Ciencia en conversación: ¿Tenemos libre albedrío?

¿Cuánto de lo que pensamos está determinado por nuestros genes?

Cuando pensamos en la organización de nuestra vida social apenas tenemos en cuenta el peso de nuestros genes, pero estamos mucho más condicionados por ellos de lo que nos pensamos. Aunque creemos que somos miembros de una sociedad de conocimiento, urbana, industrial y tecnológicamente avanzada, en realidad apenas hemos cambiado en las últimas decenas de miles de años. Vivimos en sociedades tecnológicas complejas, pero seguimos siendo cazadores recolectores nómadas cuyo cerebro, adaptado a las relaciones sociales en pequeños grupos, nos permite adaptarnos, mal que bien, a las sociedades modernas.

Nos gusta creer que tenemos libre albedrío y que somos los dueños de nuestros actos. Pero… ¿Y si en realidad son nuestros genes quienes determinan, en buena parte, nuestra conducta? ¿Cuánto de lo que somos se debe la acción de los genes que heredamos, sin tener responsabilidad alguna en ello, y cuánto se debe a todo lo que no es genético, como el ambiente, la educación, las circunstancias, el azar que en cierta parte depende de nosotros, pero en otra parte no? ¿Cuánto de lo que nos hace humanos es tan solo biología evolutiva?

Llevamos milenios dándole vueltas a estas preguntas, pero no contábamos con las herramientas necesarias para responderlas. Hoy, el ingente desarrollo de la genética moderna (que ya en el año 2003 consiguió secuenciar completamente el genoma humano y en 2010 creó artificialmente, mediante biología sintética, el primer organismo vivo “de laboratorio”, Mycoplasma laboratorium), así como de las matemáticas, del procesamiento de grandes series de datos, de la psicología evolutiva cuantitativa, de las redes neuronales y de la inteligencia artificial, ha permitido que por fin tengamos una respuesta ajustada a la realidad objetiva y de la que se derivan importantes consecuencias que chocan profundamente contra la idea más arraigada que tenemos de nosotros mismos.

La ciencia experimental es, con mucho, la herramienta más poderosa de la que disponemos para contestar a nuestras preguntas de manera que la respuesta se ajuste a la realidad esencial del universo físico que nos rodea. Como si fuese un peculiar “genio de la lámpara”, la ciencia nos proporciona las respuestas correctas a preguntas bien formuladas. A cambio nos exige un ingente esfuerzo (extremadamente superior al que puede realizar un ser humano individual en toda su vida, por lo que a menudo decenas de miles de científicos trabajan coordinadamente para responder a las preguntas más difíciles) y la dedicación de muchos recursos materiales (hoy en día los países más desarrollados dedican más del 5% de su PIB al desarrollo de la ciencia y las empresas punteras más del 20% de sus recursos).

Averiguar cuánto influyen los genes y el ambiente en lo que realmente somos es una pregunta tan interesante que desde mediados del siglo pasado miles de científicos han abordado el tema estudiando a cientos de millones de personas de todas las edades y condiciones físicas y sociales en decenas de países diferentes. Gracias a eso tenemos una idea muy precisa de cuánto afectan los genes y cuánto el ambiente. Pero como en casi todos los temas que tratan de la esencia de lo que nos hace humanos, las respuestas objetivas que la ciencia nos proporciona no nos gustan: queramos o no nos obligan a superar numerosos prejuicios.

En los tiempos de Darwin se comprendió que la evolución era un proceso lento y gradual, que ocurría a lo largo de millones de años. Poco a poco los científicos fueron conscientes del “tiempo profundo”: la Tierra tiene 4.700 millones de años y la vida lleva más de 4.000 millones de años evolucionando. Comparado con estos ingentes períodos de tiempo la duración de la vida de un ser humano es apenas una fracción infinitesimal de este tiempo profundo.

