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Dostoievski en Octubre (o el día que Richard Gere dijo que había que matar a los banqueros)

En noviembre de 2015 padecí un ataque mitomaníaco y me dirigí presto al desayuno que en el Hotel Ritz ofrecía Richard Gere, a propósito de la presentación de la entonces su última película «Invisibles». Aprovechando este hito de la historia del cine, accedió a compartir con los madrileños sus inacabables reflexiones sobre la vivienda en el mundo. Vaya por delante que es un hombre tan extraordinariamente atractivo, como desafortunado actor, y siento si esta afirmación no se compadece con alguno de los lectores de este blog. Mientras escuchaba su discurso, trufado de convencionales maneras cinematográficas, recordaba que todavía hay quien le superaba en ese ranking del que solo yo soy responsable y autor, Kevin Costner. Pocos saben que el primer papel de Kevin Costner fue para la película «Reencuentro» de Lawrence Kasdan, pero que, habida cuenta de la escasa calidad de su interpretación, el director optó por suprimir sus escenas del metraje final. Ocurre que en esas escenas interpretaba el papel de muerto. Y en esas andaban mis pensamientos, cuando, a bocajarro, nuestro American Gigolo descerrajó la siguiente frase: «Hay que matar a todos los banqueros». Para mi sorpresa, la totalidad de las salas atestadas del hotel rompieron a reír con la broma, pues tal era la chanza, y de nuevo pensé la facilidad que algunas personas tienen para componer «jocandi gratia» toda suerte de requiebros y gracejos, y la proscripción penitenciaria, por penitencia, que otros tienen si desearan gastar semejantes humaradas. En las entretelas de mi nebulosa angelina, pensé si esa afirmación era propia de un Oficial o de un Caballero, si se la había soplado su perro Hachiko, si todavía estaba bajo el influjo sempiterno de las piernas de Julia Roberts, que según las malas lenguas, eran dobladas en la película de marras, quizá su mejor interpretación, o si el Dalai Lama se lo había revelado en una noche tibetana. Cualquiera que fuese la raíz del pensamiento de tesis del autor, y mientras una turbamulta se dirigía a estampar su imagen con el móvil con el bueno de Gere, pensé en «Crimen y Castigo». 

Desde que se publicara la novela en 1866, hay que reconocer que despertó un inusitado entusiasmo, inicialmente en una Rusia atrapada en una metamorfosis modernizadora e ilustrada, que pronto se propagó por toda Europa, erigiéndose Emilia Pardo Bazán en una de sus más ilustres valedoras en nuestro país. Un Dostoievski psicólogo, de estirpe reaccionaria y ahíto de un sentimentalismo rotundo en sus personajes, nos regaló una obra maestra, una obra que, como expresaría años más tarde Nabokov, arranca a sus personajes el último cuajo de patetismo para convertirlos en carne descuartizada ante los ojos del lector. Y entre esos personajes, un estereotipo literario, a la sazón el más recordado de la literatura rusa, como es Rodion Romanovich Raskolnikov. Rasolnikov es un joven orgulloso, de origen no menesteroso, nacido en provincias que se dirige a San Petesburgo a estudiar Derecho, con el único objetivo de poder sostener económicamente a su madre y a su hermana. Arranca el libro con una imagen de extrañamiento propia de la obra del novelista ruso, pues nuestro protagonista vive en un cubículo arrendado de bajo techo, donde no podría permanecer erguido una persona alta. Además no ha comido en los últimos dos días y se debate sobre si debe salir o no a la calle, envuelto en una ropa miserable. No debe pasar desapercibido para el lector avezado que ese cuchitril no es sino la representación escénica de una tumba, de un espacio de sufrimiento y mortificación. El «locus», el espacio en la obra del novelista ruso presenta las características propias de sus personajes y de las situaciones que se desarrollan en la trama. Solo en un lugar infecto y despegado de la realidad, puede tener lugar la transformación demoníaca del personaje, ya que en palabras de Rasolnikov es él como una tortuga en su caparazón, al tiempo que es el espacio donde reflexiona sobre su teoría del asesinato y sufre el tormento de la conciencia despierta, o el lugar donde se producen sus tres primeros sueños. Sea como fuere, fruto de la desazón, de la pobreza y del cansancio, abandona nuestro personaje principal los estudios y planea la muerte de una abyecta y vieja usurera, una prestamista miserable que vive ofensivamente a costa de las estafas a sus prestatarios. Ejecuta el plan, convertido de golpe en superhombre, investido del poder de disponer de la vida de la mugre y el lumpen social y moral. Pero nada será como parece en esta novela, donde, al igual que en otras obras del autor, los personajes cobran vida propia, se apropian del aliento creativo de la pluma de la autor, y lo abandonan a su suerte. Porque Raskolnikov comienza a sentir el peso de la culpa de las vidas que se va cobrando y desarrolla así un sentido voraz de recibir castigo por el crimen cometido. Paradójicamente, el castigo no vendrá del sistema judicial, toda vez que una serie de casualidades y azares narrativos separan las sospechas sobre el autor de los crímenes. Será el propio personaje el que padecerá su propio tormento moral y se autoperseguirá, provocando la destrucción de ese superhombre, de su propio yo, como un lázaro revivido. 

