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Melville en julio (o la fuerza de la autodestrucción)

Una aventura marina, el mito del hombre enfrentado a su espejo, una profecía del mal humano, el mesianismo del nuevo hombre americano o incluso una de las primeras novelas modernas con contenido erotomano. Todo eso y mucho más representa «Moby Dick» y a nadie ha dejado indiferente. La lectura de esta obra maldita en el momento de su publicación ha generado toda suerte de interpretaciones e infinidad de percepciones. La inmensidad procelosa del océano, ora apacible lámina ora serpiente destructora, la magnitud de la empresa del Pequod y de su capitán Ajab, transfiguran la obra en una verdadera profecía, en un salmo perdurable sobre la condición misma de los hombres, más allá de las inminencia y querencias más urgentes. Porque el peor enemigo del hombre es el propio hombre, y ese enemigo a veces anida en el interior de uno mismo, en sus pasiones desencadenadas como un Prometeo que busca liberar sus tensión interna acudiendo presto a su autodestrucción: «¡Qué Dios te ayude, anciano! Tus pensamientos han engendrado una criatura en ti; y tu intenso pensamiento te convierte en Prometeo; un cuervo se alimentará para siempre de tu víscera; ese cuervo es la misma criatura que creaste». 

Con esta alegoría se desata la prosa de Melville para describir a su protagonista, Ajab, un hombre independiente, «self-reliant», asertivo, pero sobre todo un hombre embriagado por una poderosa soberbia, por un orgullo incauto y desmedido que acabará con él. Un bachiller en el ejercicio de la simplificación invocaría el dualismo entre el bien y el mal representado por el capitán y la ballena, pero quien optase por tan rudimentario maniqueísmo, habría obviado probablemente una de las pocas conclusiones inmanentes de esta obra que no es otra que el mal y la locura son dominios interiores de los hombres, y los enemigos externos no son más que proyecciones obscenas de su propia malignidad: «Piensan que estoy loco … pero yo soy demoníaco; ¡yo soy la locura enloquecida! ¡Esa locura salvaje que solo se calma para comprender a sí misma! … ¡Yo corro! ¡No temo un obstáculo! … pero me falta la humilde capacidad de gozar … estoy maldito en medio del paraíso». Así habla Ajab, un loco enloquecido, un maldito en medio del paraíso. 

¿Cuál es el centro y razón de la obsesión patológica de Ajab? ¿Qué impulsa al capitán a su autodestrucción y, a la par, a la de todos los hombres embarcados en el Pequod? La causa del delirio lancinante que le mortifica a la vez que le vivifica no es otra que la soberbia, probablemente la forma más primitiva de entender el narcisismo. Hay en Ajab una evolución tribal del mito de Narciso, del mundo encerrado en el cajón mismo del hombre, porque el mundo objetivo lo ha hecho desaparecer para convertirlo en su propia vida. Ajab se dirige al marino Starbuck en estos términos: «Yo soy el lugarteniente del destino; no hago sino cumplir órdenes». Es, pues, un individuo que solo responde a órdenes, a sus propias ordenes, y condena a toda la tripulación a una muerte segura, porque es cautivo de su propia individualidad y de su activismo gnóstico que le conduce a su irreversible destrucción. Nada importa más que dar respuesta activa a su maldición, a la profecía de enfrentarse a su yo devastador transfigurado en ballena de doble color blanco. Cuando en una escena cenital de la obra clava Ajab un doblón ecuatoriano en el palo mayor, el ego idolatrado de Ajab exclama: «La firme torre, eso es Ajab; el gallo victorioso, valiente y denodado: eso es Ajab. Todo es Ajab». La paradoja del solipsismo, cuando el sujeto pensante no reconoce ni percibe ninguna otra existencia que la suya propia. Y como este blog tiene que ver con la literatura pero también con el poder, permítanme que haga navegar al Pequod por las aguas mefistofélicas de las últimas elecciones y que ustedes mismos busquen analogías. 

