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Delibes en septiembre (o por qué lo llaman Teruel cuando quieren decir Ohio)

No hace mucho prestaba recuerdo en una conferencia que impartí al origen de la palabra «candidato», una voz de origen latino que deriva de la expresión «candidus», adjetivo que venía a significar blanco, puro, limpio o albo. Y es que en la antigua Roma, cuando los candidatos se postulaban para alcanzar una magistratura como senador se embutían en togas blancas, señal y manifestación de pureza, que no de pereza. Era un símbolo manifiesto de honestidad, de fidelidad y hasta de coraje y valentía, de modo que los candidatos llegaban a posar con las togas abiertas para que los electores pudieran contemplar sus cicatrices de guerra. Por extrapolaciones intelectuales y hasta visuales, podríamos jugar a ataviar a los diputados y senadores en el reciente debate de investidura con togas blancas, afanándose por acreditar su bondad moral y su intachable e inmaculada probidad. Y así llegaríamos hasta un lugar alto del hemiciclo donde encontraríamos al tercer diputado electo por Teruel, a la sazón gran persona y buen político, que me precio de conocerlo y hasta de testimoniar su valía. Unos días antes de celebrarse las últimas elecciones, sí las últimas, tuve ocasión de hablar unos minutos con el entonces candidato por la provincia de Teruel y me expuso la preocupación por el destino del tercer escaño de esa circunscripción. Fácilmente se verá que no era un asunto menor, al punto de que Teruel y, en particular, ese escaño, jugaba como una suerte de termómetro electoral de las elecciones en España, pues ha de recordarse que desde 1977, el Partido que obtiene ese diputado acaba ganando las elecciones generales en nuestro país. Como Ohio. Ohio es el Estado de los Estados Unidos que se presenta como un eterno balancín electoral, un «swing state» también llamado «battleground state» o «purple state». Purple (morado) porque es el color resultado de fusionar el azul y rojo de las dos grandes conciencias del bipartidismo norteamericano. Hete aquí que, como un ensalmo, los candidatos emprendieron una feroz contienda por atraer el voto de los turolenses llegando alguno de los candidatos presidenciales a participar en acto electoral en Teruel el último viernes de campaña. Aragón tiene así más de Ohio que de Oregon. Como Nevada y, por tanto, el «rat pack», las «pole dancers», el «black jack», el lago Tahoe, Frank Sinatra, Elvis Presley, el CSI o las bodas y los divorcios express, tienen su origen en la fundación del franciscano aragonés Garcés. Y aprovechando la chanza, no pude dejar de evocar el sabio aprendizaje sobre el choque de la cultura rural y urbana a través de la disputa por el voto del Señor Cayo de la novela de Miguel Delibes. 

El señor Cayo, octogenario por imposición y aldeano por elección natural, es uno de los tres habitantes perdidos de un pueblo sepultado por el olvido en el norte de la Castilla tradicional. A su alrededor, el campo y nada más, una realidad telúrica y sacra en su modo de concebir la vida mundana, un concepto adensado donde no tiene cabida ni explicación la modernidad. El cosmos sacro de la vida en el agro, el «axis mundi», es una constante en la literatura de Delibes, tanto en los «Diarios», donde Lorenzo cree que su edén primigenio es el campo donde puede desarrollar el arte y oficio de la caza, como en «Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso», en el que Eugenio dedica a derrochar horas y labor en su jardín, una especie de paraíso plácido e ignoto donde no alcanzan a llegar los estallidos de la civilización. Por no hablar, de Daniel «el Mochuelo» en «El camino», que renuncia al éxodo diario de sus paisanos a la ciudad, porque conoce del poder transformador y perturbador de la urbe, y lo desprecia. En «El disputado voto del Señor Cayo», el protagonista presenta y representa un mundo lírico, labriego, el de la aldea de Cureña. Cayo es un campesino, de alma y cuerpo entero. Y como Delibes juega con la etimología de los nombres, bien pudiera pensarse en Cayo como un redivivo Caín o como la traslación coetánea del viejo San Cayo, un Papa del siglo III que pasó los últimos ocho años de su pontificado oculto en las catacumbas de Roma. Nuestro Cayo castellano revela también, haciendo uso de la técnica binaria tradicional de la novelística de Delibes, que el pueblo entero de Cureña se ocultó durante la Guerra Civil en las cuevas de las cascadas del río para eludir el conflicto. Como afirma uno de los personajes adventicios que llega de la ciudad cuando escucha la narración del anciano, «Vaya un escondrijo más cojonudo, oiga. Aquí no hay dios que le encuentre a uno». 

