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Voy a desvelar un secreto. Durante muchos años he tenido que hace frente, como todos los que participáis en este blog, a situaciones complejas donde se requería de todas nuestras habilidades no solo intelectuales sino también emocionales. Son momentos en los que tenemos que dar lo mejor de nosotros mismos. En ocasiones, los tiempos de respuesta son limitados y las presiones y dificultades colaterales ilimitadas. Desafíos más o menos extremos que ponen a prueba nuestra profesionalidad, nuestro rigor, nuestra disciplina intelectual y, también, nuestra propia conciencia. Nuestra aptitud y nuestra actitud. Y en esos casos, habitualmente recurrimos a nuestra experiencia y, cómo no, a nuestros amigos de los que siempre hemos de esperar buen auxilio y consejo.

Pues bien, como os decía, voy a revelar algo que pocas veces he comentado. En esas situaciones, y quizá fruto también de mi vena literaria, recurro muchas veces a mis lecturas y pienso siempre en alguna novela, en algún relato clásico o en una obra de teatro. Y pienso así porque tengo la seguridad de que en las tramas de los clásicos o en la caracterización de muchos personajes literarios existen trazos de comportamiento humano que pueden ser evidentemente útiles a la hora de analizar cómo he de comportarme y como se han de comportar los demás. En el contexto de las relaciones humanas, y en el mundo del Derecho pero también en el mundo de las relaciones de poder en las organizaciones públicas y privadas, no hacemos sino reproducir formas de reacción humana, en diferentes microcosmos y en ecosistemas variables, pero lo que no varía es la raíz del comportamiento humano. Avaricia, envidia, codicia, adulación, soberbia. ¿Acaso estas patologías que siguen presentes en nuestras relaciones no forman parte de la esencia misma de los libros más importantes jamás escritos? Y como digo, ¿acaso no forman parte de nuestra actividad diaria, en nuestro permanente juego de juicios y prejuicios al que nos exponemos?

He eludido expresamente la palabra «política». Y no por error, ni siquiera por aprensión moral a la vista de cómo se ha maltratado y se sigue maltratando la más insigne de las ciencias morales en la última década en nuestro país. He creído conveniente que sea la voz «poder» la que dé palabra a este foro de reflexión, porque tanto el Derecho como la literatura son ciencia y arte que    reflejan, en ocasiones con precisión de entomólogo, las fuerzas y flaquezas de los hombres en la búsqueda constante del poder en su sentido más amplio. Poder público y poder privado. Pero al fin y al cabo poder. Es más, en este foro apelaremos a nuestra inteligencia para no hablar ni de política nacional ni de estrategias ni de alianzas. A lo sumo de poder. Porque quizá entre todos tenemos que volver a rescatar ese pensamiento libre y único que abomina del gregarismo y de la consigna. Y para ello qué mejor que, por un momento, abandonarse a la lectura y volver al origen, allí donde los escrúpulos morales se dejan colgados en el perchero y nos enfrentamos a nosotros mismos. Sin etiquetas.

Y así os invito a pasar a esta mesa camilla en formato digital, con el calentador bajo los pies, y con un balcón a la calle donde declina la luz. Así es como recuerdo algunas tardes de lectura en mi juventud, cuando creíamos ser dueños del tiempo ahora que el tiempo nos ha dominado. Y a través de este blog os propondré lecturas. Pero con la fe del relicto. Y como a veces no podremos leer, porque ya el tiempo apremia, os plantearé la trama o, en su caso, os destacaré un fragmento breve para que meditemos sobre él. Y el día que algún iluso como yo piense que todavía no se debe apagar el fogón del pensamiento libre y que es digno de ser considerado en el análisis de nuestros problemas, tanto ante un Tribunal de Justicia, como en una negociación o como en un proceso de toma de decisiones, y me encuentre al otro lado de la mesa a alguien pensando también en cómo actuaría un personaje o cómo puede traspasar el desarrollo o el desenlace de una trama a esa situación, pensaré que no todo está perdido.

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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