La soberbia es pecado capital y capital de los pecados. Los soberbios son mellizos de los necios, pero hay una categoría que eleva la necedad a rango de estupidez y es cuando el soberbio es hombre limitado de entenderas aunque ni lo sabe ni lo quiere saber. No hay nada peor que un soberbio que no sabe nada, porque aún podría justificarse la fuerza y ansiedad del soberbio con luces. España es país donde hay soberbios sin brillo, de perdonavidas que aspiran a perpetuarse en su destino de salvación a sabiendas de que nunca traspasarán la barrera de la mediocridad. Hay hombres con luces, ilustrados y capaces, que viven atormentados por la bajeza y felonía de los escrúpulos de los ignorantes. Insisto que no hay nada peor que un soberbio que se cree «torre y gallo victorioso» cuando no pasa de peón de brega con hechuras de gallina acorralada en un plató de televisión. Y algún partido político estas elecciones tenía la apariencia de un Pequod en busca del éxito definitivo, del abismo o de la cima, de la vida o de la muerte, toda vez que surcaban los días de campaña como un barco infalible, un bateau-ivre como diría Rimbaud, con un estrépito de un capitán arrollador arrojado contra su destino, dirigido a la victoria final. Y como en el libro, hubo encuentro entre dos naves, el Pequod y el Bachelor, y sus dos capitanes mantienen un diálogo abierto desde sus cubiertas, a gritos y al paso, buscando unir destinos en la porfía del éxito garantizado que espera como Jonás en la ballena. Son los capitanes los que avistan el horizonte, sin dimensión y espacio, sin consciencia de acompañamiento, porque la tripulación no es nada, un concierto de voces secundarias abocadas a la desaparición, no por mor de un destino superior, sino por su irrelevancia. 

Pero siendo irrelevantes, esa tropa de marinos enrolados debe servir disciplinadamente a Ajab en su delirio portentoso, pues son ellos quienes desplazan la carga y surcan las corrientes. Para ello, Ajab hipnotiza a la tropa, es un mesmerista que conoce lo que desean oír sus huestes y fascina con sus palabras. Es un tirano de los sentimientos, fiel mutación moderna del tirano en «La República» de Platón. El dominio de los hombres a través del uso virtuoso de la palabra, la más sofisticada técnica de ensimismamiento. No ignora que puede decir lo mismo y lo contrario al mismo tiempo, sin solución de continuidad, porque ejerce el poder total y de esa manera ahorma el mundo. Es la tecnología del poder basada en la conjetura del lenguaje. Ejerce el poder con la fuerza del magnetismo de un imán, de modo que no tendrá reparos en eliminar a quien se salga de la fila, «out of order». «Moby Dick» es una epepoya, una alegoría salvaje del control del hombre sobre el hombre y del hombre en sí mismo, es un trasunto del espíritu de perdición, del poder del mal encelado en el orgullo del hombre maldito. Y así es como el barco se topa con su ballena, y el capitán muere no devorado por la ballena, una mera replica figurativa de la muerte narrativa, sino devorado por su propia soberbia, porque se ha enfrentado a sí mismo. Y allí muere también toda la tripulación, salvo Ismael, quizá el único hombre consciente de la empresa maligna que partió un día del puerto de Nantucket en Nueva Inglaterra, el único que reconoce un mundo dual entre el yo y lo demás y que así lo proclama: «En este extraño y confuso asunto que llamamos vida hay ciertos momentos en que el hombre considera al universo entero como una enorme broma pesada, aunque apenas vislumbre en qué consiste la broma y tenga más de una sospecha de que el chiste es a sus costillas». Y a la soberbia de sentir el poder sobrehumano del viejo tirano se le unía el odio, el odio enloquecido al que se refiere Melville: «Para el viejo Ajab, lo que más enloquece y atormenta, toda verdad maliciosa, todo lo que agrieta las circunvoluciones empasta el cerebro, todo el sutil demonismo de la vida y del pensamiento, todo mal, estaba encarnado en Moby Dick, y merecía la más rotunda agresión. Acumulad sobre la joroba blanca del cetáceo la suma de toda la inquina y el odio sentidos por la raza entera, dese la lejanía de Adán». Da igual que mueran en este propósito el profeta y su grey. Pero sobrevive Ismael para dejar testimonio de la historia más increíble jamás contada, el único superviviente que avistó al Leviatán y sobrevivió. El libro comienza con la frase «Call me Ismael», que, según la revista American Book Review, es el mejor inicio de novela jamás escrito. Llamadme Ismael. Podéis llamarme Ismael. Desde el primer momento tiende un lazo de empatía con el lector, siquiera porque es el único superviviente de esta aventura épica y puede contarla. Habrá un día que un joven Ismael relate como un capitán se enfrentó al peor de los enemigos posibles, que es su propio yo, y murió. A fuerza de cumplir años se descubre que el odio y la venganza son cansinos. Si se constituyen en el pilar de conducta de un guía de temporada de la política moderna, se convierten en algo tedioso. Y el aburrimiento, ay el aburrimiento, es el mayor destructor de voluntades. Ismael es recogido por el barco «Raquel», como un huérfano que opuso el libre albedrío al azar y a la predestinación de Ajab. Ajab ha despreciado a los hombres e Ismael contempla el resultado de su batalla interna. Es la desolación y, como tal, invita a una reflexión. Pero presiento que la soberbia es sórdida y que no disipa la mente. Solo queda Ismael. «Call me Ismael»

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Sobre el Autor

Mario Garcés Sanagustín

Mario Garcés Sanagustín

Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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