Dostoievski psicólogo. No cabe duda alguna de que en esta obra el narrador ruso presenta algunos de los planteamientos más cruciales que preocupaban a los hombres de pensamiento de la época, y que al cabo de las décadas siguientes fueron desarrollados por Nietzsche y por el propio Freud, que siempre destacó el grado de penetration psicológica de la obra de Dostoievski. Raskolnikov distinguía dos categorías de hombres: los ordinarios y los extraordinarios. Los primeros son seres vulgares y comunes, compelidos a cumplir la ley dada, sin derecho ni opción a violar la ley, mientras que los segundos, por el contrario, «tienen derecho, no oficialmente, sino por si mismos a autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos, en el caso de exigirlo así la realización de su idea, que en ocasiones puede ser útil a todo el género humano». No en vano, añade nuestro personaje convertido en superhombre, «los grandes constructores de la humanidad fueron constructores, ya que al dar nuevas leyes violaron en consecuencia las antiguas, observadas fielmente por la sociedad y transmitidas por los antepasados». Raskolnikov está más allá del jardín del bien y del mal, al grito nietzscheano de «¡Sólo el hombre superior llegará a ser amo!» o de aquella proclama de Zaratustra, según la cual «no me basta con que no cause daño el rayo. No quiero neutralizarlo, sino que ha de aprender a trabajar para mí».  

Dostoievski moralista y criminólogo. Hay un segundo personaje central en la novela, el reverso moral de Raskolnikov, que es el juez de instruccción Porfirio Petrovich. No puede entenderse el reverso como la antítesis del personaje, ya que el juez muestra cierta debilidad por el joven y hasta cierta conmiseración final. La antítesis de Raskolnikov es el propio Raskolnikov. Pero Petrovich juega con las incertidumbres y las ambivalencias del asesino y hasta le muestra la estrategia a seguir para su detención, cuando el juez le dice al joven, «si mando a detener a ese señor antes de tiempo, por muy convencido de que esté de que es el culpable, me privo de los medios ulteriores para dejar perfectamente sentada su culpabilidad (…) al encarcelarlo, lo tranquilizó, le hago recuperar su equilibrio psicológico; en los sucesivos se me escapará, se replegará sobre si mismo. Si, por el contrario, no lo mando detener, lo dejo obsesionado con el pensamiento de que yo lo sé todo. Se sentirá presa del vértigo, vendrá a verme a mi casa, me proporcionará infinidad de armas contra sí mismo y me pondrá en condiciones de dar a mi información un carácter matemático». De ese modo, el juez de instrucción no hace sino anticipar el final de nuestro asesino, que acaba sucumbiendo a su delirio paranoico y a su pérdida de conciencia de la realidad. El hombre extraordinario no era tal, sino un mero espejismo, de modo que sus ideas le devuelven finalmente contra él mismo: «¡No maté a una criatura humana, sino un principio! ¡Maté el principio, pero no supone quedar por encima de él, quedé al otro lado, quedé del otro lado …! ¡No he sabido más que matar!». En definitiva, la argumentación de Porfirio, el juez, no es sino la expresión brillante de cómo se explora el corazón de un criminal, una lección de criminología, para acabar arrastrando a nuestro personaje desolado por el lodazal físico y moral de las calles de la capital rusa, sin que encuentre consuelo en su insondable ignominia. El autor moralista nos descubre así que el crimen es un problema de raíz moral, por cuanto por mucho que la afrenta sea individual, el sacrilegio que se experimenta ofende a la moral colectiva.  

