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García Lorca en noviembre (o Bernarda Alba en el Congreso de los Diputados)

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En una sociedad tan globalizada y tecnificada como la que vivimos y disfrutamos, es paradoja y motivo de reflexión que se haya desarrollado un nuevo modelo de tribalismo antropológico. Este modelo está inspirado más en un gregarismo básico, que en un sentimiento postmoderno de pertenencia e identidad social. Son múltiples las tribus, y algunas mutan y se transforman sin solución de continuidad, haciendo y deshaciendo comunidades de intereses, al abrigo de determinados fines generalmente de alcance inmediato. Pero de esta valoración antropológica, quiero destacar un aspecto que me viene llamando la atención en los dos últimos años y sobre el que he meditado en alguna intervención reciente. En España se ha producido una profunda transformación de los hábitos, pero no entendidos como costumbres al uso aristotélico, sino como vestimenta. 

Hay dos factores que han marcado la evolución antropomórfica de los españoles que han sido la transformación urbanística de las ciudades y la irrupción de una indumentaria «pret a porter», que iguala a los vascos con los andaluces, y a los catalanes con los murcianos, por más que les pese a algunos. Por lo que se refiere al urbanismo, las ciudades autárquicas de los años setenta, replegadas sobre si mismas y fragmentadas en barrios de aluvión, han dado paso a ciudades abiertas, dinámicas, resilientes. Y he comprobado, para mi asombro y admiración, que los ciudadanos no son testigos mudos de estos cambios, sino que en ellos mismos se produce una suerte de metamorfosis, pues si la ciudad era oscura y mineral, así eran las indumentarias. Hoy esas ciudades las pueblan nueva hordas de ciudadanos que visten y calzan las nuevas vestes de la modernidad. No citaré ciudades para no incomodar a ningún lector, pero hay una ciudad del norte de España, si Unamuno levantara la cabeza, que ha pasado del blanco y negro, del hierro y del metal, a una ciudad irisada, de colores abatidos a veces por la lluvia cantábrica, donde, como si de un ensalmo se tratase, la gente, nuevo concepto acuñado por la política apocalíptica de algún jinete desvariado, se ha transformado. Estoy convencido, siquiera sea por necesidad, que la nueva ciudad, los nuevos espacios urbanos han contribuido a esa transfiguración. El otro factor desencadenante del cambio, y, por qué no decirlo, de la igualación social, es la moda, entendida como territorio en el que cualquier ciudadano puede entrar en la misma tienda y adquirir un pantalón o camisa, y lucirlo, palmito aparte, en Santurce o en Dos Hermanas. El hábito hace al monje, y el monje hace al hábito, aspecto éste que conviene no olvidar nunca. A partir de esta mixtificación del paisaje y del paisanaje, se ha desarrollado otra forma de identidad talar, y es que el tribalismo, esencialmente político, conduce a que los ciudadanos se acicalen de un modo u otro según las circunstancias y los atributos de su tribu. 

Así, en el Congreso de los Diputados, salvando especies aisladas en el grupo mixto, hay cuatro tribus representativas que han forjado su propia identidad textil, de modo y causa que cada individuo forma parte de la tribu y se delata inmediatamente por su indumentaria. Por abreviar, me concentraré en los hombres. Primera tribu: traje completo y corbata, conjunto impoluto, variable en función de la procedencia territorial del individuo pero generalmente coordinado impecablemente. Segunda tribu: sin traje, aditamento éste que produce urticaria, lo mismo que la corbata, si bien en casos aislados se usa americana bajo el requisito que se haya cortado la etiqueta de la cadena comercial en la que se ha comprado. Tercera tribu: con traje y sin traje, con corbata y sin corbata, color oscuro o lo que se tercie, en línea con cierta desorientación pasajera en la que están imbuidos. Cuarta tribu: con traje, pero sin corbata, y si la corbata se usa, a lo sumo, la utilizará el sumo representante de la tribu, y todos con la misma americana y camisa blanca, de tal suerte que parecen todos iguales, como un corifeo robótico y unísono, en busca de autor. Prueben un día a apostarse a la entrada del Congreso de los Diputados y vayan afiliando a cada diputado a su ganadería. Intuyo que entregan a los noveles el traje como un kit de supervivencia política. El margen de error es bajo. Así, de la moda a la política. Y de la política a la literatura. Bernarda Alba en el Congreso de los Diputados. 

Bernarda Alba es el negro, es el referente de la represión, del duelo, de la muerte, enfrentado al blanco azulado de las paredes, que no es albor inmaculado, sino que el mismo azul encierra una premonición de muerte, de igual modo que encierra también esa premonición el vestido verde de Adela, siempre unido a la luna, la luna de «Bodas de Sangre» y del «Romance sonámbulo». En «La casa de Bernarda Alba», el azul se va imponiendo progresivamente, y el blanco impoluto va cediendo al blanco azulado. Por un doble motivo, si a interpretar a Lorca vamos: por la aproximación viril del personaje eterno de Pepe el Romano, pues no en vano el azul es cinta y costura de hombre desde que nace en oposición al rosa, pero, de otra parte, porque el azul es avance de muerte en la cosmogonía lorquiana. Desenlace de mortaja, al igual que en «Doña Rosita la soltera», donde las flores azules son símbolo de muerte. 