Además, la ingente acumulación de datos del registro fósil y de la genética evolutiva demuestran que en una especie (por ejemplo, Homo sapiens) los cambios ocurren mayoritariamente durante las primeras etapas justo tras su aparición (recordemos que hablamos de tiempo geológico, y esta etapa puede ser de alrededor de 100.000 años o más). Posteriormente la especie entra en una larga época (llamada estasis) donde el cambio evolutivo es todavía más lento.

Sabemos que los seres humanos de nuestra especie se originaron hace alrededor de 300.000 años evolucionando a partir de Homo rhodesiensis. Tras una época inicial de cambios evolutivos relativamente rápidos (aunque extremadamente lentos en proporción a la duración de la vida de un ser humano) nuestra especie entró en un período de estasis.

Aunque mayoritariamente pensamos que somos miembros de una sociedad de conocimiento, urbana, industrial y tecnológicamente avanzada, en realidad nuestra especie pasó la gran mayoría de su historia viviendo en pequeños grupos de cazadores recolectores nómadas.

Para situar esta escala temporal en su justa medida reduzcamos a un año de duración toda la historia de nuestra especie desde sus orígenes hasta hoy en día. Así, nuestra especie habría vivido como cazadores recolectores nómadas casi todo el año, desde el 1 de enero en que se originó, hasta el 20 de diciembre en el que aparecieron los primeros asentamientos agrícolas. Los primeros humanos que vivieron la revolución industrial lo hicieron alrededor de las cinco de la tarde del día 31 de diciembre. A menos de una hora de las 12 de la noche del final de año los humanos empezaron a disponer de ordenadores. Los grandes logros de la inteligencia artificial se produjeron mientras nos llevamos a la boca la última de las 12 uvas.

La evolución cultural es tan rápida que podemos cambiar de pensamiento y de modo de vida en el tiempo que dura una sola generación. Pero, al contrario, la evolución biológica es extremadamente lenta y los cambios se manifiestan tras muchas generaciones.

Nos guste o no, en realidad seguimos siendo primates que durante casi toda nuestra existencia como especie (en nuestro símil anual entre el 1 de enero y el 20 de diciembre) fuimos seleccionados para ser cazadores recolectores nómadas. Y las especies ancestro de la nuestra propia también lo fueron. En realidad, aún no hemos tenido tiempo suficiente para que nuestro genoma cambie para llegar a ser otra cosa que el genoma de un cazador-recolector nómada.

Tenemos buenas pruebas materiales de ello. El ADN de personas que vivieron mucho tiempo atrás se conserva en buen estado en el interior de los dientes (que, aunque se nos pudren mientras estamos vivos, son lo que más tiempo se mantienen después de muertos). La ciencia dispone así de un buen archivo de ADN fósil, no solo de nuestra especie, sino también de especies próximas como los Neandertales. Si comparamos la secuencia del ADN de cualquiera de nosotros mismos con las del ADN de seres humanos de nuestra especie que vivieron miles de años atrás, apenas encontraremos pequeñas diferencias insignificantes. Genéticamente seguimos siendo cazadores-recolectores.

Podemos explicar lo que esto significa recurriendo a un “experimento” mental (a los que Albert Einstein era muy aficionado). Imaginemos que bebés recién nacidos de nuestra época viajan en una máquina del tiempo 25.000 años atrás y son criados por nuestros ancestros. Sin problema alguno esos bebés modernos serían cazadores-recolectores excelentes. También se cumpliría lo contrario: si una máquina del tiempo trajese recién nacidos de hace 25.000 años a nuestra época y los criásemos como a nuestros hijos, podrían ser excelentes ingenieros, científicos, médicos, economistas o jueces.

Nuestro cerebro no es más que el cerebro de un primate cazador-recolector bien adaptado a proliferar en grupos sociales pequeños. Nuestros ancestros vivían en grupos que iban desde unas pocas docenas hasta un par de cientos de personas. La mayor parte de sus energías las dedicaban a las complejas relaciones sociales que se establecían dentro de estos pequeños grupos. En ocasiones varios de estos grupos se relacionaban entre sí, con lo cual un cazador-recolector del Pleistoceno podía relacionarse con un par de miles de personas a lo largo de su vida.

