiva, el mismo asesinato. El hombre solo debe pensar en su propia felicidad, en un hedonismo autónomo donde seres y objetos se ponen a su servicio, así sea necesaria la dominación, la usurpación, el latrocinio o la eliminación de los demás. Es la ley natural del más fuerte. El crimen se conforma, de este modo, como una especie de la vida en libertad natural, pero también se concibe, en el teorema de Sade, como una utilidad al servicio de cualquiera, pues el asesinato siempre puede tener un objetivo y servir en un estado de vil depravación. El asesinato se concibe así, en el contexto de la obra de Sade, como un instrumento que legítima y fortifica al Estado, pudiendo a llegar a facilitar «el crecimiento de una nación a expensas de otra» («La filosofía en el tocador»). Para el Marqués el asesinato puede representar una forma de depuración social, basada en criterios políticos o religiosos, un catéter que procura eliminar el cáncer que carcome el cuerpo social: «Concededle asimismo deshacerse, con los riesgos y peligros a su costa, de todos los enemigos que puedan perjudicarle, porque el resultado de todas estas acciones, absolutamente nimias en sí mismas, será mantener vuestra población en un estado moderado y nunca lo bastante numeroso para perturbaron vuestro gobierno». Llega Sade por esta vía de razonamiento a relativizar el mal, concepto desarraigado de su conciencia de libertino, y a justificar teleológicamente el asesinato político, en sus más diferentes manifestaciones, desde las masacres étnicas hasta los genocidios políticos o los atentados masivos religiosos. Es cierto, en cambio, que para el Marqués, el asesinato no tiene originariamente un fin político, si bien no lo descarta utilitariamente, porque a lo sumo es una expresión natural del ser, pero no una expresión de la colectividad organizada. Sade construye una teoría de la naturalización del asesinato, sin necesidad de buscar razones ni móviles a la barbarie, porque o bien forma parte del ser destructor natural de cada hombre o bien responde a cualquier finalidad colectiva de exterminio de parte. No se trataría, pues, tanto de una teoría como de la constatación de un fenómeno natural, tan presente, trascendente e inmanente, que no necesitaría teorización. El mal no solo debe ser evitable, a juicio de Sade, sino que debe ser venerado como verdadero objeto de placer. Así se expresa el duque de Blangis en «Las 120 jornadas de Sodoma»: «un hombre, para ser verdaderamente feliz en este mundo, no sólo debería entregarse a todos los vicios, sino además no permitirse nunca ninguna virtud». La virtud, por tanto, es una restricción convencional de la libertad para el Marqués, cuando es la exaltación de la maldad, como expresión misma del yo natural, la que te lleva a la plena libertad. 

¿De qué manera está presente el principio sádico del asesinato en el terrorismo actual? En el terrorismo religioso, sin perjuicio del efecto devastador sobre vidas humanas que tiene, produce un efecto paralelo más grave aún como es el de la deshumanización, de modo que el hombre no es más que una esencia degradable y, por ende, expuesta a su aniquilación. En ese sentido, Sade está plenamente vigente y, es más, puede aceptarse concluyentemente que el asesinato en este supuesto sirve a una utilidad política y religiosa, de ahí que el asesino acabe siendo, vivo o muerto, un héroe o un mártir. En Sade la palabra dignidad no existe, y si existe, no sería más que un escrúpulo de clase incompatible con la vida natural del salvaje. Por ello mismo, en los ataques terroristas lo primero que se aniquila es la dignidad humana, un estadio de vida incomprensible para la inmoralidad sádica. No existe pudicia, ni rubor, ni conciencia de mal, pues todo lo que se hace, está provisto de la bondad del héroe o del protomártir. Y todo ello aderezado con un sentimiento adherido de culpa ajena, pues en el ideario del Marqués, podrán imaginarse que no existe culpa propia, pues si hay culpa, es siempre externa y por lo tanto despreciable y susceptible de destrucción. 

Ahora bien, el acto terrorista tiene un alcance aleatorio que lo distingue del exterminio sistemático, como fue el caso del nazismo, o de la muerte incruenta sin móvil de Sade. En el terrorismo, la culpa no es de los muertos de Francia, ni de Bélgica, ni de Alemania, seres escogidos al azar; la culpa es de un sistema político o religioso que se niega, porque para atacar a todo el sistema, no hay mayor terror que el del azar. Por eso, el asesino se convierte en un verdugo, porque ejecuta una sentencia, la de su propia inmoralidad, pero no está ajusticiando a unas personas determinadas, como podría pensarse, sino que está ejecutando toda una organización de valores y principios morales formalizados en un orden jurídico, político y religioso. Mueren porque tienen que morir, y porque es la forma más directa de deshumanizar el sistema político, habida cuenta que son miembros aleatorios de una colonia de hombres que representan unos valores que hay que exterminar. Su muerte es la muerte de una ideología, de un sistema de valores jurídicos y políticos, de una religión. Representan el mal, y en ello, son tributarios de las teorías de Sade donde el asesino no es un ser depravado, bien al contrario, puesto que quien ostenta la maldad es quien está llamado a morir, bien por debilidad bien por necesidad. No hay culpa propia y la culpa siempre es ajena. Y si no existe esa culpa, se justifica a posteriori. Hubo una vez un país donde se llegó a decir «algo habrán hecho», cuando morían aleatoriamente hombres y mujeres, y hasta muchos niños. Era Sade quien quien inspiraba e inspira a los asesinos, pues alienarán la culpa y hasta el terror justificará esa alienación colectiva. 

El terror. La muerte como placer y como vehículo predestinado de alcanzar un renglón en el martirologio. La deshumanización. Cuando Dios, la patria o el territorio sirven de coartada para aflorar la teoría sádica de la relativización del asesinato, como relativo es el mal. La crueldad. Cuando la muerte es aleatoria, si bien cada muerte socava inconscientemente de raíz nuestro sistema de convivencia. Ese momento postrero en que el asesino pone fin a su vida. La violencia como razón y fin del hombre. Conrad en «El corazón de las tinieblas» nos presenta a Kurtz al final de su vida como el sumo hacedor de una sociedad cruel, deshumanizada y selvática: «Estaba fascinado. Era como si hubiese rasgado un velo. Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror … de una intensa e ir redimible desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega, durante ese momento supremo de total lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: ¡Ah, el horror! ¡El horror!». El horror está aquí.

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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