Pero, sin abandonar el espacio cromático de la iconografía del teatro de Lorca, hay otro aspecto escénico de la obra que tiene un trasunto inequívoco en la actualidad parlamentaria, como si el hemiciclo se convirtiera por un momento en el hogar de Bernarda. El hemiciclo, como la casa, es un espacio protegido frente al pueblo, un pueblo murmurante, que acecha, que observa impío detrás de las tapias y que actúa como enemigo: «Si las gentes del pueblo quieren levantar falsos testimonios, se encontrarán con mi pedernal» (Bernarda). La casa/hemiciclo es convierte en un espacio público, sujeto a reproche y critica, sometido al arbitrio del espectador/ciudadano. Se observa que en ese espacio, las hermanas/Diputados se convierten en vecinos unos de otros, se espían, de modo que cada habitación cumple la función de extrañamiento, y donde cada uno de los personajes recela de los otros, convirtiendo la casa/hemiciclo en un microcosmos de esa geografía maldita de envidias y frustraciones: «Interés o Inquisición. ¿No estabais cosiendo? Pues seguir. ¡Quisiera ser invisible, pasar por las habitaciones sin que me preguntarais dónde voy!» (Adela). Hasta el punto la tensión interna, la represión es incontrolable, que el miedo campa a sus anchas, así en la casa como en la Cámara: «Yo no puedo hacer nada. Quise atajar las cosas, pero ya me asustan demasiado. ¿Tú ves este silencio? Pues hay una tormenta en cada cuarto. El día que estalle nos barrerán a todas» (Poncia). Pero la oposición, el derecho a disentir de la disciplina se va reduciendo cada vez más: «Cada uno sabe lo que piensa por dentro. Yo no me meto en los corazones, pero quiero buena fachada y armonía familiar» (Bernarda). Inexorablemente, en el drama, y a lo peor también en la Cámara, todo estalla al final porque vencen las posiciones individualizadas, así es la microfísica del poder cuando se diluye, pues la red ya no está cosida con un tejido común, sino que se abre en espacios que no se pueden hilvanar. Y, así ocurre, como una realidad más metafísica que poética, y es que no son tiempos para la lírica. «No pasa nada por fuera. Eso es verdad. Tus hijas están y viven como metidas en alacenas. Pero ni tú ni nadie puede vigilar por el interior de los pechos» (Poncia). 

La casa/hemiciclo se convierte de esta manera en un territorio despoblado, proscrito y prescrito, un espacio imaginario de resistencia y, a su manera, de rebeldía inversa: «Todo el pueblo contra mi, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado» (Adela). «Perseguida por los hombres que dicen que son decentes». En la sintaxis del argumento político de algún representante parlamentario, la dicotomía divisionaria entre decentes e indecentes también está presente, si bien el prócer de la nueva verdad aloja a los decentes extramuros de la casa/hemiciclo y a los indecentes en el pozo inmundo de las habitaciones. En todo caso, recuérdese que en la obra de Lorca, y si seguimos el ejemplo, en la actualidad política, no es necesario tapiar puertas y ventanas para no ver lo que ocurre en la calle, pues nuestro poeta ya describía Nueva York como «un ejército de ventanas, donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube o dialogar con una de las deliciosas brisas que tercamente envía el mar, sin tener jamás respuesta». Tampoco «Doña Rosita la soltera» quiere salir de sus «cuatro paredes», pero cuando lo hace, no quiere que nadie la vea: «Ha empezado a llover. Así no habrá nadie en los balcones para vernos salir». 

La alegoría del poder de «La casa de Bernarda Alba» se condensa en dos versos postreros de su «Romance sonámbulo»: «Pero ya no soy yo,/ni mi casa es ya mi casa». En esa geografía del poder absoluto, no es el grito de Bernarda Alba el que atormenta y mortifica a las hijas, hasta vaciarlas de identidad, sino que el poder en si mismo se interioriza, cualquiera que sea el referente del terror, hasta convertirse en un poblador más de la casa. La propia organización de poder, la disciplina, el miedo ha desarraigado cualquier conato de libertad. De hecho, si la libertad estalla, como no están preparadas las estructuras de poder de los partidos, estalla hecho añicos el propio partido. Y me ciño a los ejemplos recientes. La muerte de Adela reafirma el funcionamiento social: «Nunca tengamos este fin», pero, a la par, deja abierta la puerta a la rebeldía, siquiera sea aceptando la muerte, también la muerte política, como algo personal: «Dichosa ella mil veces que lo pudo tener». Los muros son frágiles, más frágiles de lo que pueden parecer. Bernarda Alba levantó otro muro de negritud, pero comete el error de actuar como un hombre, cuando la libertad se escribe en femenino. La tensión interior/exterior, negro/blanco se abre en su plenitud en la canción de Lorca «Ansia de estatua»: 

«Dolor. 
Frente al mágico y vivo dolor. 
Batalla. 
En la auténtica y viva batalla. 
¡Pero quita la gente invisible 
Que rodea perenne mi casa!» 

Así en la tierra como en el cielo. Así en la casa de Bernarda Alba como en el Congreso de los Diputados. Hoy día de la investidura definitiva del nuevo presidente del Gobierno. Bernarda Alba en el Congreso. 

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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