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Dostoievski en octubre (o de la culpa y del error judicial)

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Una de las principales virtudes de la obra de Dostoievski es que, muy a su pesar o a pesar de su intención original, sus tramas y sus personajes nos asoman a la sima de las cuestiones piramidales que condicionan la esencia del ser humano y la concepción misma de la humanidad.  Y es posible que no todo el mundo esté preparado para mostrarse en ese abismo, que no es otro que el destino mismo del hombre. Podrá afirmarse sin reparos que las ideas fuerza de la narrativa del autor ruso son lineales y parcas, incluso muy rudimentarias (la defensa del nacionalismo ruso a ultranza basado en un concepto mesiánico de la misión del país en el mundo, el conservacionismo y la autarquía frente a la vanguardia tecnológica, o el antisemitismo como bandera), pero, en cambio, no podrá negarse que el análisis psicológico de los personajes y el desarrollo de la trama en cada una de sus novelas, nos envuelve en un «escalofrío», con el que, en palabras de Stefan Zweig, «descubrimos en su obra y su destino la misteriosa hondura de toda la humanidad». Porque, además, como ocurre en «Los hermanos Karamazov», la trama se teje y desanuda a cada momento, deshaciéndose en varias historias que confluyen hacia un eje cenital, la historia de un crimen, un parricidio. Cada personaje representa una visión de la realidad, se convierten en sujetos con un discurso y lenguaje propio, y dejan de ser objeto narrativo para superar a su creador. Pero frente a sus ideas de contenido lineal, los personajes componen una polifonía de voces y comportamientos que van evolucionando, de modo que un personaje puede ser bueno y malo de acuerdo transite por la obra, y por eso parece que cobren vida propia. Nos sorprende cómo la trama encamina a cada personaje a su propio destino, en juego el libre albedrío, y acaban siendo imprevisibles e inasibles. Parece, pues, que Dostoievski pierde el control de sus personajes, algo así como la conciencia de una Rusia que no puede controlar a sus ciudadanos, presos del nihilismo y del ateísmo, y como un narrador ausente, deja que sus personajes muten, pasando a ser un mero observador de sus creaciones liberadas. Frente a Dickens, donde la caracterización del personaje es indeleble de principio a fin, y no infunde ninguna carga de incertidumbre sobre su evolución, en Dostoievski los personajes son un tiovivo de emociones, donde la bondad puede sustituir a la crueldad, y el amor al desamor, o incluso es posible amar y odiar simultáneamente. 

«Los hermanos Karamazov» es la historia de un crimen. Y la historia de un procedimiento judicial, de la instrucción de un sumario y de un juicio oral. Y de una condena a manos de un jurado. Pero para reconocer la tragedia que esconde la obra y que da cobertura argumental al parricidio, conviene indagar previamente sobre la caracteriología de sus personajes principales («dramatis personae»), que por mor de la extensión de esta entrada concentraré en los personajes centrales masculinos: 

1. Fiodor Pavlovich Karamazov (55 años): el padre que será asesinado. Un ser corrupto, vil, miserable, insensible, lascivo e inmisericorde. Se casó en primeras nupcias con Miusova, con la que tuvo un hijo, Dimitri. Reventada por su marido, decidió huir de casa a los tres años de convivencia y murió abandonada de fiebre tifoidea, sola y desamparada, en las calles de San Petersburgo. Tras su muerte, Fiodor se olvido completamente de que tenía un hijo, que quedó a cargo de un criado, Grigori. Volvió a desposarse por segunda vez con una joven de dieciséis años, Sofía Ivanovna, a la que injurió sexualmente hasta la humillación, perturbándola al punto de morir a los ocho años de casarse. Tuvo dos hijos con su segunda esposa, Iván y Alexei. Pero de su naturaleza depravada concibió un cuarto hijo, Pável, un discapacitado mental y epiléptico, tras violar a una mujer enana y muda, después de una noche de desenfreno en que se apostó con sus compañeros de juerga que era capaz de tener sexo con el personaje más contrahecho y pérfido físicamente que se conocía. 
  