Y en ese paraje mesetario, casi páramo de vida, acuden unos muchachos de ciudad, militantes de un partido político, para conseguir su voto en las próximas elecciones. Y allí el choque cultural. Lo ancestral frente a lo contingente. Lo inalterable frente a lo mutable. Lo individual frente a la masificación. Lo natural frente a lo artificial. Lo mudo frente al ruido. Hay que recordar que Cayo, un hombre corpulento, de mirada perspicaz y hasta maliciosa en ocasiones, de hablar parsimonioso, desdentado y de ordinario impasible, vive en el pueblo con su mujer muda y con otro paisano con el que no se habla: «También queda ese, pero háganse cuenta de que si hablan con ese no hablan conmigo». Cayo practica el senequismo a cada momento, platicando con la sorna de quien, finalmente, se sabe cubierto de la intemperie de la inseguridad que deparan los tiempos modernos. Cuando Víctor y Rafa, dos de los jóvenes ayunos de conseguir votos en una tierra que desprecian en su ignorancia, le preguntan a Cayo que haría se el mundo se hundiera, y contesta a la gallega, «¿Qué quiere que le haga yo si el mundo se hunde?»; o cuando los recolectores de votos le indican que su programa está basado en el orden y la justicia, el anciano les espeta «¿Orden dice? Eso aquí de más. Ya ve». O cuando le insinúan que llegados los derechos sociales debe dejar de trabajar a su edad: «¿Es que también va usted a quitarme de trabajar?». Los hombres de la ciudad a la caza del voto representan, al fin y al cabo, al «hombre-masa», a una sociedad prejuiciada y jerarquizada, donde no existe libertad de pensamiento sino que rige el pensamiento del grupo dominante, y por eso, se hace más visible en la paradoja del contraste de ese doble mundo, la independencia del labriego, su serenidad, su silencio buscado porque bullen los sonidos en la realidad de su campo, su pensamiento íntegro y autónomo: «Ese tío sabe de darse de comer, es su amo, no hay dependencia, ¿comprendes? Esa es la vida, Dani, la vida de verdad y no la nuestra». 

Alcanzado este punto, adviértase de la contraposición entre el mundo urbano y el rural, como ha de percatarse el lector de la letal diferencia entre la concepción de la moralidad individual en el campo y la artificiosidad de la política en la ciudad. Los jóvenes de la ciudad de esta novela son superficiales, despreciativos, alicortos y banales tanto en el fondo como en la forma de actuar. Muy propio de los tiempos modernos. En el fondo, improvisan un estúpido plan para atraer el voto de Cayo, pues ellos mismos lo tienen como un «rollo» y una «parida de costumbre» y todo ello lo aderezan con tópicos materiales tan utilizados como escasamente analizados, como son el abandono secular o las estructuras medievales de los paisanos del pueblo. En su estropicio mental, en ocasiones se presentan como profesionales de la política al servicio de los ciudadanos, y, en ocasiones, como meros instrumentos vicariales para el reparto de la propaganda electoral, pues lo demás, los vecinos, apenas importan. Formalmente, los jóvenes adanistas de la política enrolados en la vieja fórmula de la obtención del voto al precio moral o económico que sea, trufan su discurso de expresiones imprecisas y emergentes, tan vacías como las cuencas de los alveolos de los dientes de Cayo: «soltar la parida», «enrollarse», «alucinante», «te clavan una pasta», «mola cantidad», «joder tranquilo», «macho». En ese universo minúsculo de expresiones a los jóvenes les cabe casi todo, frente a Cayo del que brota de su boca un lenguaje quirúrgico, de una determinación casi sacra, donde cada palabra tiene un contenido, y cada contenido una palabra, y donde cada cualidad tiene su adjetivo y cada hecho, su sustantivo. Dos cosmovisiones enfrentadas y un modelo binario de abrazar la realidad, por un lado, tres profesionales de la nueva política, adoctrinados en el ejercicio de la seducción artificial y en la impostura de valores acorralados repentinamente por al inmanencia de Cayo, el mito, el hombre sin pecado y sin necesidad. El nuevo y el viejo mundo, y el apostolado sencillo para obtener el rendimiento inmediato del voto. Víctor llega a indicar a sus correligionarios, con tono imperturbable que «Al elector sólo hay que decirle tres cosas, así de fácil: Primera, que vote. segunda, que no tenga miedo. Y tercera, que lo haga en conciencia». 