Dostoievski filósofo y romántico. Por absurda que pueda parecer esta paradoja, Raskolnikov cabalga entre dos aguas, entre el utilitarismo como móvil de su superioridad, hasta el romanticismo. El joven, de confusa conformación ideológica, no duda en incluir entre los individuos extraordinarios, entre los constructores del nuevo mundo, entre los salvadores, a Kepler, Newton, Licurgo, Solón, Mahoma y Napoleón. En su monomanía, el joven protagonista llega a justificar la libertad homicida de Newton o de Solón como legislador para cambiar la concepción ordinaria del mundo. Pero todo su pensamiento zaherido por una demencia que asoma desde el principio le lleva a proclamar a Napoleón como el epítome del hombre extraordinario, «el verdadero dominador, al que todo le está permitido». Es el culto romántico al héroe el que impele a Raskolnikov a cometer el asesinato, bajo la sombra de un Napoleón idealizado en la Rusia de la segunda mitad de la centuria. No tiene reparos en confesarlo a la prostituta Sonia: «quería ser un Napoleón». Y es el personaje de Sonia, un ser trágico que vende su cuerpo para atender a sus hermanos pequeños, un ser entregado al sufrimiento y a la religión, que no son aspectos contradictorios, el que le devuelve a la triste realidad. Así, cuando el joven le espeta «después de todo, Sonia, no maté más que a un gusano innoble y malvado», ella responde categóricamente, fe en ristre y cordura de vulgo, «¡pero ese gusano era un ser humano!». Ese enfrentamiento entre el nihilista que abominó de Dios, y la meretriz, María Magdalena, anudada a su fe incondicional, supone la redención del personaje central: «¿No podría tener yo los mismos sentimientos y convicciones que ella?». Y así es como Raskolnikov vuelve al seno de la comunidad de hombres ordinarios, a la libertad común, convertido en un Lázaro resucitado. 

El epílogo moral de la obra, el salmo a la culpa, al sufrimiento y a la libertad, viene de la mano del juez de instrucción, de cuyas palabras bien haríamos en extraporlarlas y proyectarlas a algunos de los crímenes que se producen en la actualidad en nuestro país: «un caso típico de ahora, de esta época nuestra en que el corazón de los hombres está confundido,… en que la existencia entera se concibe dentro del confort. Aquí se advierten ensoñaciones librescas, aquí está presente un corazón soliviantado por las teorías,… mató a dos personas para sustentar una teoría… mató y se tiene por un hombre honrado, desprecia a la gente y anda por el mundo como un ángel pálido… Entréguese a la justicia … de modo que su delito aparezca como una ofuscación, ha que en conciencia, una ofuscación ha sido … Ya no tiene fe en nada … Se inventó una teoría y ahora se avergüenza de que no sea válida ni tan original como usted creía. El resultado ha sido una vileza, cierto; pero usted no es un servil sin remedio… El sufrimiento también es una cosa buena. Acéptelo… Entréguese a la vida sin vacilar, sin vacilaciones… Usted no cree ya en su teoría». Y bajo ese epílogo, regresé a la conciencia de la luminaria de Hollywood y recordé otra afirmación que había dejado caer con su entonación de Filadelfia: «hay dos formas de pensar: vivir en una cápsula y aceptar sólo a los más cercanos en tu círculo o vivir pensando que estamos en el mismo barco». No sé si está solemne declaración es más propia de Julia Roberts/Sonia que de Richard Gere/Porfirio. No hacía falta pensar mucho. El actor impidió que nadie se hiciera fotos con él. Será que vive encapsulado. Que tiemblen Botín y González. 

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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