2. Dimitri Fiodorvich Karamazov (29 años): el hijo primogénito. Un personaje de entrañas nobles, pero con un comportamiento disoluto, violento y desenfrenado. Como se ha indicado, y habida cuenta de que el personaje evoluciona, antes de que fuera detenido injustamente por el asesinato de su padre, muestra su carácter más convulso, su irascibilidad, su afición a las bebidas y a la camorra, su carácter impulsivo y desmesurado, para después dar paso a un personaje retraído y reflexivo, emergiendo así su aspecto de hombre bueno. Dimitri regresa al pueblo para ajustar cuentas con su padre, al que detesta hondamente, y quiere poner orden en la herencia de su difunta madre. El vil padre no solo niega la deuda sino que reclama dinero a su hijo: «Con la sospecha de que nada de eso era verdad, Dimitri quedó estupefacto, se enfureció y casi se volvió loco». Dimitri es la conciencia profunda de la Rusia clásica, la que no cambia, la Rusia bárbara. Encarna los valores de la tradición y de la resistencia al progreso.  
  

3. Iván Fiodorvich Karamazov (28 años): es el contrapunto de Dimitri y, por ello mismo, su principal peligro. Intelectual universitario, calculador, cínico y ateo. Hay una clave para entender el futuro desarrollo de la trama y su intervención en el asesinato de su padre cuando reconoce, en uno de sus extensos parlamentos, que no cree en la inmortalidad del alma, de modo que en este trance, queda arrumbada la expectativa del castigo en la vida eterna y, por consiguiente, «todo está permitido». Llega a declarar y es fuente de comprensión de toda la trama posterior y, a su manera, de todo lo que estaba ocurriendo en Rusia en ese momento que «en efecto: creo que sin inmortalidad no hay virtud». Odia también encarnizadamente a su padre. Iván encarna la posición de los nuevos ideólogos en una Rusia que sea abate en su pérdida de la fe y de la conciencia nacional. Iván es el nihilista, el desaprensivo moderno, el que pugna por una Rusia occidentalizada que renuncia a todo aquello que la hizo grande como nación.  
  

4. Alexei Fiodorovich Karamazov (19 años): es la proyección de Dostoievski en la obra, su héroe, el portador de las ideas de la utopía rusa que el autor propende. De hecho, tiene un rol secundario y no participa en el parricidio, puesto que como declaró Dostoievski pretendía escribir una nueva novela con Alexei como personaje central, iniciativa inabordada porque el novelista murió a los tres meses de concluir «Los hermanos Karamazov». Vive interno en un monasterio, usa hábito y es uno de los acólitos del starets Zósima, de modo que desarrolla una profunda religiosidad no exenta de contradicciones. Alexei prefiere a su hermano Dimitri, porque pese a su tormento interior, vislumbra en el nobleza de espíritu, y porque acaba alcanzando también un estado de espiritualidad profundamente cristiano tras su injusta condena. Todo lo contrario que Iván, que por su comportamiento mendaz y por su condición de ateo, le produce vivo rechazo. Es consciente de que el drama es inevitable: «Mis hermanos se van a perder … También mi padre lo hará. Y otros caerán con ellos. Es la «fuerza de la tierra», algo que caracteriza a los Karamazov …; una fuerza ciega y vienta, bruta … No sé si Dios alcanza a dominar una fuerza así … Y yo sé que soy un Karamazov … un monje, sí, un monje … Como usted dijo recién: soy un monje … Y, bueno, no sé si creo en Dios».  
  

5. Pável Fiodorvich Smerdiakov: hijo ilegítimo del padre y autor material del crimen. Es un mero instrumento para ejecutar al padre, pues es pertubado y seducido conscientemente por Iván, calculador hasta el extremo de llevar a su hermanastro al asesinato. Es una excrecencia humana, nacido de una violación, relegado al servicio doméstico de la casa, donde es víctima de toda suerte de sevicias y vejaciones. Vive sin conciencia de mal ni de bien. Es un objeto funcional en un mundo de dominadores y dominados. No piensa, simplemente se desliza silentemente por la casa para acatar las órdenes de su amo. Es víctima de la ignominia de un padre depravado y de su hermano, Iván, que recurre a su autismo para ir concibiendo en él el germen que finalmente ejecutará del parricidio de Fiodor. Confiesa a Iván que es el asesino de su padre antes de suicidarse, sin que su culpabilidad se haga pública. Iván guardará silencio, consciente de que ha sido el ejecutor indirecto y que es depositario del testimonio de su hermano culpable. Como resultado de todo ello, Dimitri es condenado injustamente a pena de veinte años de trabajos forzosos en Siberia. 

