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Borges en junio (o la lotería de Babilonia).

«Las cinco formaciones con mayor representación en el Congreso de los Diputados propondrán cada una a diez expertos en el ámbito jurídico, y esos cincuenta se someterán a un proceso de sorteo por el que saldría un Comité asesor de composición profesional variable. Previamente se habrá abierto un concurso público, al que no podrán acudir quienes en los últimos dos años hayan sido cargos electos, miembros del Ejecutivo, de gobiernos autonómicos o altos cargos de las Administraciones Públicas. El Comité Asesor los evalúa y los presenta a las Cámaras a las comisiones competentes donde se someten a votación». Así rezaba una reciente repuesta programática relativa a la cobertura no solo de vocales del Consejo General del Poder Judicial, sino también, entre otros, del Tribunal Constitucional, del Tribunal de Cuentas, de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, del Consejo de Seguridad Nuclear o la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. Imagino que no fui el único que al tener conocimiento de esta iniciativa evocó el cuento de Borges intitulado «La lotería en Babilonia», escrito en 1941, y que, entre otros párrafos, empieza así: «Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables en mi corazón». 

Por poner algo de orden y concierto en este envite electoral, y con la visión retrospectiva de un pacto perdido que pudo ser y no fue, hay que reconocer al menos ingenio y movimiento en la propuesta. Pero permítanme que, aunque sea por un momento efímero, tan efímero como la razón política que invade nuestra devastada realidad, traiga a colación la idea de la esfera que está presente en otras dos grandes ficciones de Borges: «El Aleph» y «La esfera de Pascal». En ambos casos, la esfera es un ente geométrico «cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna». Aplicado al universo político, existen partidos cuyo centro de gravedad es indefinible, por mutante, pero su circunferencia tiende a expandirse ilimitadamente como una cuerda infinita en busca y captura de todo votante que se precie. Al albur de la mecánica cambiante de la idea geométrica de la esfera sin centro, no son escasos los ejemplos en la más inmediata vida política en los que se aprecian que tan irrelevante puede ser para algunos saber dónde está su eje y centro, como intrascendente es conocer dónde están sus límites, pues no aspiran a otra cosa que a absorber por centrifugación el mayor panel de votos posibles. Es un mundo cuya mayor expectativa no es otra que la detentación del poder. En esa esfera inasible, las ideas son prescindibles de modo que el espacio de la esfera es elástico y admite todo tipo de estiramientos si con ellos consigues atraer adhesiones. Y es que, al fin y al cabo, Babilonia no es sino Babel, por lo que la idea de confusión y caos de valores y lenguas no es sino, con todas las diferencias lógicas, la misma que presenta nuestro castigada política nacional. Para Borges, el ideograma de Babilonia venía a representar la inmigración de principios de siglo veinte en Buenos Aires; pongamos ahora que hablamos de Madrid, con permiso de Sabina, y que nos refiramos a la migración de ideas y principios en determinados partidos políticos. 

Pero regresando al enunciado de la propuesta inicial, déjenme que les transcriba el procedimiento que en Babilonia, en el cuento de Borges, se seguía para dictar la condena a muerte de un hombre: «Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla». Borges presenta una organización basada en una democracia radical, donde la suerte de los hombres está librada en una gran parte al azar pero también a unas reglas jurídicas formales, que a fuerza de desmemoria y paso del tiempo, se han tornado inaccesibles. «He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre». Aparece así la indeterminación como la fuerza que todo lo cubre, postrando la superestructura de las relaciones sociales por una superestructura relativista y lúdica, en el que la incertidumbre es el valor determinante. De algún modo, Borges pretende que el mundo actual se explique a través de la teoría de los juegos, pero no solo de los juegos. En el párrafo transcrito en el que se describe el procedimiento para dictar muerte, hay tres planos anudados entre sí, que lejos de despejar la incógnita de las decisiones políticas, todavía la someten a un mayor flujo de incomprensión: por un lado, hay reglas materiales, por tanto normas jurídicas, que establecen el procedimiento de sorteo y exoneración de la suerte; de otra parte, está la propia fortuna que emana del simpar sorteo; y, por último, y quizá como una rasgo de esperanza, está la propia determinación humana, el libre albedrío, toda vez que los hombres pueden renegar del azar.Y la anomia. Cabe, para Borges, que en un mundo en apariencia organizado por el caos e infortunio de la lotería, por plebeya que sea, queden sin regular algunas cuestiones, de modo que el ciudadano queda arrojado a un océano de inseguridad y perplejidad. Y todo ello, bajo el control todopoderoso de una entelequia que Borges denomina «La Compañía» y que se encarga de celebrar cada sesenta días la lotería. El soma de Orwell. La paradoja indefinida de la casta, para algunos, en el discurso político actual. Pero ¿qué es «La Compañía?: «La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos: las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además, ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que ya hace siglos que no existe La Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último Dios anonade el mundo. Otro declara que La Compañía es omnipotente, pero que solo influye en cosas minúsculas; en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares». Al menos en mi opinión, este tenebroso dispositivo de poder arbitrario y caprichoso no es sino un espectro del Estado totalitario. Y «La Compañía» no es sino la resonancia, corporativa o no, de quienes detentan el poder y abandonan a los gobernados a su suerte. 

Borges siempre creyó en el individuo y abominó de los gobiernos. En eso era un liberal consciente, tan consciente y atrevido que quiso también ser anarquista, puesto que pretendía reventar las formas de organización política que sometían al individuo. Por eso, que nadie pretenda aprehender con malas artes el testimonio de Borges. Yo, el primero. Y que nadie confunda las formas de organización totalitarias con las castas al uso moderno. La Compañía toma el poder para zaherir a los hombres y abandonarlos a su infortunio. La Compañía convierte al Estado en un instrumento de apalancamiento del poder, como diría algún Master en Harvard de lectura corta. Y no confundan, por favor, las élites ilustradas con las castas. Ni la igualdad con el igualitarismo. Basta con leer al personaje borgeano de Eudoro Acevedo en «El libro de Arena»: «¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más completa que este resumen». Añado que la realidad actual también es más completa que este resumen, pero al menos siempre quedará la esperanza de que nos toque la lotería de verdad.

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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