Hoy en día no es muy diferente. Aunque vivimos en una sociedad ingente, apenas interactuamos directamente con unos pocos cientos o miles de individuos, una insignificante fracción de los más de 8.000.000.000 de seres humanos que habitan el planeta.

Pueblos Khoesān: las matemáticas mas sofisticadas descubiertas por una sociedad de cazadores-recolectores

Lo más parecido que aún queda hoy en día a los cazadores-recolectores que fuimos durante la mayor parte de nuestra existencia son cazadores-recolectores nómadas del pueblo de los San (de la etnia Khoesān). Genéticamente son la población de origen para los humanos modernos. Muchos de ellos son cazadores recolectores en un hábitat tan hostil como el desierto del Kalahari (en el sur de África), manteniendo su linaje y cultura durante los últimos 150.000 años.

Sorprende su tasa de éxito en la caza en un ambiente desértico tan difícil. Pero cuando se estudió con detalle cómo toman sus decisiones con respecto a la caza y a la recolección se comprobó que las tomaban empleando estadística Bayesiana.

La estadística Bayesiana es una de las más avanzadas ramas de las matemáticas actuales, en concreto la que mejor analiza probabilidades condicionadas muy complejas. Los científicos que la empleamos en nuestros estudios nos sentimos “orgullosos” por entender y utilizar una herramienta tan sofisticada a la que no todos nuestros colegas son capaces de acceder. A nuestros alumnos más inteligentes, que entran en la Universidad con las mejores notas de corte de la EBAU (la antigua selectividad), la estadística Bayesiana les resulta muy difícil.

Sin embargo, ya los primitivos cazadores-recolectores fueron capaces de desarrollarla y emplearla. Eran cazadores recolectores nómadas. Eran al menos tan inteligentes como nosotros. Llevar 150.000 años sobreviviendo con éxito en un ambiente tan difícil como el desierto del Kalahari avala la extrema inteligencia de los Khoesān.

Pero los khoesān no dedican la mayor parte del tiempo a la caza y la recolección. La dedican, con mucho, a las relaciones sociales, al juego y al ocio. Nuestros extraordinarios cerebros, que nos permitieron ser cazadores-recolectores muy exitosos nos sirven, sobre todo, para establecer nuestras complejas relaciones sociales.

¿Qué es, en esencia, un ser humano?

Algunas herramientas matemáticas, por ejemplo, la teoría de grafos o la teoría de la información, permiten estudiar la complejidad de las relaciones entre seres humanos. Resulta que un cazador-recolector Khoesān mantiene relaciones sociales tan complejas, o más, que las que podemos establecer cualquiera de nosotros en una moderna sociedad tecnológica.

Por supuesto, algunos Khoesān abandonan su vida de cazadores recolectores. Muchos de ellos llegaron a ser ingenieros, médicos, jueces…

Todo esto apuntala la idea esencial de que los seres humanos apenas hemos cambiado en las últimas decenas de miles de años. Aunque vivamos en la sociedades tecnológicas más complejas, tan solo seguimos siendo cazadores recolectores nómadas cuyo cerebro, adaptado a las relaciones sociales en pequeños grupos, nos permite adaptarnos, mal que bien, a las sociedades modernas.

Por supuesto los khoesān no comprenden muchas de las cosas del mundo natural que los rodea. Recurren a la magia y a interpretaciones animistas. Análogamente nosotros apenas comprendemos una parte insignificante de la extraordinaria tecnología que nos rodea, y que para la mayoría de la gente se ha vuelto indistinguible de la magia.

Cuando pensamos en la organización de nuestra vida social apenas tenemos en cuenta el peso de nuestros genes, pero estamos mucho más condicionados por ellos de lo que nos pensamos.

La aplicación de los modelos matemáticos de teoría de juegos a la genética evolutiva permite predecir con un enorme grado de exactitud el comportamiento que tendrán los seres humanos. Así, los biólogos encontraron las llamadas estrategias evolutivamente estables que definen cuales serían los comportamientos más exitosos de los seres humanos.