Espacio clausurado y espacio abierto. Mundo sagrado y mundo profano. Campo y ciudad. Dos universos que se concitan en la obra de Delibes y que no reniega de ninguno de ellos, a pesar de su clara vocación ruralista. Así se expresa Delibes en el prólogo de su Obra Completa: «El campo, lo rural, está lleno de vicios, pero el campesino no es responsable de ello; en cambio, el vicio urbano es un vicio más consciente; un vicio no fraguado, salvo en ciertos estamentos, por la sordidez y la incultura, sino por el tedio y el refinamiento. Los pecados campesinos son, pues, no solo más primitivos que los urbanos sino también más disculpables. Y a «sensu contrario», la virtud campesina, no sólo es más fragante que la urbana, sino además más meritoria». Es una visión más de entomólogo que de antropólogo, donde no cabe redimir al hombre del campo que, por sí mismo, ya es redentor. En este extremo, no hay nada de malo en defender las virtudes del campo pero también de la ciudad, del mismo modo que no hay impedimento alguno para zaherir las nuevas costumbres, que no son más que entretelas de la vieja política, para afear algunos comportamientos de la moderna política redentorista, tan mutante como imprecisa. Y recuérdese, como diría el señor Cayo, que «la sombra de la nogala es traicionera» o que «el lagarto para las abejas es peor que el picorrelincho». Pues huyamos de la nogala y del lagarto, aunque el caimán no se vaya todavía a Barranquilla. Por eso, a lo largo de los últimos días de agosto y principios de septiembre, cuando en el Congreso de los Diputados se ensayaba un nuevo intento de investidura, divisé a nuevos urbanitas, cuyo lenguaje más recordaba al discurso atrevido e ignorante de los mezquinos jóvenes de esta novela, que se revelaban a sí mismos como mesías de una nueva era, cuando no podía haber más carcundia en su lenguaje. Pero que nadie se lleve tampoco a engaño. En Cortes Generales hay Cayos rurales y hay jóvenes de ciudad, puede haber mitos y timos, señores de recias costumbres parlamentarias y señores de parlamentos incomprensibles, pero todas esas orbes, esos dominios están abocados a entenderse. En la obra de Delibes está presente el proceso de descompresión post franquista y arriban las dos Españas, la de Caín (Cayo) y la de Abel. Presentar el debate reciente de investidura como un enfrentamiento entre las dos Españas, o invocar el franquismo en la España de los drones y de la Alta Velocidad es más estulticia que ideología. No cabe ya la nostalgia, ni siquiera como refugio de mediocres. Tampoco cabe ya la resignación. Delibes presentó a las dos Españas en su misma medida, antagónicas pero posibles, y en ese encuentro posibilitó que se conocieran. Esas dos cosmovisiones deben abrirse y reconocerse mutuamente. El mismo Delibes lo explica con prístina claridad al referirse a «Cinco horas con Mario»: «Junto a la contraposición de caracteres de Mario y Menchu, en la figura del hijo está la esperanza. /…/ El chico habla a su madre, en las últimas páginas del libro, en un tono afectuoso y trata de hacerle comprender que los buenos no son los de la derecha ni los malos los de la izquierda, sino que todos, a la derecha y a la izquierda, somos buenos y malos, que lo que hay que hacer es tratar de hablar y comprenderse, abrir las ventanas en un país que no las abre desde siglos. En fin, esta actitud del chico, de reconciliación, opuesta a nuestro tradicional maniqueísmo, comporta un rayo de esperanza. Si los jóvenes fueran así, es evidente que pasado mañana dejarían de existir Menchus en el país». Mientras tanto, habrá que alzar los ojos y poner la vista en el diputado por Teruel, Ohio español, y recordarle que «la madera de chopo es ligera y aguanta» y que «el momento de replantar las remolachas debe coincidir con la luna en cuarto menguante». Y como los hombres de Teruel son personas inteligentes y cabales, no hacen falta más indicaciones.

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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