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Dostoievski en Octubre (o la violencia o la nada)

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«El europeo vive sin Dios, y es obligado a constatar que vive bien. Pero también vive como si el mal no existiera, y corre peligro de acabar mal». Pocas frases condensan en tan pocas palabras el debate cercado en el mundo de la intelectualidad europea reciente acerca de la banalidad de los valores, del ocaso de los principios judeo-cristianos o de los costes de la sociedad opulenta y de su renuncia al compromiso social en favor de la comodidad propia de las sociedades de consumo. El autor de estas palabras es André Glucksmann, filosofo francés fallecido en noviembre del año pasado, probablemente uno de los pensadores que más ha atinado en la detección del mal de la debilidad ética contemporánea y de la indiferencia, algo así como un nihilismo de nuevo cuño soportado por la extraña complacencia de los ciudadanos del mundo que rechazan tener que enfrentarse al debate moral del bien y del mal. Reconozco mi simpatía por Glucksmann y reconozco que hay que compartir cierto coraje para revelarse contra la indolencia actual. En los últimos años no he podido evitar denunciar en muchas intervenciones y conferencias el estado de conformismo de las sociedades modernas y reconocer mi ofuscación por la renuncia inexplicable de ciertos grupos políticos para combatir el mal, en cualquiera de sus manifestaciones internacionales. El mal se presenta para el buenismo ideológico como una inconveniencia, como una realidad a esconder, puesto que, de lo contrario, se ven compelidos a manifestarse, a tomar posición. Por eso, algunos esconden sus carencias morales e ideológicas en el alineamiento gregario en torno a posiciones que no disgustan a la manada a la que pertenecen. Si un ser de doctrina radical e inteligencia pírrica hace una chiste sobre judíos en un cenicero, descuiden que su grupo lo justificará, siquiera sea en el contexto. Atención a los que se justifican en el contexto, porque solo buscan pretexto para sus prejuicios. Para la conciencia liberal, no hay nada que más repulsión provoque que el adoctrinamiento y el gregarismo. Y como  el comfort de las sociedades avanzadas, instaladas en la playstation, el pokemon go o en el botellón, rehusa reconocer la existencia del mal, buscará justificación para, o no reconocerlo, o para explicar su situación invirtiendo la carga de la prueba. Hay un parteaguas entre el bien y el mal. Sí. Para quienes el maniqueísmo es una vulgar simplificación, pónganse cómodos en el sofá mientras ven la televisión porque vienen curvas. Y cuando contemplen un atentado masivo en cualquier país europeo o un anormal con una rifle asesinando en un colegio en Estados Unidos tendrán dos opciones: o cambiar de cadena, o buscar una justificación en el capitalismo, Dios, Reagan o en el liberalismo para prestar motivación a tan deleznable acontecimiento. Y todo por no reconocer el mal. Pues bien, quizá podamos encontrar algunas claves para entender este fenómeno en la obra de Dostoievski, al que, tras los atentados del 11 de septiembre de 2011, ya dedicó un libro Glucksmann bajo el título de «Dostoievski en Manhattan». 