Pongamos un ejemplo muy simplificado que en teoría de juegos se llama la estrategia paloma-halcón. En el caso de un conflicto entre 2 personas, uno puede adoptar una estrategia de paloma (evito el enfrentamiento por encima de todo), o una estrategia de halcón (siempre me enfrento al otro). En el caso de que se enfrenten en un conflicto 2 personas que siguen estrategias de paloma cada una de ellas ganará la mitad de las veces. Perder en la mitad de los conflictos parece mucho, pero a cambio nunca se harán mucho daño. En cambio, si alguien que siempre sigue una estrategia de halcón se enfrenta a alguien que siempre sigue una estrategia de paloma, el halcón siempre ganará. El problema está cuando se enfrentan dos personas que siguen una estrategia de halcón. Ninguno cede y terminan haciéndose daño. Los 2 pierden mucho.

En este modelo tan simplificado se demuestra matemáticamente que la mejor estrategia posible (la estrategia evolutivamente estable) es que una persona siga una estrategia de paloma en 7 de cada 12 conflictos y una estrategia de halcón en 5 de cada 12. Numerosos estudios demuestran que esto es lo que hacemos la gran mayoría de las personas en nuestra vida cotidiana. Y no porque sepamos de teoría de juegos, sino porque estas estrategias se seleccionaron evolutivamente durante cientos de miles de años en nuestros ancestros cazadores-recolectores.

De hecho, como demostró el premio Nobel Daniel Kahneman, tenemos dos sistemas de pensamiento, uno de ellos -el sistema de pensamiento rápido- que toma la mayoría de nuestras decisiones de manera casi instantánea, y el otro -el sistema de pensamiento lento- que reflexiona en profundidad y nos permite llegar a soluciones creativas, pero que empleamos muy pocas veces en nuestro día a día. Nuestra respuesta tipo paloma-halcón a los conflictos está genéticamente programada en nuestro sistema de pensamiento rápido.

Por supuesto decir que nos enfrentamos a los conflictos mediante estrategias tan simples como las de paloma-halcón es una simplificación excesiva -aunque matemáticamente útil- de la realidad. Pero lo cierto es que en nuestro comportamiento seguimos modelos solamente un poco más complejos, como, por ejemplo, el de paloma-halcón-burgués. Adoptamos una estrategia de paloma en los conflictos que nos importan poco, mientras que en los que creemos que tenemos mucho que perder adoptamos una estrategia de halcón.

Introduciendo estas pequeñas modificaciones en modelos matemáticos sencillos conseguimos representar muy acertadamente la realidad. Estudios matemáticos en Estados Unidos demuestran que, por ejemplo, la frecuencia en el que la gente decide disparar un arma de fuego en un conflicto con la intención de matar (situación límite), coincide exactamente con lo esperado aplicando un modelo paloma-halcón-burgués. Esto es así porque está seleccionado en nuestros genes (durante cientos de miles de años de conflicto en pequeños grupos de cazadores recolectores, quienes no obraron así no sobrevivieron y sus genes se perdieron sin llegar hasta nosotros). Seguramente muchos condenados por actos violentos lo fueron porque su sistema de pensamiento rápido respondió a lo que la selección natural había fijado en su genoma durante decenas de miles de generaciones de ancestros (y no por una decisión tomada bajo el libre albedrío).

Conclusión

Los seres humanos somos el resultado de la evolución: nuestro cerebro fue seleccionado durante cientos de miles de años para resolver relaciones y conflictos sociales que se producen en pequeños grupos de cazadores-recolectores nómadas. Ahora nuestro ambiente ha cambiado y vivimos en una compleja sociedad tecnológica. Pero nuestros cerebros siguen siendo los cerebros de cazadores recolectores nómadas. La mayor parte de nuestras respuestas se procesan por un sistema de pensamiento rápido con respuestas fijadas por la selección natural. Pero también tenemos un sistema de pensamiento lento y reflexivo que nos permite tener una capacidad de adaptación a los nuevos retos.

Eduardo Costas y Victoria López Rodas, catedráticos de genética en la UCM y directores académicos de “Encuentros con científicos” del Club H

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