
Hay personas cuya desaparición deja un vacío institucional. Otras dejan, además, un vacío profundamente personal. Enrique Bacigalupo pertenece a esa rara categoría de hombres cuya ausencia se siente tanto en las instituciones como en la vida de quienes tuvimos el privilegio de compartir con él una parte de nuestro camino.
Desde FIDE queremos despedirle, pero también hacerlo desde un lugar mucho más íntimo: el de nuestra propia experiencia. Porque antes que un gran jurista fue, para nosotros, un maestro, un compañero y un amigo.
Cristina conoció a Enrique Bacigalupo siendo alumna suya de Derecho Penal en el CEU, en los cursos 1982 y 1983. Tuvo también la fortuna de participar en el Seminario de Derecho Penal que él comenzaba entonces a impulsar. Aquellas clases iban mucho más allá de la explicación de una disciplina jurídica. Enrique enseñaba una forma de pensar. Su extraordinario rigor intelectual nunca estaba reñido con la cercanía; su inmenso conocimiento jamás derivó en arrogancia. Nos enseñó que el Derecho Penal solo podía construirse sobre la razón, el respeto a la persona y los principios del Estado de Derecho.
Años después, cuando Enrique era ya magistrado del Tribunal Supremo, Cristina volvió a encontrar en él la misma generosidad intelectual. En diversas ocasiones acudió a él para consultar cuestiones jurídicas especialmente complejas. Siempre obtuvo la misma respuesta: tiempo, escucha, reflexión y una capacidad extraordinaria para aportar luz allí donde otros solo veían dificultad. Era uno de esos juristas excepcionales que no imponían sus opiniones por autoridad, sino por la fuerza serena de sus argumentos.
La relación de Álvaro con Enrique comenzó más tarde, durante los años que compartieron en DLA Piper. Allí tuvo la oportunidad de conocer otra de sus grandes facetas, quizá menos conocida por quienes solo admiraban al magistrado o al catedrático: la del abogado. Dirigiendo el departamento de Derecho Penal demostró una vez más que el conocimiento más profundo del Derecho solo alcanza su verdadera dimensión cuando se pone al servicio de las personas. Trabajar junto a él fue una experiencia profesional extraordinariamente enriquecedora y, al mismo tiempo, una lección permanente de rigor, prudencia y elegancia intelectual. Nunca perdió la curiosidad, nunca dejó de escuchar y nunca renunció a la excelencia.
Ambos tuvimos después el privilegio de compartir con él una parte muy importante de la historia de FIDE. Desde sus primeros años, Enrique aceptó formar parte de su Consejo Académico y codirigió el Foro de Derecho Penal Económico y de la Empresa. Su presencia fue decisiva para dotar a aquel proyecto del prestigio, la independencia y el rigor que todavía hoy lo caracterizan. Enrique creía profundamente en el diálogo entre la universidad, la judicatura, la abogacía y la empresa. Entendía que el conocimiento solo progresa cuando se comparte con libertad y sin prejuicios.

Pero sería un error recordar únicamente su inmensa trayectoria académica, judicial o profesional. Quienes le conocimos sabemos que detrás del jurista excepcional había una persona profundamente buena, generosa y leal. Un hombre culto, elegante en las formas y extraordinariamente respetuoso con quienes pensaban de manera distinta.
Compartimos con él una convicción que marcó toda su trayectoria intelectual: la defensa de la libertad, de la democracia constitucional y de los grandes valores de la Ilustración. Enrique creía en la fuerza de la razón frente al dogmatismo, en el pensamiento crítico frente a las certezas fáciles y en el Derecho como garantía de la libertad, nunca como instrumento del poder. En tiempos en los que el ruido suele imponerse al argumento y la polarización al diálogo, su ejemplo adquiere todavía mayor valor.
Existe, además, un motivo de gratitud muy personal que siempre permanecerá con nosotros. Enrique fue también el origen de la amistad que seguimos manteniendo con sus hijos, Mariano y Silvina, una amistad que constituye uno de los legados más hermosos que nos deja. De algún modo, esa continuidad afectiva refleja bien quién fue Enrique: alguien que construía vínculos duraderos, basados en el respeto, el afecto y la confianza.
Hoy despedimos a uno de los grandes juristas de nuestro tiempo. Pero, sobre todo, despedimos a un hombre bueno. Un maestro que formó generaciones de penalistas, un magistrado ejemplar, un abogado brillante, un intelectual comprometido con la libertad y un amigo cuya memoria seguirá acompañándonos.
Gracias, querido Enrique, por todo lo que nos enseñaste y por la huella que dejas en FIDE, en la comunidad jurídica y en nuestras vidas. Hay personas cuya obra permanece en los libros y en las sentencias. La tuya permanecerá, además, en quienes tuvimos la fortuna de conocerte.
Alvaro Lobato Lavín y Cristina Jiménez Savurido
Madrid, 16 de julio de 2026






Un comentario
Mi más sentido pésame a su familia y a toda la comunidad jurídica.