«Si Dios no existe, así como la inmoralidad del alma, todo es permitido». Casi un siglo y medio después, esta proposición del novelista ruso sigue estando presente. Probablemente más que nunca cuando la sociedad camina descreída y resuelta a evitar dilemas morales que le enfrenten al espejo de sus contradicciones más íntimas. Para Dostoievski existía una capacidad libérrima del ser humano de escoger libremente entre el bien y el mal, ligada en muchos casos a la doctrina de la fe que encauzaba las morales individuales del pueblo ruso. Hay un principio casi primigenio donde el hombre distingue entre el bien y el mal, un saber innato que no debería corromperse por la influencia social ni por el determinismo sociológico. Pueden existir dudas existenciales para el hombre, pero para Dostoievski presiente esa división connatural sobre lo que es correcto y lo que es incorrecto. En la actualidad, lo correcto socialmente es la inacción,  la socialización de la culpa para no enfrentarse a la culpa de uno mismo, el extrañamiento del mal. Lo incorrecto es tomar partido sin conciencia de pertenencia a la manada adoctrinada, de reconocer en uno mismo también parte de los problemas de debilidad que azota a nuestra sociedad, como inadecuado es reconocer que existe el mal. Toda la vida se ha podido esconder la basura debajo de la alfombra, pero, al fin y al cabo, basura es y sigue existiendo debajo del paño. Es el moderno nihilismo, el rechazo de partida y sin principios de todo valor, el abismo de las conciencias dormidas que impiden despertarse ante sus propias pesadillas. Los personajes de «Los hermanos Karamazov», «Crimen y Castigo», «Humillados y ofendidos», «Los demonios» o «El idiota» son paradigma del nihilismo literario pero, ante todo, del nihilismo social. Todos han perdido sus referencias morales y pro eso delinquen y asesinan. La nada ocupa el espacio liberado en el pensamiento para tomar partido por el bien, pero repentinamente se quedan huérfanos, y optan neutralmente por el mal. Dostoievski da respuesta a este vaciamiento de valores por la pérdida de la referencia a los principios cristianos: «Prefiero equivocarme con Cristo que tener razón sin Él». Sin duda, es una vertiente del problema pero no la única como se verá a continuación. 

No deja de ser perturbador que mientras una mitad del mundo invoca a su Dios para prestar apoyo y fundamento moral a su maldad, la otra mitad esconde y niega a su Dios tradicional, dizque por trasnochado y por haber caído en desuso, que la comodidad lastra la conciencia religiosa. Pero como decía antes, no puede convertirse este asunto en un mero problema traumático de raíz religiosa. Por ejemplo, en la obra de Dostoievski hay quienes intentar ocupar el papel de Dios racionalizando el hecho mismo del asesinato, como Kirillov y Verjovenski en «Los demonios», o quienes intentar ser titulares de un derecho natural a dar muerte a un prójimo, como es el caso de Raskólnikov en «Crimen y castigo». Pero quisiera detenerme en el personaje de Stavroguin de «Los demonios» para quien el asesinato es un derecho propio de la conciencia del «superhombre», un ser nihilista al que dar muerte es un mero placer, al modo de Sade, porque ha perdido toda conciencia sobre lo que está bien y sobre lo que está mal. ¿Y quiénes mueren? Los más vulnerables, los más indefensos, los que carecen de protección, y no solo en «Crimen y Castigo» y en «Los demonios» sino también en «El adolescente», en «Humillados y ofendidos» y en «Los hermanos Karamazov». Dostoievski siempre entendió la ficción literaria a partir de un derramamiento de sangre sobre el que fabricaba su tragedia. Una tragedia que él entendía que era la de su época, pues veía que los valores que tradicionalmente se habían considerado universales, y para él anudados al culto a Dios, se veían corrompidos por una sociedad desnortada y cada vez más atea. E insisto que no debe reducirse la reflexión a una supuesta, por cierta, pérdida de referentes religiosos, sino que debe extenderse, por cierta también, a una pérdida de valores inherentes al ser humano e intuitivos en su definición, sobre lo que es el mal y lo que es el bien, pues en nuestras manos esta elegir la senda que tenemos que recorrer. 