Apurado el análisis de los principales personajes, se ha de fijar el foco en el momento de la terminación del sumario, donde el juez de instrucción declara que Dimitri es presuntamente culpable del crimen y se decreta su detención definitiva. Llama la atención desde el punto de vista estrictamente procesal que durante la instrucción Dimitri no contó con la asistencia de un abogado que le hubiera podido asesorar sobre la conveniencia de guardar silencio. De hecho, las declaraciones del primogénito le perjudican gravemente, fruto de la presión intolerable que sufre del juez instructor y del fiscal. En particular, llama la atención cómo el juez instructor llega a humillar al procesado, cuando ordena que lo desnuden en presencia de personas ajenas al proceso. Pero si en la praxis del procedimiento se aprecian estas anomalías, resulta singularmente conmovedora la conversión del espíritu de Dimitri cuando le es comunicada su imputación. Aún reconociendo que él no es asesino, acepta la imposición del castigo, porque sitúa la voluntad al mismo nivel que la acción, y porque juzga la pena como un medio de redención espiritual: «Ahora entiendo que a los hombres como yo les hace falta que el destino los castigue, una fuerza exterior que los sujete, como un lazo. Nunca hubiera podido volver a levantarme sin esa ayuda. Ha caído el rayo. Acepto el tormento de la acusación y el de la vergüenza pública. Quiero sufrir y redimirme con eses sufrimiento (…) Si acepto este castigo no es por haberlo matado sino porque me propuse hacerlo y porque quizás hasta lo habría hecho». 

El juicio oral despertó una gran atracción en toda Rusia. El Tribunal lo formaron tres personas: el presidente, un asesor y un juez de paz honorario, mientras que el Jurado se conformó por cuatro funcionarios, dos comerciantes y seis hombres más de extracción social baja (artesanos y campesinos). Y como ha ocurrido siempre, no pasó desapercibida la composición y extracción de los miembros del Jurado, dando paso a una crítica de la institución que, de un modo u otro, sigue presente actualmente: «Parece mentira que un tema de tanta complejidad psicológica se someta a la consideración de un funcionario y de un mujik. ¿Qué criterio puede tener esa gente?» Tras el alegato final del abogado de Dimitri en el que llega a invocar la compasión cristiana de los miembros del Jurado, se retiran a deliberar para pronunciar una hora después el veredicto de culpable. Dostoievski quiso así que Dimitri fuera condenado y que sirviera su castigo como un acto de contrición y redención suprema. Bien es cierto que en la actualidad no podría Dostoievski haber llegado a idéntico desenlace, porque hoy emplearíamos técnicas modernas de huellas dactilares y ADN, y se hubiera comprobado la verdadera identidad del parricida. En «Diario de un escritor», en los últimos días de su vida, Dostoievski llegó a cuestionar la labor de muchos abogados sin escrúpulos y de la repugnancia que algunos de ellos tenían por la verdad. Y puso en cuestión también el papel de los Jurados que, por aquel entonces, se inclinaban en la realidad por la absolución en la mayor parte de los casos. Y es que Dostoiesvki en el dilema entre absolución y condena, prefería siempre esta última porque, en su opinión, «el castigo no agobia, sino que alivia». No cabe duda que muchas cosas han cambiado en estos ciento cincuenta años, pero siempre habrá margen para el error, expresión de poder ya que no de voluntad. Y, desde luego, la culpa, porque entre las enseñanzas del starets Zósima siempre quedará la siguiente: «Hasta si eres juez de profesión, ejerce tu ministerio usando esta enseñanza, porque una vez que se marche, el culpable se va a juzgar a sí mismo más duramente de lo que podría hacerlo ningún tribunal». 

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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