Una vez diagnosticada la patología procede investigar las causas y las responsabilidades de esta sociedad venida por el determinismo, y ahora en tiempos recientes, por la comodidad y la indiferencia. Para Dostoievski las enfermedades del alma no derivan de una cardiopatía congénita sino de elecciones equivocadas, de modo que en un estado de plena libertad, ayunos de los valores tradicionales, somos culpables de haber errado en las alternativas. Y ya he indicado previamente que las sociedades débiles, incapaces de dar respuesta a sus dilemas éticos, se manejan en el arte de la socialización de la culpa, así la culpa propia es inexistente. Y como hay muchos que son además incapaces de urdir un argumento medianamente inteligente para volcar la responsabilidad en otros, tiran de manual o de periódico para reproducir el contenido de la cháchara del rebaño. Cuando se lee o escucha el discurso rampante sobre problemas de política internacional, ya sea en Oriente Medio, en materia de inmigración islámica, o sobre el pasado, presente y futuro del Estado de Israel, dan ganas de convertirse también en un nihilista, aunque sea por evitar entender estas posiciones. No hay un ápice de verdad en muchos prejuicios, salpicados de falacias históricas y cuentos de noche de verano, pero cuidado con apartarse un centímetro de la doctrina oficial de partido, que acabas muerto. Hasta el punto llega el adoctrinamiento, que los gregarios arremeten con ensañamiento contra pueblos completos, Estados y naciones, como si les fuera la vida en ello. Y en algo les va la vida porque más de uno vive de la mamandurria de la pertenencia al grupo. 

Por todo ello, no es de extrañar, en un mundo tan apegado a su comfort vital y tan apagado de su hálito de pensamiento y posicionamiento liberal, que determinadas psicologías individuales nacidas de este estado general de orfandad lleven a desastres inimaginables hasta hace poco. Desde el príncipe Myshkin hasta Versílov en «El adolescente», el primero por su carisma totalitario y el segundo por su liderazgo mundial, acaban condenando a sociedades enteras al desastre privado. Dostoievski fue un visionario, a su manera, al concebir la utopía, fatalmente convertida en realidad en el siglo XX, de idear un mundo dirigido por un ser de moral invertida pero de gran arrastre de masas, obsesionado con su razón de maldad, y confiado en la ignorancia de todo un pueblo que no se puede rebelar. Anticipaba así Dostoievski el nacimiento de los totalitarismos del siglo XX, incitados por una moral individual distorsionada y excitados por una sociedad informe y desprovista de respuesta ante la maldad. El potencial destructivo del hombre fue puesto a la intemperie por el autor ruso, máxime cuando se deja elegir libremente y el hombre tiene que elegir en una habitación a oscuras y sin ninguna luz que ilumine el camino. Es el nihilismo forjado en la maldad del líder totalitario y en la maldad de la sociedad dominada, una sociedad formada por súbditos sin voz ni opinión propia. Es el nihilismo forjado en la maldad de la sociedad que reniega de sus principios y que rehuye afrontar las patologías del mundo, porque la cobardía siempre es más confortable que la audacia. Es el nihilismo también de una sociedad que no reconoce en sí misma ninguna culpa ni responsabilidad, que vive cómodamente en la indiferencia, y que, como tal, es víctima de un totalitarismo silencioso, causado por su propia falta de conciencia y de espíritu crítico de libertad. 

«He de decirle sobre mí mismo que soy hijo del siglo, hijo del ateísmo y de la duda, incluso hasta ahora e incluso lo sé hasta el féretro. Qué terribles tormentos me ha costado esta sed de fe, que es tanto más fuerte en mi alma cuantos más argumentos contrarios se presenten». El nuevo milenio ha arrancado también preso de la duda, del nihilismo y de la apatía e impasibilidad. Y, por eso mismo, han caído rascacielos en Nueva York y ha habido derramamientos de sangre en Europa. Y previsiblemente los seguirá habiendo. Porque existe el mal. Sí, existe el mal. Y sobre todo lo afirmo para aquellos que categóricamente defendían en cafés de transición el papel de determinados héroes, que lo fueron y lo proclamo, y que participaban a principios de siglo XX a título individual en las guerras contra la opresión totalitaria. ¿Dónde están esos héroes? Pero, sobre todo, ¿cómo es posible que los mismos que defendían el mayor acto de libertad heroica que era defender la dignidad y la vida frente a la opresión totalitaria, busquen coartadas de sociedad conformista para negar lo mismo en la actualidad? Entre el aleccionamiento ideológico rutinario y la cotidaneidad del buen vividor, menguan las razones para la rebeldía. Nos hemos hecho mayores y algunos no se han dado cuenta todavía. 

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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